Выбрать главу

Recogí rápidamente mis cosas, me aseguré de que no me olvidaba de nada y salí de mi habitación. Bajé con presteza las escaleras del hotel. Cuando llegué abajo, eché una ojeada a la recepción. No había nadie. Había vía libre. Respiré hondo, me fui hacia la puerta y salí a la calle.

Empezaba a caer la noche. La penumbra me resultaba reconfortante. Corría el riesgo de acostumbrarme y volverme un animal nocturno. Me pregunté si podría volver a salir alguna vez a plena luz del día ¿Cuánto tiempo tendría que vivir con el miedo a ser descubierto, reconocido? Si de verdad había algún medio de probar mi inocencia, tendría que darme prisa. No podría escapar eternamente a la policía. El cansancio y el miedo acabarían por hacerme cometer un error. Siempre se acaba igual.

Con el corazón a punto de salírseme por la boca, empecé a caminar, manteniendo la cabeza agachada, hacia la Avenue de Bouvines, al otro lado de la Place de la Nation. Mis manos temblaban, y cada vez que me cruzaba con alguien, desviaba la mirada por miedo a ser identificado. Era una sensación terrible, como si cada segundo que pasara supusiera un nuevo sobresalto. No podía evitar pensar que se me iban a echar encima, de repente, en plena calle, y no encontraría jamás algún sitio donde refugiarme.

Enseguida, vi el edificio en el que estaba el apartamento de Gérard Reynald. Dudé. Sin duda, era la cosa más estúpida que podía hacer en el momento en que la policía me buscaba con todos sus medios, y cuando el plan de seguridad había elevado la alerta a su nivel máximo en todo el país. Sin duda, no había mejor manera de entrar en la boca del lobo. Pero no sabía qué hacer, adonde ir ni cómo salir de esa pesadilla.

Estaba solo y dispuesto a todo. Si tenían que detenerme, que fuera al menos tras haber intentado hacer algo.

El tal Gérard Reynald era una de mis únicas pistas de verdad. Seguramente, podría averiguar cosas de él. Y después de todo, ya no me quedaba gran cosa que perder. Había perdido mi pasado, mi nombre, diez años de mi vida, a Agnès… ¿Qué me quedaba tan precioso como para temer ir a la prisión? Tenía que pagar un precio por la única cosa que me importaba y no tenía: la verdad.

Decidí probar suerte. Di algunos pasos más y me fijé, entonces, en dos coches de policía aparcados frente al inmueble. No había nada que hacer. No tenía unas tendencias suicidas tan fuertes. El apartamento de Reynald estaba bajo vigilancia. Debería haberlo sospechado.

Di media vuelta. Tenía que encontrar otra cosa, enseguida. No podía seguir dando vueltas así por la ciudad. Tenía que actuar desesperadamente, avanzar. No conseguiría nada quedándome inerte.

Entonces, se me ocurrió una idea. Saqué mi cuaderno Moleskine y busqué la dirección de aquel detestable señor Blenod. Ya que me había engañado y se había negado a darme la menor información, tendría que ir a buscarla yo mismo. Tenía ganas de acción. Sus oficinas estaban en el distrito VII.

62.

Por miedo a ser reconocido, me senté en un asiento en el fondo del autobús. Llegué, por fin, a las oficinas del abogado, en el segundo piso de un viejo edificio parisino, poco antes de las diez de la noche. Dudé durante un momento, me aseguré de que no había nadie en la escalera, y después llamé al timbre. No hubo ningún ruido. Volví a llamar. De nuevo, nada. Las oficinas estaban vacías.

Lo que pasó entonces escapa a mi propio entendimiento, o al menos a mi conciencia directa. Sin reflexionar, tuve un reflejo inexplicable, mecánico. Empujado tal vez por un sentimiento de urgencia y de pánico, saqué la navaja suiza de mi mochila e intenté forzar la cerradura.

Me manejaba con gestos de una singular precisión, como si lo hubiera hecho mil veces, como si hubiera repetido de memoria las estrofas de un viejo poema olvidado. Sentía la misma sensación que el día en que conduje el coche de mi jefe: la de que dominaba perfectamente una técnica que me sentía, lógicamente, incapaz de hacer.

