– ¿Se encuentra bien?
Pasé el dorso de la mano por mi mejilla. Las lágrimas se borraron bajo mis dedos.
– Sí. Estoy bien.
– Amigo mío, debe de estar agotado.
– Sin duda.
– Lo que está a punto de vivir… nadie puede comprenderlo. Nadie debería tener que vivir eso…
Dejé escapar un suspiro.
– Está bien, no se preocupe. No ha sido más que un poco de fatiga.
Louvel sonrió. No se engañaba. Encontré en su mirada mucha más comprensión de la que nunca habría podido esperar. Aquel tipo había vivido, eso se transparentaba en su sonrisa, en sus silencios. Me entró una violenta necesidad de sinceridad.
– Echo de menos a Agnès. Tengo miedo de perderla.
Meneó lentamente la cabeza y me mostró su móvil.
– ¿Quiere llamarla?
– Me ha pedido que no lo hiciera.
Me dirigió una mirada en la que creí leer amistad. Algo que debía de parecerlo. Yo no sabía gran cosa de semejantes sentimientos.
– Saldremos de ésta, Vigo, se lo prometo.
Me obligué a sonreír.
– Gracias.
El silencio se instaló de nuevo. Cerré los ojos y apoyé lacabeza contra la ventanilla del tren. Miraba desfilar el paisaje, teatro silencioso e indiferente de mi aflicción. Los minutos pasaron y dominaron mi angustia. Finalmente, llegamos a París con el consuelo gris del hormigón y de los humos blanquecinos.
Seguí a Louvel a través de la estación de Lyon, recordando la extraña noche que pasé allí. Pero era ya otro hombre, y no sólo porque había dejado por fin mis andrajos.
Un taxi nos condujo al distrito XX, Boulevard de Ménilmontant. Fuimos por la calle sin hablar. Yo escuchaba el ruido de la ciudad. El barrio hormigueaba de gente, vibraba de vida, de calor humano. Eso me gustaba. Louvel me guió hasta un viejo inmueble. Yo estaba asombrado de que el antro del grupo SpHiNx se encontrara en este lado de la capital. Me había esperado un barrio más moderno, un barrio de oficinas. Pero en el fondo, esto debía de parecérseles más de los que yo imaginaba. Pasamos bajo un porche, atravesamos un primer patio; después, cuando hubimos llegado ante una gran puerta de vidrio tintado, Louvel se volvió hacia mí.
– Bien. Aquí están nuestros locales. Vigo, no querría parecerle ceremonioso, pero debe prometerme que no revelará jamás nada de lo que pueda ver aquí…
Hice un gesto con la cabeza para decir que comprendía.
– Normalmente, no aceptamos visitas. Usted es… una excepción.
No estaba seguro de saber qué responder a eso.
– De acuerdo -dije a falta de algo mejor-. Gracias.
El hacker deslizó una llave en la enorme puerta blindada que cerraba la entrada de su local secreto. Me precedió en el interior.
Las oficinas del grupo SpHiNx eran una especie de antiguo loft desafectado, donde reinaba un confuso desorden. Era una gran mezcla de baratijas, de carteles, de pilas de documentos y de material de alta tecnología, pantallas, ordenadores, un montón de aparatos de los que no adivinaba ni por asomo su verdadera función. Cables de todas las dimensiones corrían un poco por todas partes, de una punta a otra de la habitación, de un escritorio a otro… Los muros estaban cubiertos de estanterías y de armarios en los que se amontonaban cientos de informes, CD-Rom, impresoras, cajas de cartón… En un rincón, había una vieja barra de latón sobre la que colgaban algunas copas. Unas grandes vigas de metal, pintadas de un viejo verde metropolitano, sostenían una amplia vidriera cuatro o cinco metros más arriba. Una luz azulada se filtraba por los vidrios tintados. Al fondo del loft, una pequeña escalera llevaba a un entrepiso tabicado con vanos acristalados, encaramado sobre cuatro pilares metálicos.
