Me levanté y volví a conseguir cierta calma, o al menos, algo parecido a la calma.
Pero ahora, ¿qué podía hacer? ¿Dónde iba a ir? Había vuelto al punto de partida, me veía confrontado a mi soledad y a mi único juicio, que, había que admitirlo, era todavía frágil.
Pensé un momento en el dosier del abogado que llevaba en la mochila. Estaba impaciente por ver qué contenía, pero la calle no era el mejor sitio para leerlo. Demasiados peligros. Tendría que esperar. De todas maneras, tenía que encontrar alguna habitación de hotel. Entonces, podría consultarlo con calma.
Retomé mi camino por el barrio estudiantil, con la cabeza escondida entre los hombros, e intenté poner cierto orden y resumir metódicamente el total de mis descubrimientos. En el fondo, mi investigación empezaba a tomar forma, empezaba a ver las cosas con más claridad; tenía incluso algunas convicciones. Pero todavía quedaban muchas preguntas, y tenía que avanzar, con o sin Agnès. Me pregunté dónde podía estar en ese momento. Decidí comprobar mi teléfono móvil y, en efecto, me había dejado un mensaje de texto.
Me apoyé contra una pared y leí el mensaje.
«Vigo, he recibido tu mensaje. Me has tranquilizado, pero preocúpate por ti. Por mi parte… Difícil decirte esto por SMS. Te dejo un mensaje en Internet, en nuestra bandeja de entrada, en el foro. Sé prudente.»
Mi corazón se puso a mil por hora. ¿Qué había querido decir? «Difícil decirte esto por SMS.» ¿Qué quería anunciarme? Su prudencia… Sólo podían ser malas noticias. No pude evitar que se apoderara de mí la ansiedad y me preparé para lo peor.
Impaciente e inquieto, me puse enseguida a buscar un cibercafé. ¡No podían escasear en ese barrio! Empecé a caminar más rápido, casi corriendo. Unas calles más allá, vi por fin una pequeña tienda que parecía responder a lo que estaba buscando. A través del escaparate, podían verse filas de ordenadores, jóvenes inclinados sobre sus pantallas con auriculares en las orejas… Crucé apresuradamente la calle, y después entré en el cibercafé. La sangre me latía cada vez más fuerte en las venas, y sentía que se me hacía un nudo en la garganta.
Un tipo en la entrada me hizo un gesto para indicarme que me sentara donde quisiera. Entré en la mal iluminada habitación y me instalé frente a un ordenador, lo más lejos posible de la calle.
Me conecté a Internet y encontré sin dificultad el foro en el que contactamos con SpHiNx por primera vez. Tecleé la contraseña para acceder a la cuenta que Agnès nos había creado. Entonces, vi su mensaje. Con la mano temblorosa, cliqué sobre el icono. Mis peores temores se confirmaron.
Vigo… Me gustaría poder decirte esto de viva voz, pero las circunstancias no lo permiten… Y, visiblemente, debes evitar utilizar tu teléfono…
En el fondo, tal vez es mejor que te lo diga por escrito. No sé si habría tenido las fuerzas necesarias para decírtelo de otro modo.
Creo… Creo que no voy a poder seguir ayudándote. Todo esto ha pasado en un mal momento… En el peor momento posible. Me cuesta mucho abandonarte así, pero esto se ha complicado mucho. Extremadamente.
Luc me ha vuelto a llamar. No puedo mentirme a mí misma. Tengo que arreglar las cosas con él. Es mi marido… Ya no sé en qué lugar me encuentro. En qué lugar estamos. Creo que me voy a ir durante unos días. Me cogeré una baja y me iré con él a Suiza para intentar arreglar las cosas si todavía es posible. De todas maneras, no me irá mal alejarme un poco de todo esto. Tal vez sea mejor para los dos.
Espero que no me lo reproches, y que lo entiendas. Me importas mucho, Vigo. Mucho. Más de lo que haya sabido decirte. Pero es un mal momento.
Si tan sólo…
Tienes que saber que entiendo que necesites saber la verdad sobre tu historia, y respeto tu elección. Te admiro, incluso. Eres mucho más fuerte de lo que crees. Espero que lo consigas, pero yo no te puedo ayudar más.
