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– ¿De qué tipo?

– Forzar una cerradura, conducir un coche como un piloto de carreras, pelear…

– Ah, sí, desde luego que pelea…¡Gracias, lo he visto hace poco! Mi brazo se acuerda. ¡Bah! ¡Puede que sea un antiguo boxeador, Vigo! -exclamó el hacker riendo.

– Sobre todo estoy totalmente hecho polvo.

– No se preocupe. Acabará por encontrarse bien.

– A veces me pregunto si realmente deseo saber…

Louvel levantó su vaso de whisky.

– ¡Vamos, bebamos por la verdad, Vigo! ¡La verdad!

Choqué mi vaso con el suyo sin verdadero entusiasmo. Quedamos un momento en silencio, perdidos en nuestros pensamientos respectivos. Después Louvel acabó por levantarse.

– ¡Bueno! ¡Se hace tarde! Vámonos a acostar. Tiene un aspecto espantoso. Sin hablar de su imagen. Mañana por la mañana, le llevaré de tiendas. Hay que comprarle una maleta y un nuevo vestuario. Comienza a parecer un pordiosero.

Sonreí.

– No se lo niego. Hace dos semanas que me paseo con la misma ropa…

– Eso se va arreglar. La ropa, ése es mi departamento. En eso estoy mejor dotado que para el boxeo. Volveremos a París enseguida. Le llevaré a nuestras oficinas. Trataremos de analizar todo lo que se ha recuperado aquí.

– De acuerdo.

– Le dejo la habitación. Yo dormiré en el sofá.

– ¿Está seguro?

– Sí, sí. Vaya a acostarse, Vigo.

Acepté. No estaba en absoluto en contra de una buena noche de sueño.

66.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 193: recuerdo, fin.

Mi nombre no es Vigo Ravel. Tengo trece años. Estoy en el asiento trasero del break verde. Mis padres están delante de mí. Veo su cara, ahora. La sonrisa de mi madre, sus ojos gastados, las marcas de la tristeza. Y mi padre, el pelo a cepillo, cabeza cuadrada, mentón ancho, mirada dura, voz grave: una alegoría de la autoridad.

Fuera se extienden las verdes colinas de la costa normanda. Deauville desaparece en el horizonte, deja lugar a los viejos blocaos. Después se aproximan los acantilados de arcilla, como un cliché de carta postal.

No miro siquiera la mosca idiota que vuela alrededor de mí.

Sé que no tiene importancia, que no está allí más que para distraerme, apartarme de lo que debo oír, comprender.

Mis padres discuten, se sirven de mí para justificar lo que les separa. Lo sé. Mi educación es el pretexto de sus opiniones discordantes. Me descuartizan en lugar de desgarrarse entre ellos. No aguantaré mucho tiempo.

El coche se detiene en un dique. Portazos. Sigo a mis padres por la playa desierta, con las manos hundidas en los bolsillos, los puños apretados por la cólera que está a punto de estallar. Caminamos sobre los guijarros. El clamor de las olas y el viento ahogan apenas su lucha incesante. Su último combate.

De repente, mi padre se vuelve hacia mí, abandona a mi madre junto al agua. Lo veo inclinarse hacia delante, agarrar mi hombro.

– Tu madre y yo vamos a separarnos, hijo mío.

– Lo sé.

Parece sorprendido. No soy el idiota que hubiera querido que fuera.

– Vas a venir a vivir conmigo.

Cruzo los brazos, frunzo el ceño. Mi cuerpo entero rehusa.

– ¡No!

– No digas tonterías.

– ¡Prefiero quedarme con mamá!

Suspira.

– Mamá debe ausentarse por un tiempo.

– ¿Dónde va?

– Al hospital.

– ¿Está enferma?

– No. Ella… necesita reposo. Hijo mío, esta tarde volvemos a París. Mamá se quedará en Deauville. De vez en cuando iremos a verla.

Lloro. Sé que los niños no tienen las armas para pelear contra eso.

«De vez en cuando iremos a verla.»

Nunca ha mantenido su promesa.

67.