Dos personas estaban a punto de ponerse con sus ordenadores. Un asiático pequeño, delgado, sin duda en la veintena, con un aspecto de roquero japonés directamente salido de los años ochenta, con su pirsin y el pelo decolorado. Un poco más lejos, un treintañero verdaderamente obeso, con unas gruesas gafas redondas y una impresionante cabellera negra desgreñada, llevaba una amplia camiseta de Superman. Su escritorio, además de ser un complejo conjunto informático, estaba cubierto de botellines de refrescos y de viejas cajas de comida rápida…
En fin, una joven, que quizá no llegaba a los veinte años, vino enseguida a nuestro encuentro, toda sonrisas. Grande y esbelta, tenía largos cabellos castaños y unas pequeñas gafas redondas. Vestida como una colegiala, completaba perfectamente aquel trío desplazado de jóvenes enganchados por la informática…
– Vigo, le presento a Lucie.
– Encantado -dije tendiendo la mano.
– Salud -dijo con una voz burlona y relajada.
– Él, allá abajo, es Sak, nuestro analista -dijo Louvel señalando al joven asiático-. Y el tercer ladrón, allá, escondido detrás de sus grandes pantallas, es Marc, que es a la vez nuestro programador-desarrollador, nuestro grafista y el mayor comedor de pizzas de la ciudad de París.
Los dos muchachos me dirigieron un saludo con la cabeza, sin interrumpir realmente su trabajo.
– Lucie… ¿Cómo decirlo? Bueno, Lucie (aunque sea la más joven de nosotros) es quien que ha creado SpHiNx…
Levanté las cejas, un poco sorprendido.
– Estaba conmigo cuando contactamos con usted en la Red.
– Sí -confirmó la joven-. Y, por otra parte, ¡hay novedades!
– ¡Perfecto! -exclamó Louvel-. Subamos, podrás ponernos al corriente. A menos que no prefiera ir a ducharse, o a refrescarse, ¿eh, Vigo?
– No, no, les sigo.
– Entonces, vamos. Estaremos más tranquilos arriba, es lo que llamamos «el acuario» -me explicó Louvel señalándome el entrepiso de cristal.
Se pusieron también en camino hacia la pequeña escalera metálica y yo les seguía pisándoles los talones, algo incómodo. Louvel se detuvo en su camino ante el tipo obeso, que no apartaban en ningún momento los ojos de la pantalla de su ordenador.
– Marc, Vigo necesita nuevos documentos de identidad. ¿Puedes hacer eso?
El joven dejó escapar un suspiro.
– ¿Usted es el famoso telépata? -murmuró con tono sarcástico.
Louvel hizo una mueca de disgusto.
– Marc, por favor…
El joven se levantó indolentemente.
– De acuerdo… Como quieran. Sólo hay que hacer una foto.
El tal Marc se fue a buscar una cámara arrastrando los pies, con sus anchos tejanos cayendo sobre sus nalgas, y después me pidió que me parara ante una de las pocas partes de la pared que todavía estaban blancas… Me dejé hacer, un poco desamparado. Visiblemente, el programador no veía mi asunto con la misma indulgencia que Louvel. Me tomó una foto y volvió sin decir nada ante su ordenador.
– No le prestes atención -me cuchicheó Damien al oído-. Siempre es así. Es nuestro escéptico de servicio. Aquí hace falta, para mantener los pies en la tierra. Y además, es un excelente programador. Vamos, Lucie nos espera arriba.
Meneé la cabeza. Aquel pequeño mundo se comportaba como si todo fuera perfectamente normal, pero yo tenía la impresión de flotar en pleno sueño. Sin duda, aquellos tipos no se daban cuenta de la rareza de su pequeña comunidad.
Intenté no demostrar mi turbación y subí la escalera que llevaba al despacho de Louvel, aislado tras los tabiques de cristal. La joven estaba ya sentada en el interior, nos reunimos con ella alrededor de una pequeña mesa de reunión.
– Así, papi, la vuelta ¿ha ido bien?
– Sí -respondió sonriendo Louvel.
Una gran complicidad parecía unirlos, algo que se parecía a una relación padre-hija ideal, poscrisis adolescente.
– ¿Queréis un café?
– Yo no, ¿y usted, Vigo?
– No, gracias.
– Entonces te escuchamos, Lucie. Vigo está tan impaciente como yo por saber qué habéis descubierto.
– ¿Quieres que… hable de todo?
Louvel sonrió.