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– Después de todo lo que me ha pasado, he aprendido a no confiar en nadie. ¿Por qué debería confiar en usted?

– Porque usted sabe que busco la verdad tanto como usted. Y además, seamos sinceros, está usted con el agua al cuello, Vigo. La policía lo busca por todo el país. Debemos de ser los únicos que no lo consideran un terrorista y los únicos que podemos ofrecerle protección.

Hice un gesto de escepticismo.

– ¿Tienen, de verdad, medios para protegerme?

– Sí.

Había respondido con convicción.

– ¿Está usted dispuesto a decirme todo lo que sabe?

– Sí -dijo él, sin dudar-. ¿Y usted? Hice una pausa. La pregunta merecía cierta reflexión. ¿Estaba dispuesto a compartir mi información con esos hackers a los que no conocía? Pero, después de todo, ¿qué arriesgaba? Empezaba a pensar que necesitaba que ellos me cuidaran a partir de ese momento. Y una cosa me parecía cada vez más segura: no tenía ni los hombros tan fuertes ni los recursos suficientes como para continuar en solitario. Acabé por ceder, quizá movido por mi eterna necesidad de los demás.

– De acuerdo, formemos equipo -le propuse. Louvel sonrió y me agarró amistosamente por el hombro.

64.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 191: metempsicosis.

Estos recuerdos inconscientes que me llegan del pasado, ese fantasma desconocido que surge aquí y allá… A veces, me pregunto si no habré sido otra persona. ¿No seré el envoltorio carnal de una nueva alma vagabunda?

Yo sería el primero en prestar crédito a la reencarnación o a la metempsicosis. Platón, Pitágoras, los egipcios, los esenios, los cabalistas, los brahmanistas, los budistas, los cátaros… ¿Acaso debería dudar de tales fuentes? Tal vez.

La reencarnación sólo es una respuesta perezosa entre otras tantas a nuestra angustia por la muerte. Morir no sería dejar de vivir, sino viajar a otro cuerpo. En el Bhagavad-Gîtâ se afirma lo siguiente: «Es segura la muerte para el que ha nacido, y es seguro el nacimiento para el que ha muerto». ¡Ah, ojalá los muertos tuvieran alguna seguridad!

La fe en la reencarnación no es sólo un fenómeno antiguo. Estaba ese canadiense, Ian Stevenson. Su nombre lo predisponía sin duda a soñar con viajes… Trabajaba en el seno del departamento de medicina psiquiátrica de la Universidad de Virginia, y ha consagrado su carrera al estudio de las personas, esencialmente en Asia, que afirmaban recordar sus vidas anteriores. Entre los 2.600 casos que habría estudiado, seleccionó unos sesenta cuyo análisis describió rigurosamente a través de los artículos en la prensa científica y en sus obras, investigando esencialmente los vínculos biológicos que intentaba encontrar entre estas personas y las que habían podido ser en sus vidas anteriores… En concreto, llevó a cabo una reflexión sobre las marcas de nacimiento, intentando ver si podían ser el resultado de traumatismos de vidas precedentes.

Mirándolo más de cerca, se acababa rápidamente por aburrirse ante aquella envoltura pseudocientífica de la que América del Norte tiene el secreto… Sin embargo, muchas veces, he tenido ese sentimiento de haber sido otro.

La gente que sufre de amnesia retrógrada es la que quizás está más legitimada para declararse reencarnada. En el fondo de mí mismo tengo una certeza, la de no ser ya el que había sido.

65.

El hotel Brice era un elegante tres estrellas cercano al barrio de negocios, fuera de la ciudad vieja. Damien Louvel había reservado una gran habitación en el último piso. Por el modo en que lo saludaba el vigilante en recepción, comprendí que estaba en terreno conocido.

Apenas hubo entrado en la habitación, se dirigió hacia un ordenador portátil y conectó en él su cámara digital. Silencioso, lo miraba transferir todos los clichés que había tomado en el apartamento de Gérard Reynald, y me pareció que los enviaba a un servidor de Internet. Reconocí por otra parte la página principal del sitio donde nos habíamos encontrado, hacktiviste.com. Sin duda, tenía el hábito de servirse de todo aquel material.

