Vi que asentía sonriendo. Miró su pantalla. Los segundos parecían durar horas. De repente, una impresora se puso en marcha.
– Serán 105 euros con 70 céntimos, señor.
Pagué con el dinero que me había dejado Agnès.
El agente me dio mi billete, todavía sonriente. No me había preguntado mi apellido y no parecía plantearse cuestión alguna sobre mi identidad. Solté un suspiro de alivio, después me alejé de la taquilla rápidamente. Vi entonces una patrulla de policías armados hasta los dientes que avanzaba lentamente por en medio de la estación. Di enseguida media vuelta y me dirigí rápidamente hacia el exterior. Los policías siguieron su camino sin prestarme atención.
Una vez fuera, bajé con paso rápido hacia el Boulevard Diderot, con las manos en los bolsillos, y la cabeza oculta entre los hombros. Mientras caminaba por la calle, me preguntaba qué iba a poder hacer hasta el día siguiente. No tenía ningunas ganas de buscarme un nuevo hotel. Era tarde y tenía demasiado miedo de que alguien pudiera reconocer mi cara. Cuanto más pudiera evitar el contacto con la gente, mejor. Pero entonces, ¿adónde podía ir? Tenía que matar el tiempo durante ocho horas…
Continuaba caminando al azar, un poco perdido y confuso, y enseguida llegué al Quartier de la Bastille. Las calles estaban animadas, y me dije que podía ser buena idea mezclarme con la multitud nocturna.
Subí por la Rue du Faubourg-Saint-Antoine. Después de algunos minutos de caminata, llegué frente a La Fabrique, un bar y restaurante al que había ido una o dos veces, y que se transformaba en club a media noche. Me moría de hambre, y buscaba el anonimato. Me decidí a entrar.
El restaurante ya no estaba abierto, pero aceptaron hacerme una gran ensalada. Comí con rapidez en una mesa que estaba en un rincón, en medio del jaleo.
Como me sentía reconfortado en aquella sombría esquina,decidí quedarme allí y aprovechar la discreción que me proporcionaba el claroscuro de los juegos de luz. Pasé buena parte de la noche acurrucado en un sillón ovoide. Fue una noche insólita bañada de luces y colores, aturdido por los whiskies y los White Russians que encadenaba sin parar, por la música house ininterrumpida que un DJ pasado de vueltas y que no dejaba de gesticular en medio de la pista de baile pinchaba, y por la humareda de mis propios cigarrillos. Mi estancia en aquel antro furioso fue como una larga alucinación esquizofrénica en la que todos mis sentidos se sometieron como esclavas voluntarias, encantados, sin duda, de sustraerse algún tiempo a los colores angustiosos de la realidad. Las horas pasaron como minutos, llenas de fiases, de imágenes sincopadas en las que los rostros se fijaban en trance, con los puños levantados y los cabellos al aire. Los latidos de mi corazón parecían responder al eco de los bajos regulares de la música electrónica que me hacía cosquillas en las tripas. Tal vez intercambié algunas palabras con otros clientes, sin comprenderlos realmente, bailé un poco con torpeza, reconocí a un actor de cine, que estaba rodeado de una horda de mujeres, a menos que esas cosas no fueran más que falsos recuerdos.
Sin embargo, recuerdo que en medio de la noche, no sé a qué hora, crucé la muchedumbre danzante para ir a los lavabos. La cabeza me daba vueltas. Apoyado en el lavabo, me dirigí una mirada inquisitiva en un pequeño espejo roto, rodeado de pósteres y de panfletos abigarrados. Tenía los ojos rojos, la tez macilenta y gotas de sudor que perlaban mi cráneo y mi frente. En ese momento, vi el rostro de una mujer joven en la esquina derecha del espejo. Se acercó suavemente y con una sonrisa en los labios. Creí reconocerla. Sus cabellos eran largos y rojizos, tenía una pequeña nariz de gato y una boca carnosa. Habíamos bailado juntos unos instantes antes. Me había parecido que estaba flirteando conmigo, pero lo había atribuido a mi paranoia o al alcohol. No había creído que estuviera pasando verdaderamente, ni le había prestado atención. Seguramente me había equivocado, y ése no era el mejor momento para dar rienda suelta a las tonterías de mi pobre cerebro… Sin embargo, en ese instante, ya no podía equivocarme. Lentamente, la joven vino a abrazarme por la espalda. Sonreí. Debía de estar soñando. Después noté sus labios en mi cuello, y eran muy reales. Levanté los ojos. Vi nuestras dos siluetas enredadas en el reflejo del espejo. Sus manos se deslizaron a lo largo de mis caderas. Un escalofrío me atravesó la espalda. Cogí sus dedos para retenerla. Mi corazón se aceleró. Pese a lo inadecuado de la situación, sentí que un violento deseo se apoderaba de mí. Y la prueba me invadió. «Estoy empalmado.» Me eché a reír. «¡Mierda, ahora estoy empalmado!» Me giré y agarré a la joven por los hombros; la aparté lentamente de mí y de mi cuerpo. Le hice un gesto para indicarle que lo sentía.