Te prometo guardar silencio. Dejo en tus manos avisar si quieres al procurador. Creo que deberías hacerlo, pero después de todo, es cosa tuya. Dicho sea de paso, eres un jodido cabezota. Me recuerdas a mi padre.
En cuanto a mi apartamento, mis colegas estuvieron en él. ¡Los tipos lo habían destrozado todo y se habían llevado mi ordenador! No sé qué pueden encontrar, aparte del mensaje de SpHiNx; pero eso no tiene mucha importancia. Hemos denunciado un robo… Te escribo desde mi oficina.
Sé bueno y no intentes verme. Dame tiempo. Danos tiempo a los dos.
Excepto en caso de emergencia, claro.
Ánimo. Perdóname. Te voy a echar mucho de menos. Mucho.
Un beso,
Agnès
P.S.: Te he dejado un sobre en el restaurante, ve a ver a Jean-Michel de mi parte.
Me quedé un buen rato inmóvil en mi silla, asombrado y sin poder creerlo. El rostro de Agnès se hizo presente enseguida en mi mente. Lo vi, lleno de ella, alejarse, desaparecer lentamente sin que pudiera retenerlo. La idea de no verla más me torturaba el alma, me dejó desgarrado en tres o cuatro mil trozos.
Al notar que los otros clientes del cibercafé me miraban, luché para no ceder a las lágrimas que amenazaban con invadir esos ojos que amaban tanto mirarla. Hundí la mano en un bolsillo y la apreté contra mi teléfono apagado. Me habría gustado llamarla, detenerla, decirle que ella era lo mejor que me había pasado en mi vida de adulto, decirle que no quería perderla. Pero tenía que ver las cosas como eran: ella tenía razón, tal vez era mejor así. Yo no podía imponerle mi tren de vida, ni impedir que salvara su relación de pareja. Tenía que respetar su decisión. Tenía que ceder y resignarme.
Resignarme otra vez. Después de todo, mis hombros podían aguantar una vez más, tenían años de entrenamiento. Debía aceptarlo. Por el momento, en todo caso. Ya llegaría el momento de volver a verla, si todavía era posible… Pero por ahora, debía concentrarme en mi investigación.
Mi investigación. Tenía mucho que hacer, y podía aprovechar mi soledad para dedicarme por completo. Ésa fue, en todo caso, la mentira que le dije a mi corazón para evitar derrumbarme.
Y eso fue todo. En la penumbra de aquella pequeña tienda del Barrio Latino, aquel día extraño -al menos, tan extraño como los precedentes-, tomé conciencia de que volvía a estar solo. Dependía de mis propias fuerzas y me veía obligado a avanzar, a pesar de todo.
«Eres mucho más fuerte de lo que crees.»
Lentamente, levanté los ojos hacia la pantalla del ordenador. Para intentar alejar el dolor que me atenazaba el corazón, me forcé a reflexionar. Pensé enseguida en SpHiNx y en su último mensaje de esa misma mañana, que me había hecho dejar con urgencia el apartamento de Agnès. Era un mensaje, por lo menos, lacónico, escrito con prisa, pero que daba a entender que el hacker sabía mucho más que nosotros sobre lo que se estaba tramando en secreto. Tal vez había llegado el momento de ponerme en contacto con él y pedirle explicaciones…
Busqué su correo en los mensajes del foro y le envié un nuevo mensaje privado: «Aquí Vigo. Necesito información. Le ruego que me responda lo antes posible».
Me decidí enseguida a hacer algunas investigaciones sobre la sociedad Dermod. Puse la palabra en un buscador. Encontré más de 45.000 referencias. Al parecer, Dermod era un nombre irlandés bastante corriente. Se mencionaba a muchas personas llamadas así aquí y allá. Pero no parecía que hubiera ninguna sociedad de importación y exportación. En un sitio genealógico, descubrí con interés la etimología de la palabra. Provenía del gaélico, y significaba «hombre libre». No estaba seguro de que tuviera ni la menor importancia, pero, de todos modos, lo anoté en mi cuaderno Moleskine.