– ¿Qué hace? -pregunté acercándome.

– Envío las fotos a los otros, en París. Vamos a necesitar tiempo para estudiar todo esto… Nuestro analista podrá ponerse a trabajar.

– ¿Su analista? Habla como si SpHiNx fuera una gran sociedad…

Sonrió.

– No… No somos una gran sociedad. Pero somos cuatro trabajando a tiempo completo para el grupo.

– Es extraño… En la Red dan la imagen de simples hackers aficionados.

– Sí, deliberadamente. Es un modo de no llamar demasiado la atención. Preferimos que nuestros adversarios no nos tomen demasiado en serio.

– ¿Acaso tienen muchos adversarios? -me extrañé.

– Todo aquel que se dedique a ocultar la verdad es un adversario potencial.

– Pero ¿por cuenta de quién trabajan?

– De nadie, Vigo. Somos una estructura privada, independiente. Una especie de pequeña ONG de la información, si lo prefiere.

No alcanzaba a concebir cómo y por qué aquel grupo existía. Había un lado completamente novelesco en la imagen que me formaba de aquellos justicieros de la Red. No obstante, cada vez me parecían más reales, cada vez más serios.

– Dice que son independientes -insistía-; pero deben de necesitar financiación, ¿no?

– Se lo dije el otro día, tenemos generosos donantes. Y cuando los clientes nos parecen dignos de confianza, podemos llegar a alquilar nuestros servicios. Pero eso es excepcional. Más bien somos partidarios de la gratuidad. Pero no se inquiete, todas estas cosas las verá en París. Por ahora, nos hemos merecido relajarnos un poco. Vigo, ¿quiere beber algo?

– No sé…

– ¡Vamos, después del negocio, el ocio! Voy a hacer que nos suban una botella. ¿Le gusta el whisky?

Asentí. Llamó a recepción y, algunos minutos después, nos encontramos cara a cara, sentados en un sofá, sosteniendo en nuestras manos sendos vasos de un whisky delicioso.

Me relajé rápidamente; Louvel sin duda tenía razón, me merecía un poco de reposo. De todos modos, no pude dejar de pensar en Agnès. La última vez que había bebido un whisky así, en un sofá, había sido con ella, en su pequeño apartamento de la Place de Clichy. Una vez más me di cuenta de cuánto la echaba de menos. La calma y la reparación que cerraban aquella jornada descabellada se mezclaron con una inevitable melancolía y un sentimiento de irrealidad.

No podía evitar hacer el balance de los pasados quince días. Los atentados, el descubrimiento de mi no-identidad, mis falsos padres, el sentido inexplicable de mis crisis epilépticas, Agnès, Feuerberg, Dermond, y ahora Niza… ¿Qué control había tenido sobre todo aquello? ¿Estaba seguro de entender lo que me pasaba? ¿Cómo podría acabar aquello? Y sobre todo, sobre todo, en ningún momento conseguía olvidar los interrogantes de mi angustia escatológica. Quizás encontraban un nuevo eco en esta pesquisa a la que me dedicaba sin pensar. Porque, a fin de cuentas, ¿para qué serviría todo ello? Una vez que hubiera resuelto esta indagación -si realmente podía conseguirlo-, ¿cambiaría eso algo en mi angustia? ¿En mis dudas sobre el porvenir del Homo sapiens? No podía dejar de presentir la inanidad de mis recientes acciones. Lo ridículo de mi búsqueda de la verdad. ¿Sólo buscaba la buena? ¿La que apagaría mi sed?

En aquel momento me di cuenta del estado de fatiga nerviosa, de agobio, de confusión, en que me encontraba. Pero, después de todo, no me las apañaba tan mal. Cualquiera hubiera podido desmoronarse por menos de esto. Temiendo ceder a una ola de depresión, bebí un trago de whisky y reanudé la conversación.

– ¿Cómo han sabido del estudio de Niza?

Mi pregunta divirtió visiblemente a Louvel.

– En el futuro, Vigo, sepa que no es obligatorio entrar en casa de un abogado por la fuerza ni romperle la cara para ver lo que hay en su ordenador. Hay medios mucho más discretos de hacer eso, a distancia…