Ella sonrió, se encogió de hombros y se fue hacia los lavabos.
Completamente desorientado, me volví a refugiarme en el gran huevo blanco que centelleaba bajo los puntos de color. Mi mirada se perdió más allá de los juegos de luces. Furtivamente, el rostro de Agnès apareció como una inmensa diapositiva en el techo blanco de la discoteca. Sus grandes ojos verdes me miraban. Me habría gustado decirle que estaba curado. Solté un suspiro y me dejé llevar por las olas de mi ebriedad. Perdí enseguida el hilo, y las vibraciones del tiempo y de las notas se mezclaron en un magma nebuloso. Me abandoné, resignado. En el fondo estaba bien, lejos de todo, lejos de mí.
Eran más de las cinco cuando me di cuenta, distraído, de que la sala se había vaciado en gran parte. Algunos minutos más tarde, un joven con camiseta negra, tal vez un camarero, vino a señalarme que era el momento de plegar velas. Me levanté, aturdido, y salí titubeante a la calle, un poco borracho y extenuado.
Hacia las seis, llegué de nuevo a la Gare de Lyon. Flotaba en un estado de duermevela, y me quedaban más de dos horas de espera. Encontré un viejo banco verde en la gran explanada, lejos de los coches, donde me tiré, exhausto, para caer finalmente en un sopor agitado, con la cabeza echada hacia atrás y apoyado contra una pared rugosa. Cada cuarto de hora, salía con dificultad de los brazos de Morfeo, miraba el reloj de la estación y me volvía a dormir sin pensar mucho en ello. Al cabo de un rato, el ruido de un desconocido que se alejaba con paso fuerte me despertó sobresaltado. No estaba seguro de que todo aquello fuera de verdad real. ¿Había estado soñando, o ese tipo me había robado? Deslicé mi mano dentro de mi chaqueta. Mi cartera seguía allí.
A las 7.40, con la mente suficientemente clara como para sentir de nuevo el sabor de la urgencia, me dirigí hacia los andenes, que ya estaban llenos de agitación, de la Gare de Lyon, y me subí en mi tren sin perder tiempo.
Fui hasta mi plaza, guardé mi mochila encima de mi asiento y me instalé cómodamente. Dormí durante toda la primera mitad del trayecto.
Un poco antes del mediodía, me despertaron los rayos deslumbrantes del sol. Me estiré, con la mente enredada por esas horas extrañas. Tenía la impresión de no ser yo mismo del todo, y de no controlar completamente la situación. Era como una especie de sincronicidad, de desencarnación. Tal vez sólo era la resaca. Necesitaba un café.
Me levanté y me fui al bar del TGV. Sentado en un taburete, mis ojos iban y venía de la nota de Agnès, que había guardado con los billetes de 100 euros y que había desdoblado frente a mí, y el espectáculo rosado de la Costa Azul que desfilaba bajo el gran cielo de verano. Me dejé hechizar por la costa recortada, las casas con balaustradas, la tierra roja de los pequeños cañones que el tren cruzaba, el azul artificial de las lujosas piscinas y la bahía Des Anges que, lentamente, se vislumbraba en la lejanía… Después volví a hundirme en las palabras de Agnès. «Es todo lo que puedo hacer. Espero que te las arregles. Ánimo.» Su ausencia, su marcha arruinaban el horizonte como esos horribles edificios erigidos frente al mar: un insulto a la belleza simple de lo que debería haber sido. Entre Cannes y Antibes me sorprendí a mí mismo resentido con ella.