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›¿Sus servicios?

›Sí, aparentemente, la sociedad Dermod les pagaba, al menos desde 1991, para que se hicieran pasar por sus padres, bajo el nombre de Ravel, y para que se ocuparan de usted, a la vez que lo mantenían en la certidumbre de que era usted esquizofrénico.

Me estremecí. Desde luego, ya no era una sorpresa, pero averiguar que la conspiración de la que era víctima estaba detallada, negro sobre blanco, me aterrorizaba mucho más. No era más que un peón en un complot inverosímil. Me sentía a la vez estúpido y traicionado.

›Comprenderá usted que, al encontrar este contrato, nos dijimos que habíamos dado con algo enorme. El tipo de casos que nos interesan. Por tanto, quisimos saber algo más sobre sus padres, y así descubrimos que éstos habían desaparecido y que usted había huido, después de los atentados. En cuanto le encontramos, decidimos informarle de lo único que sabíamos con seguridad: «Usted no se llama Vigo Ravel y no es esquizofrénico». También encontramos una ficha sobre Gérard Reynald, el hombre que está acusado de haber cometido los atentados.

›¿Saben ustedes por qué la sociedad Dermod pagaba a esas personas para que se hicieran pasar por mis padres?

›No. Eso lo ignoramos. El contrato mencionaba un cierto Protocolo 88, sin precisar en qué consistía. Consideramos que era legítimo ponerle sobre la pista del famoso protocolo. Por el momento, intentamos saber más sobre la sociedad Dermod. En este momento, sólo sabemos que es el grupo al que pertenece el gabinete Mater, así como la sociedad Feuerberg, donde usted y Gérard trabajaban, y que es propietaria de su apartamento, así como del de Reynald.

¿Reynald había trabajado para Feuerberg? Sin embargo, creía no haber oído jamás ese nombre. Debía de haber trabajado en otro departamento… Después de todo, estábamos aislados los unos de los otros, enclaustrados, y nos relacionábamos muy poco. Pero, de todos modos, ¡podría haberme cruzado con él! En cuanto al hecho de que su apartamento perteneciera a Feuerberg… Se estaba volviendo difícil no ver en todo eso la prueba de una gigantesca conspiración.

›¿Están ustedes seguros de lo del apartamento?

›Sí.

›¿Dónde se encuentra?

Loshackers se tomaron su tiempo para responderme, o bien porque dudaran sobre si darme la información, o bien porque no la tuvieran a mano. Esperé.

›Avenue de Bouvines, en el distrito XI.

›¿En qué número?

›En el 18.

Escribí la dirección en mi cuaderno Moleskine.

›Gracias. ¿Y cómo han sabido ustedes dónde contactarme?

›No ha sido usted muy discreto, Vigo.

Tal vez no hubiera sido muy discreto, pero esos tipos se las habían ingeniado para encontrar el hotel en el que me escondía, después el apartamento de Agnès… ¡Debían de vigilarme de cerca y con medios probablemente muy modernos!

›¡Disponen de muchos medios para ser simpleshackers!

›No somos «simples hackers», señor Ravel. Digamos que somos bastante astutos. Y además, nuestra organización se beneficia de algunos apoyos financieros y logísticos… Hemos de creer que no somos los únicos enamorados de la verdad, en este país. Tenemos colaboradores muy generosos y buenas fuentes de información.

›Tenemos que reunimos.

›Sí. Pronto. Lo vamos a organizar todo. No obstante, en primer lugar, debemos verificar algunas pistas. Nos gustaría poder ayudarle, Vigo, darle nueva información; va a tener que ser paciente. Este asunto nos interesa particularmente. Visite regularmente este sitio, e intentaremos tenerle al corriente. Memorice esta nueva contraseña: AdB_4240. No la escriba en ninguna parte. La cambiaremos regularmente.

Me repetí varias veces el código para no olvidarlo.

›Hay un servidor de correo en letras mayúsculas en la derecha de la ventana. Funciona de forma parecida al foro en el que usted ha contactado con nosotros. Podremos dejarle mensajes en él, no dude en hacer lo mismo. Volveremos a ponernos en contacto lo antes posible.

›¡Esperen! ¿Y qué hago yo ahora?

›Evite hacerse notar. Instálese en un hotel bajo una falsa identidad, sea prudente, y espere nuestras noticias.

