Выбрать главу

– Y ahora, ¿qué hacemos? -pregunté, a la vez que echaba un vistazo al estudio de Reynald, que estaba detrás de mí.

El apartamento estaba hecho una leonera. Había un viejo colchón en el suelo, algunos muebles de fórmica desfondados, papeles y libros tirados por todas partes, bolsas de deporte llenas a rebosar, ropa esparcida por el suelo, hojas pegadas en las paredes… En la esquina opuesta a la entrada había una cocina americana, y en la pared de enfrente, una ventana con las persianas cerradas, por donde se filtraba la luz de una farola.

– Ya está. Voy a intentar recobrar el aliento…

El hacker se arregló la ropa, se volvió a frotar el cuello y después respiró hondo.

– Pues bien -dijo, por fin-, ahora que está usted aquí, supongo que no se va a ir.

– De eso puede estar seguro. He venido a buscar respuestas, y algo me dice que hay algunas en este apartamento…

– Creo que sí. Escuche, el tiempo apremia, Vigo. No podemos entretenernos aquí. No sé cuánto tiempo nos queda antes de que los polis acaben por descubrir la existencia de este estudio. Entonces, ayúdeme a acabar lo que tengo que hacer, y vámonos de aquí.

– ¿Y qué hace usted aquí, exactamente?

Sacó un pequeño aparato numérico de su bolsillo.

– Fotos. No hay tiempo para llevárnoslo todo.

Con un gesto de cabeza, me invitó a seguirlo al centro del estudio.

– Intento recoger la mayor cantidad de cosas posible. He fotografiado todo lo que he podido por aquí y por allá -dijo él, a la vez que indicaba la primera mitad de la habitación-. Hay que hacer fotos del resto.

– De acuerdo.

– Tenga, póngase esto. Es mejor que no dejemos nuestras huellas por todas partes.

Me puse el par de guantes que él me había dado. Cogí su revólver, y aunque al principio dudé, se lo acabé devolviendo. Él sonrió y lo guardó y se llevó la cámara de fotos frente a sus ojos. Se puso a retratar documentos que había apilado sobre el suelo.

Me fui a revisar la pared que bordeaba la cocina americana y donde estaban colgados la mayoría de documentos. Mi mirada fue enseguida atraída por una hoja en particular. En caracteres enormes, escritos a mano, se encontraba el principio de la frase que había oído en la torre SEAM: «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero».

Noté que mi corazón daba un brinco. Esas palabras, de repente, cobraron una sangrante realidad. No había podido inventármelas. Por otro lado, eso demostraba que había oído a Reynald el día de los atentados. Sí. Ya no había ninguna duda. Pero esa frase seguía sin tener ningún sentido para mí. No obstante, debía de significar algo interesante. Parecía un eslogan, una especie de grito de guerra… ¡Ojalá pudiera descifrarla! Recordé la continuación: «Hoy los aprendices de brujos en la torre; mañana, nuestros padres asesinados en el vientre, bajo 6,3». Por muy enrevesada que fuera esta frase, quizá la respuesta a este enigma se escondía allí, en esa habitación…

Continué examinando la pared. Había varios recortes de prensa: algunos parecían provenir de revistas científicas, la mayoría en inglés, y otros estaban sacados de sitios de Internet. Leí algunos titulares al azar: «Auditory hallucinations and smaller superior temporal gyral volume in schizophrenia»; más allá: «Trastornos psicóticos: trastornos esquizofrénicos y trastornos delirantes crónicos»; más abajo, había otro: «Increased blood flow in Broca's area during auditory hallucinations in schizophrenia», y por fin: «TMS in cognitive plasticity and the potential for rehabilitation». Era evidente que Reynald se interesaba mucho por las alucinaciones esquizofrénicas y por un montón de temas que se relacionaban con las neurociencias.

– ¿Ha fotografiado usted todo esto? -pregunté señalando los artículos.

– Sí, sí -respondió el hacker sin detenerse.

Me alejé un poco más fascinado. De repente, mi mirada topó con otro documento que relacioné enseguida con mis recuerdos. Volvía a ser un corto texto manuscrito, con la misma escritura que el otro, que era de Reynald, sin duda. Y la relación con la primera frase era evidente: «El segundo mensajero llama. Es como una gran montaña ardiente de fuego. Ella ha sido lanzada al mar. La tercera parte del mar se vuelve sangre (Apocalipsis 8,8)». Repetí en alto la referencia: «Apocalipsis 8,8». ¡De nuevo esas dos cifras! Me volví de nuevo hacia el hacker.

– Y esto, ¿lo ha fotografiado? -dije con voz temblorosa.

Louvel levantó la cabeza.

– ¡Claro! -dijo con exasperación-. ¡Como todo lo que está en las paredes, tranquilo!

Me señaló un montón de hojas que había a su lado.

– ¿Quiere usted ayudarme? Gire estos papeles y colóquelos por el suelo, planos.

Me alejé lentamente de la pared y me puse al trabajo. Miré los documentos que Louvel estaba fotografiando. Había dos hojas, muy grandes, unos planos de arquitecto con notas de Reynald. El primero, que tenía por título «La Torre», estaba seguro de que representaba la torre SEAM. El segundo, por el contrario, no me recordaba a ningún edificio en particular; pero el título escrito por Reynald hacía de nuevo referencia a la frase misteriosa: «El Vientre».

Mi cuerpo latía a toda velocidad. Mi viaje no había sido del todo inútil. Todo seguía siendo muy confuso, pero estaba seguro de que lo que había allí nos haría avanzar en nuestra investigación, siempre y cuando pudiéramos descifrarlo, desde luego.

Nos quedamos una media hora más fotografiando todo lo que nos parecía importante: numerosos documentos, fotos personales, libros, manuales, del material que podía utilizarse para fabricar bombas artesanales y un montón de objetos diversos, algunos de los cuales probablemente no nos servirían de nada, pero era mejor pasarse de prevenidos. Enseguida, consideramos que no quedaba nada que se hubiera escapado a nuestro objetivo. Damien Louvel recogió su aparato y me dio una palmada en la espalda.

– ¡Venga, nos vamos!

Asentí con la cabeza. Sin embargo, lancé una última mirada al estudio, con la esperanza de que no nos hubiéramos olvidado de nada. No había visto en ninguna parte documento alguno que mencionara el «Protocolo 88», que parecía, sin embargo, ser el elemento central del todo el asunto. Pero habíamos encontrado ya muchas cosas. Era un buen principio. Di media vuelta y seguí al hacker por la escalera. Cerró la puerta detrás de nosotros, y después bajamos hasta la calle con rapidez.

No había nadie en la Rue du Château. Solté un largo suspiro. Al parecer, nos habíamos salido con la nuestra. Algo me decía que nos acercábamos a nuestra meta, o tal vez simplemente quería creerlo.

– He cogido una habitación de hotel que no está lejos de aquí. ¿Viene usted conmigo? -propuso Louvel cuando nos alejamos del edificio.

Dudé. Tenía un buen presentimiento sobre ese tipo. Pero todavía no me sentía completamente cómodo. Después de todo, no sabía casi nada de él, y todavía menos sobre los otros miembros de su misterioso grupo.

– Yo… no lo sé.

– ¿Pretende usted continuar su investigación solo, Vigo?

– No sé nada de usted… ¿Qué pruebas tengo de que usted quiere ayudarme de verdad? Parece que usted lleva su propia investigación.

Él inclinó la cabeza.

– Como usted quiera, amigo mío; pero, entretanto, podemos intercambiar nuestras informaciones, ¿no?