Oí que se preparaba un café. Tal vez debería haberme levantado para reunirme con ella en la cocina, pero no encontré el valor necesario. No habría sabido decirle las palabras adecuadas. Unos minutos más tarde, se fue sin hacer ruido, y vi que su frágil sombra desaparecía tras la puerta de entrada.
Me quedé durante un momento en el sofá cama. No conseguía olvidar la escena de la víspera. Su abandono, mi desfallecimiento. Me preguntaba cómo íbamos a manejar la situación. No estaba seguro de mis sentimientos, y todavía menos de los suyos. ¿Había actuado ella sólo bajo la influencia del alcohol, o sentía algo por mí? ¿Y yo? ¿Era capaz de vivir una aventura con una mujer? Todo eso era muy complicado para Vigo Ravel, esquizofrénico inseguro, demasiado complicado y aterrador. Tenía grandes dudas sobre mí mismo, y los demás me daban mucho miedo. No estaba seguro de ser capaz de vivir esa relación. ¡Y a pesar de todo! A pesar de todo, sentía por esa mujer algo que jamás había sentido por nadie. La sola idea de haber podido herirla la víspera al rechazarla, muy a mi pesar, me atormentaba. ¿Y si aquélla había sido mi única oportunidad?
Solté un suspiro y me levanté de golpe. No podía pasarme la mañana dándoles vueltas a esas preguntas. Tenía que avanzar. Tenía que intentar no pensar más en ello. Después de todo, tenía cosas mejores que hacer.Los dos teníamos cosas mejores que hacer.
Con decisión, me dediqué entonces a lo que parecía que iba a convertirse en una rutina: ducha, desayuno, y después a buscar en Internet en el despacho de Agnès. Tal y como ella había sugerido, intenté averiguar algo sobre el doctor Guillaume; pero, de nuevo, no llegaba a ninguna parte. No encontré nada ni sobre el gabinete Mater, ni sobre el hombre que había fingido ser mi psiquiatra durante diez años. A juzgar por mi búsqueda, ni uno ni otro existían. Sólo me sorprendí a medias. Hacía varios días que había llegado a la conclusión de que aquel gabinete carecía de existencia legal u oficial. Durante años había frecuentado un gabinete fantasma. El doctor Guillaume, si es que era ése su verdadero nombre, era un impostor. Me quedaba por comprender con qué fines me había estado siguiendo durante tanto tiempo… Y por qué mis «padres» me habían enviado allí.
Aunque cada vez me sorprendía menos, mi cólera no disminuía; estaba, incluso, furioso. Y después de haberme sentido como un gato enjaulado en el despacho de Agnès, incapaz de escuchar otra cosa que mi propia rabia, cogí la copia de las llaves del apartamento y salí a la calle.
Encontré el 911 del señor De Telême y descubrí, con una sonrisa, dos multas en los limpiacristales. Los rompí y los tiré a la acera. Mi jefe recibiría la sorpresa de recibir las multas incrementadas. No hay placer pequeño.
Entré en el coche y arranqué, todavía sorprendido por la facilidad con la que conducía. Como si lo hubiera hecho toda mi vida…
Me fui hacia la Place Denfert-Rochereau, con la firme intención de obtener explicaciones del señor De Telême. Ahora estaba seguro de que sabía mucho más de lo que había querido decirme y estaba dispuesto a hacerle ver las estrellas con mi puño si no me explicaba quiénes eran esos tipos y qué hacia el doctor Guillaume con él. Quería encontrar la respuesta a la eterna pregunta de toda buena novela policíaca: ¿quién se beneficia con el crimen?
Crucé París, apretando los dientes cada vez que me cruzaba con la policía. Telême tal vez había denunciado el robo de su coche; por otro lado, yo no tenía permiso de conducir, ni siquiera carné de identidad, ya que Agnès se lo había llevado.
A pesar de todo, llegué sin mayor dificultad a mi destino. Aparqué en una calle adyacente y después me encaminé al edificio en el que estaban las oficinas de Feuerberg. Cuando me encontraba a sólo unos pocos pasos de la entrada, vi enseguida que algo no era normal.