›¿De verdad no puedo utilizar mi móvil?

›No. Sobre todo, no lo haga. Incluso apagado, pueden localizarlo mediante triangulación. Tiene que quitarle la batería. Deshágase de él, es lo más sencillo. No sabemos si se trata de Dermod, pero hay una cosa segura: alguien le escucha y le busca.

›¿Cómo lo saben?

›¡Ahá! Nosotros también le escuchamos…

›¿Están de broma?

›No, lo sentimos, pero no con este caso. En el futuro, utilice cabinas telefónicas, y evite permanecer más de cuarenta segundos en línea. Le proporcionaremos un teléfono protegido lo antes posible. De hecho, tampoco debe permanecer jamás demasiado tiempo en un cibercafé, treinta minutos como máximo, y no vuelva jamás dos veces al mismo. Sea prudente, Vigo. Nosotros haremos lo que esté en nuestras manos para ayudarle.

›Gracias.

El pseudónimo de loshackers desapareció de la pantalla. Me desconecté de inmediato. Con su paranoia, los tipos de SpHiNx me habían puesto todavía más nervioso de lo que ya estaba. Pagué y salí enseguida del cibercafé. Una vez en la calle, tiré mi teléfono móvil a una papelera. Noté un pinchazo en el corazón. Con él, desaparecía toda posibilidad de que Agnès me pudiera telefonear algún día… Pero no tenía elección. En el fondo, si me espiaban, tal vez era una buena manera de protegerla también a ella.

Me puse en marcha, con la mirada perdida en el vacío. Empecé lentamente a tomar conciencia de todo lo que los hackers habían podido decirme. La situación era todavía más increíble de lo que había imaginado y, sobre todo, me sentía cada vez más vulnerable. Estaba seguro de que me espiaban por todas partes. Mientras caminaba, veía a enemigos en cada esquina. No me atrevía a cruzar la mirada con la gente. Estaba impaciente por ir a ponerme a salvo para leer el dosier del abogado. Pero antes de eso, me quedaba una cosa por hacer. En su mensaje, Agnès me había dicho que había dejado un sobre para mí en el restaurante. Cogí el autobús y me dirigí al barrio de la Place Clichy.

Apenas había dado unos pasos en la calle, las ganas de ver a Agnès, que se encontraba a unos pocos minutos de allí, se volvieron odiosamente apremiantes. Sin embargo, sabía que eso no era posible, como tampoco lo era llamarla. La frustración fue terrible, la injusticia me ahogaba. Tal vez ya se había ido a Suiza. Sí. Era mejor convencerme de que no estaba allí…

Con el corazón en un puño, me dirigí al Parfait Silence. El patrón, Jean-Michel, me reconoció sin dificultad. Me hizo una señal para que esperara, después me trajo un sobre. Me guiñó un ojo y me dijo en un tono de complicidad:

– Sea prudente. Si necesita cualquier cosa, venga aquí. Los amigos de Agnès son mis amigos.

Le di las gracias, a disgusto, antes de irme. Me alejé del restaurante y abrí el sobre, con el corazón desbocado.

En su interior, como había sospechado, encontré cinco billetes de 100 euros y un trozo de papel. «Es todo lo que puedo hacer. Espero que te las puedas arreglar. Ánimo. Agnès.»

Esta vez, no pude aguantarme las lágrimas que habían estado tanto tiempo esperando. La generosidad de Agnès volvía su ausencia más penosa todavía, más cruel.

Cuando me dirigía hacia el metro, me metí el dinero en el bolsillo, y después me dispuse a buscar una habitación. Me decidí por un viejo hotel del Quartier de la Nation, no lejos del apartamento de Gérard Reynald. Aunque la idea de registrar su apartamento me había elevado el ánimo, no estaba todavía seguro de tener el valor para hacerlo…

Apenas hube entrado en la habitación, sin poder aguantarme más, me lancé a la cama, encendí un cigarrillo y abrí la carpeta que había cogido del coche del abogado. Con el corazón en un puño, levanté rápidamente las dos gomas que la mantenían cerrada. Tuve, entonces, que enfrentarme a una nueva desilusión. ¡Me habían engañado! No había nada en el dosier. ¡Sólo unas cuantas hojas blancas!