A la mañana siguiente, como estaba previsto, Damien Louvel me llevó de compras por la gran calle peatonal del centro de la ciudad. Al principio, encontraba un poco extraño, más bien intimidante, encontrarme con aquel tipo al que apenas conocía y probarme ropa en las tiendas de Niza bajo la mirada jovial de las vendedoras; después acabamos por divertirnos sinceramente. Louvel tenía un sentido del humor y de la broma que rápidamente me hizo estar cómodo y, en efecto, parecía tener un cierto gusto para la ropa de confección: se encargó de renovar mi aspecto de la cabeza a los pies, burlándose de mi elección de la ropa.

– ¿No quiere abandonar la imagen de esquizofrénico acomplejado, amigo mío? Tenga, pruébese estos vaqueros, le quitará diez años de encima, y uno o dos kilos.

¡Tenía la impresión de reinterpretar una escena de Pretty Woman! Como un hermano mayor, me ayudó a elegir pantalones, camisas, chaquetas, un par de zapatos… y cada vez pagó la cuenta con su tarjeta de crédito. Incómodo, se lo agradecía.

– No se inquiete, ¡lo pondré en mi cuenta de gastos! Vigo, no basta con raparse. Si quiere realmente una nueva cara, no hay que dudar en cambiarlo todo… ¡Y está fuera de cuestión que le lleve a París vestido así! Tengo una reputación que mantener. Por otro lado, su ropa vieja está tan sucia que habrá que quemarla.

Después de dos horas de carreras, amontoné mis numerosas bolsas en una maleta completamente nueva y partimos al fin para la estación, dejando detrás de nosotros el rostro coloreado de la Costa Azul, en dirección a París.

Durante el trayecto de vuelta, Louvel recibió varias llamadas, sin duda de otros miembros del grupo SpHiNx. Cada vez, se levantaba y se alejaba hasta el fondo del vagón para no molestar a los otros viajeros, o más bien para que nadie (yo el primero) pudiera oír su conversación. Al verle utilizar el móvil, no pude dejar de pensar de nuevo en Agnès. ¡Me hubiera gustado tanto llamarla! No dejaba de imaginar su cara, su mirada, su voz. Con la mirada perdida, la cabeza apoyada en la ventanilla, me perdí en su recuerdo.

«Agnès. Place Clichy. El Wepler. Silencio perfecto. Por donde quiera que mire, está tu sonrisa dibujada. Podrás decir no importa qué, buscar mil razones para huir de mí, pero sé que has sentido por mí esa pequeña diferencia que cambia todo. Esa evidencia que el corazón acepta y el alma ignora, o finge ignorar. Lo he visto en tu mirada, lo he oído en tus suspiros, e incluso entre las líneas de tu último mensaje, he adivinado el destello. Sufro como tú porque el presente se nos escapa, porque para nosotros dos no hay aquí y ahora. No sé si volveré a verte algún día, si volveré a encontrarte en cualquier parte, si ese lugar y ese instante existen, y no hay nada que me haga padecer más que esa ignorancia. Viviré para siempre ese no-lugar como una injusticia. La línea de la vida que no hemos podido seguir. Cada segundo que paso lejos de ti es una sentencia a perpetuidad. No sé si es no poder estrecharte contra mí, adivinarte en los brazos de otro lo que me da de este modo el deseo de poseerte, no haber sabido decirte te quiero lo que me hace lamentarlo tanto, no sé si es no poder llamarte lo que me tortura hasta este punto, no sé si me miento a mí mismo, si es una complacencia de la desgracia, ¡pero joder, joder, sufro!

Cuanto más intento olvidarte, más tu recuerdo se agudiza. Sé muy bien que es ridículo, que las almas gemelas no existen, que es un mito adolescente y que hay seguramente otras historias de amor que podrían cruzarse en nuestros caminos, el mío, el tuyo; pero todo eso no es más que el discurso de la razón, y el corazón tiene razones que la razón ignora. No todo es razón. Hay algo más. Esta fuerza inmensa e inexplicable. Me río de ser racional, me río de ser razonable, a ti es a quien quiero hoy, nuestra historia es la que quiero vivir, ahora, a despecho de todos. Te echo de menos. Eres ese dolor negro al final de todos los caminos que mi memoria atraviesa, y tú ya no estás allí.»

– ¿Va todo bien, Vigo?

Me sobresalté.

– ¿Perdón?

Damien Louvel me miraba de hito en hito con aire inquieto.