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Lancé de nuevo una mirada a la entrada. Esperé durante unos segundos, y cuando el tipo se puso de espaldas, me fui corriendo hacia el lado opuesto. Recorrí la pared con rapidez, sin darme la vuelta, y giré en la primera calle a la derecha.

Agnès me había pedido que me reuniera con ella frente al restaurante. No había precisado frente a cuál, al suponer que podían estar escuchando nuestra conversación; pero estaba casi seguro de que se refería al Parfait Silence, donde habíamos cenado. Si se hubiera tratado del Wepler, sin duda ella habría dicho «el bar». Esperaba no equivocarme. Continué corriendo, crucé dos calles, después me paré para ver si me habían seguido. No vi a nadie detrás de mí. Sin embargo, no era motivo para aminorar la marcha. Retomé mi carrera de inmediato y sólo me paré cuando tuve a la vista el restaurante.

Agnès no había llegado todavía. Por precaución, me quedé a cierta distancia. Refugiado bajo el porche de un edificio, esperé, con el corazón a cien por hora. Unos diez minutos más tarde, la vi llegar a paso rápido. Me adelanté y le hice una señal. Ella me vio y vino corriendo hasta mí.

– ¿Todo va bien? -me preguntó sin aliento.

– Sí, estoy bien, pero creo que los tipos están en tu casa.

– ¿Estás seguro?

– He oído subir el ascensor, he salido por el aparcamiento y he visto que un tipo vigilaba la entrada del edificio.

– ¡Mierda! Esto ha ido demasiado lejos, Vigo. Tengo que avisar al procurador.

– ¡No!

– No empieces otra vez. ¡Escucha, soy yo la que está en peligro! ¡Y si verdaderamente unos tipos están registrando mi apartamento, creo que tengo el derecho, si no el deber, de hacer algo!

– Espera, al menos, a que haya visto al abogado. Si quieres, ven conmigo, y después haz lo que te parezca bien.

Ella sacudió la cabeza.

– ¡Mira que eres jodido! ¿A qué hora tienes que verlo?

– A las once.

– Está bien. Espera.

La vi sacar el teléfono móvil y marcar un número rápidamente. Se puso a dar vueltas por la acera, con el teléfono pegado a la mejilla. Después, oí su conversación: «¿Michel? Soy Agnès. Sí… Dime, necesito que me hagas un gran favor, allí… ¡Sí, cada cosa a su tiempo, amigo mío! Creo que unos tipos están poniendo patas arriba mi apartamento… No tengo tiempo de explicártelo… No puedo ir, tengo una… una urgencia. ¿Puedes pasarte con dos agentes? Sí. Gracias, amigo, te devolveré el favor. Tenme al corriente». Ella colgó, después vino hacia mí.

– Ven, vamos a buscar mi coche, te llevo a ver a tu abogado.

– ¿Estás… segura?

– Claro. Vamos.

Caminamos con paso rápido hacia la comisaría central. Miraba regularmente hacia atrás para verificar que no nos estaban siguiendo. Cuando llegamos a la Rue de Clignancourt, Agnès se fue a buscar su coche al aparcamiento de la comisaría, después nos encaminamos hacia el primer distrito.

Sentado tranquilamente a su lado, percibí con claridad la tensión de Agnès. Su cabeza echaba humo. Acabó por decirme lo que le carcomía el ánimo.

– Vigo, vamos a tu famosa cita, y después, se acabó, ¿de acuerdo? Esto se está volviendo demasiado peligroso. Hay que avisar a un juez.

Asentí con la cabeza sin decir nada. En el fondo, la generosidad de Agnès no tenía límite. Mis enemigos invisibles estaban revolviendo su apartamento, y a pesar de todo, prefería seguir ocupándose de mí…

– Esta mañana, he intentado ver al comandante Berger, el colega del que te había hablado y que trabajaba en el Equipo de Investigación y de Intervención de las Alcantarillas, para comentarle tu asunto con las catacumbas… Desgraciadamente, se ha retirado.

Sin apartar los ojos de la carretera, me dio un trocito de papel.