Inserté la punta más fina de la navaja suiza en la cerradura. «La retiras lentamente para calibrar la presión de los resortes. Después, haces girar la cerradura. Inserta de nuevo la punta; tiras hacia ti aplicando esta vez una presión sobre las clavijas, otra vez, otra vez, aplicando la presión rotativa en cada paso hasta que los pistones empiecen a colocarse. Ahora raspa la cerradura. Y ya estás dentro.»

La puerta se abrió.

Me levanté y miré mis propias manos, perplejo. ¿Cómo lo había hecho? ¿Dónde lo había aprendido? ¿Había sido ladrón en la vida anterior de la que no recordaba nada? Meneé la cabeza, divertido y estupefacto a la vez.

Me aseguré de que seguía sin haber nadie en la escalera, después entré sin hacer ruido en las oficinas del abogado. Volví a cerrar la puerta detrás de mí.

¿Y si había una alarma? Inspeccioné las paredes, los techos, todos los rincones para buscar algún sensor de movimiento. Nada. Sorprendente. No era tan listo el señor Blenod. Avancé hacia la sala de espera e intenté orientarme. Había varios despachos, pero uno de ellos era el más grande y bonito, seguramente era el del abogado. Entré de inmediato.

Di una vuelta rápida y me fijé en los ficheros, los armarios y la mesa. Había carpetas por todas partes. Solté un respiro. ¿Cómo iba a saber dónde buscar?

Valor. En aquel lugar, se escondía alguna verdad. Empecé por el primer fichero. Las carpetas estaban ordenadas por orden alfabético. Miré en la letra R, de Reynald. Nada. Probé con la letra S, de SEAM. Tampoco había nada. Había un gran armario detrás de la mesa. No había ningún orden en su interior, las carpetas estaban apiladas sin ningún criterio aparente. Era imposible registrarlo todo. Solté un juramento, me volví y eché una rápida ojeada a la mesa. Varias carpetas estaban apiladas en el lado derecho. Las levanté una a una. Ninguna parecía responder a lo que buscaba. A la izquierda, la pantalla del ordenador estaba en espera. Saqué una repisa de debajo de la mesa y apreté una tecla del teclado del ordenador. La pantalla se encendió lentamente. Bingo. Una de las carpetas que aparecían en la pantalla se llamaba «Carpeta_G_Reynald_SEAM». Cliqué dos veces sobre el icono de la carpeta. Aparecieron varios ficheros. Algunos nombres evocaban recortes de prensa; otros, informes médicos; pero uno de ellos atrajo mi atención particularmente: era un documento de texto titulado «elementos_de_personalidad». Lo abrí.

En el mismo momento, vi por el rabillo del ojo un diodo rojo que parpadeaba en la esquina izquierda de la habitación, justo encima de la puerta. Fruncí el ceño. Cuando me levanté, vi la pequeña caja gris. ¡Una alarma! ¿Me habría delatado? ¿Parpadeaba ya antes de mi llegada? Sentí que mi pulso se aceleraba. No podía quedarme allí, esperar a que vinieran a atraparme. Tenía que salir pitando, ¡pero no sin ese documento! Miré de nuevo la pantalla. El texto tenía cinco páginas, en las que aparentemente había notas biográficas de Gérard Reynald, reunidas por el gabinete del abogado. No tenía tiempo para leerlo todo. Decidí imprimirlo e irme lo antes posible. La impresora se encendió. La ruidosa secuencia de inicio duró unos largos segundos. Finalmente, una a una, las páginas empezaron a salir por la bandeja del papel. De repente, oí el tintineo de unas llaves en la puerta al otro lado de las oficinas. Mi corazón se paró de golpe. ¡Me habían pillado con las manos en la masa! Me precipité hacia el cable de alimentación de la impresora y lo desenchufé de la pared con un golpe seco. La máquina se apagó de inmediato. Cogí las tres páginas que habían salido, las guardé en mi mochila y corrí a esconderme tras la primera puerta de vidrio.