De entrada, a lo lejos, vi que habían quitado el cartel de la sociedad de la pared del inmueble. Además, como delante de mi hotel, dos tipos parecían vigilar la entrada. Levanté la mirada hacia el piso en el que estaban situadas las oficinas y vi, entonces, a numerosas siluetas que transportaban muebles: ¡estaban vaciando el sitio! Por muy inverosímil que pudiera parecer, igual que había pasado en el apartamento de mis padres, alguien se esforzaba por borrar toda huella de mi vida pasada.
Solté una maldición. Pero no era momento adecuado para hacerme notar. Con las manos hundidas en los bolsillos, desvié mi camino, con la cabeza agachada, y me fui al otro lado de la plaza. Cuando me pareció que ya estaba lo suficientemente alejado, me giré por última vez. Los dos tipos seguían apostados ante la puerta y, al parecer, no me seguía nadie.
Tiré las llaves del Porsche en la acera. No valía la pena arriesgarse más con ese coche. Después, a pesar de mi aprensión, decidí volver a la Place Clichy en metro.
Con el corazón en un puño, bajé los escalones que conducían bajo tierra y tomé un largo pasillo para llegar a la estación. El lugar estaba casi desierto, sólo me crucé con una o dos personas; no obstante, algunos metros antes del andén, me vi asaltado por una nueva crisis. El dolor, el equilibrio, la vista: el cuadro habitual. Después, llegaron los susurros que resonaban en mi cabeza.
Me estremecí. No había ninguna duda. Habría reconocido esas voces entre un millón. Eran las que había oído mil veces y que parecían provenir del subsuelo de París. Las llamaba el murmullo de las sombras. Pero ahora, y por primera vez, sabía con seguridad que no eran fruto de mi imaginación y que no eran simples alucinaciones auditivas, sino voces muy reales.
Me quedé inmóvil. Busqué a mi alrededor. No había ninguna puerta, ninguna salida. Avancé y eché una ojeada. Nadie esperaba junto a la vía. Estaba solo, completamente solo. ¡Y sin embargo, sin embargo, oía esas voces, esos susurros! ¡Eran pensamientos lejanos, cierto, pero seguían siendo pensamientos! Haciendo acopio de coraje, intenté concentrarme para oírlos mejor; pero sólo captaba palabras confusas, indistintas. Cerré los ojos y dejé en blanco la mente. No quería seguir oyendo aquellas voces. Quería descifrar su misterio de una vez por todas.
Lentamente, el murmullo de las sombras se fue distinguiendo más, el eco fue siendo menos problemático. Las palabras empezaron a cobrar forma una a una. Y, poco después, pude por fin comprender algunas sílabas, incluso algunas expresiones. Ninguna frase; pero al menos, sí algunas palabras. Algunas palabras simples. Da igual cuáles.
51.
Cuaderno Moleskine, nota n.° 167: ilusión.
El ojo humano no es la herramienta que interpreta las imágenes que se reciben. No es más que un conjunto de perceptores fotosensibles. La herramienta que interpreta las imágenes es el cerebro. Sí. De nuevo, el cerebro.
Así, hay un fenómeno que se conoce desde hace mucho tiempo y que, sin embargo, no deja de perturbarme. Los investigadores han tenido una idea extravagante, pero no se les puede recriminar por ello: es su trabajo. Hicieron llevar a gente gafas especiales que invertían las imágenes. Durante los primeros días, esas personas veían el mundo al revés, lo que, a la fuerza, no debía de ser muy práctico; pero al cabo de unos ocho días, su cerebro corrigió la información y empezaron a ver, de nuevo, al derecho, como si ya no llevaran aquellas gafas. Asimismo, cuando se les quitaron las gafas, hicieron falta ocho días para que el cerebro de estas personas se habituara y volvieran a ver con normalidad.
No puedo evitar hallar aquí la prueba si no flagrante, al menos probable, de que nuestra visión del mundo no es más que una gigantesca ilusión, interpretada por nuestros cerebros enfermos. En el fondo, lo real tal vez no tenga gran cosa que ver con la imagen que nos hacemos de ello. Aunque parezca extraño, esto me tranquiliza.
52.
Agnès volvió a casa poco después de las seis de la tarde. Me levanté enseguida y le sonreí. Ella colgó su chaqueta en la entrada y se detuvo en la puerta del salón.