– Toma, éste es su número personal. Puedes intentar contactar con él de mi parte, pero no estoy segura de que te pueda ayudar.

– Gracias. Gracias por todo, Agnès.

Ella se quedó en silencio durante el resto del trayecto. Un poco antes de las once, llegamos frente al palacio de justicia.

58.

– ¿Señor Blenod?

El hombre asintió. Era grande, delgado, con los cabellos morenos y canosos, y flotaba dentro de un traje negro y demasiado grande. Bajo su brazo, llevaba una cartera de cuero marrón. Tenía la mirada hastiada y los gestos apresurados de un hombre de negocios.

– Le agradezco que haya aceptado reunirse conmigo.

– No nos quedemos aquí.

El abogado parecía estresado. Le seguimos al otro lado del bulevar, después nos guió a una callejuela situada un poco más lejos. Inspeccionó escrupulosamente los dos lados de la calle, y después me miró directamente a los ojos.

– ¿Puedo saber cómo se llama usted?

– Prefiero permanecer en el anonimato.

– Entonces, le voy a tener que decir adiós, señor.

El abogado dio media vuelta. Yo lo retuve por el brazo.

– ¡Espere!

– Lo siento, pero en un caso como éste, no estoy dispuesto a hablar con un desconocido… Necesito saber con quien trato.

– No puedo dar mi nombre -le expliqué-. Ya estoy bastante implicado en este asunto.

– Puedo prometerle que no revelaré su nombre a nadie… Tengo derecho a proteger mis fuentes.

– ¿Cómo podría estar seguro?

– Es una cuestión de mutua confianza. Usted decide.

Me giré hacia Agnès con una mirada inquisitiva. Con un gesto de la cabeza, me animó a que le diera mi nombre. La idea no me gustaba demasiado, pero debía confiar en el abogado.

– Me llamo Vigo Ravel.

El abogado pareció escéptico.

– ¿Ravel? ¿Puedo ver su carné de identidad?

Arqueé las cejas.

– ¿Perdón?

– He aceptado reunirme con usted sin la menor información tangible, sin saber quién era usted… Le ruego que me disculpe, pero me parece que tengo derecho al menos a asegurarme de su identidad.

Sonreí. El pobre hombre no sabía que yo mismo era incapaz de estar seguro de nada sobre mi identidad… Él no podía captar la ironía de su pregunta. Saqué mi cartera y le di mis papeles, aunque fueran falsos.

– Bien. ¿Y la señora?

– Agnès Fedjer. Soy teniente de policía -dijo ella, a la vez que sacaba su identificación.

Él pareció sorprendido.

– ¿Teniente de policía? ¿Es una broma?

– No. Estoy aquí a título privado -replicó ella-. Asisto al señor Ravel.

El abogado meneó la cabeza.

– Lo siento, pero preferiría entrevistarme a solas con usted, señor Ravel.

– ¿Por qué?

– No parece usted darse cuenta de la situación, señor. Mi cliente todavía está bajo custodia, no debería estar aquí. El señor Reynald es sospechoso de haber cometido un acto terrorista que les ha costado la vida a dos mil seiscientas personas, así que permítame que le diga que no están bromeando los de allá arriba. Tengo al juez de instrucción pegado a la espalda. Jamás he estado bajo tanta presión. Comprenderá usted que no me apetezca mucho que un teniente de policía participe en nuestra conversación, sea cual sea su relación con la señora.

Me apresuré a protestar, pero Agnès me cogió por el brazo y respondió en mi lugar.

– No hay problema, señor, lo comprendo. Vigo, te espero en el café -dijo señalando una brasería en la esquina del Boulevard du Palais y de la Rue de Lutèce.

Ella se alejó a paso rápido, sin esperar mi respuesta. Suspiré. ¡La presencia de Agnès hubiera sido tan tranquilizadora! Tendría que arreglármelas solo.

– No me guarde rencor, pero la situación es particularmente tensa, me veo obligado a tomar precauciones. A decir verdad, no sé ni siquiera por qué he aceptado reunirme con usted, espero que sus informaciones…

– Vamos, señor -le corté-. Sabe usted muy bien por qué ha aceptado reunirse conmigo.