– Sí. Ahora Vigo casi forma parte del equipo… Creo que se puede decir todo.
Se lo agradecí con un gesto de la cabeza. Él no hacía comedia. Ahora lo sabía.
– De acuerdo. Pues bien, gracias a lo que nos enviasteis ayer por la tarde desde Niza, Sak y yo hemos avanzado mucho acerca de Dermod, ¡y creo que los tenemos!
Louvel me lanzó una mirada entusiasta. Le devolví una sonrisa. Era quizá la primera buena noticia desde hacía mucho tiempo… ¡Si había algo en lo que soñaba, era en «tener» a los responsables de todo lo que me estaba pasando!
– Damien, habías tenido la premonición buena: Dermod no es otra cosa que una sociedad de «seguridad privada», como se suele decir.
– ¡Estaba seguro! -replicó Louvel, golpeando con las manos en la mesa-. ¡Estaba seguro! ¡Todo este asunto apesta a paramilitar!
Fruncí el ceño.
– ¿Puede iluminarme un poco? ¿Qué es eso de una «sociedad de seguridad privada»?
– A grandes rasgos, son sociedades de mercenarios -explicó la joven-. Parece que Dermod es una de esas agencias de seguridad privadas y de gestión de crisis que han visto la luz en la posguerra fría y aun después del licenciamiento de tropas francesas en África. La asistencia técnica militar ha tenido desde hace una veintena de años una enojosa tendencia a privatizarse. Sin entrar en detalles, Dermod abastece de armas y mercenarios a los gobiernos… ¿Y adivináis quién es uno de los principales accionistas secretos de Dermod?
– ¿La SEAM? -sugirió Louvel.
– ¡Pues sí! No habíamos buscado bastante por ese lado… Hay que decir que el montaje financiero de esa sociedad offshore es particularmente nebuloso. Pero la implicación de la SEAM -que es, sin embargo, la segunda mayor exportadora de armas en Europa- no es muy sorprendente, aun cuando sea perversa desde el punto de vista deontológico. Pero todo es beneficio para la SEAM. Este tipo de pequeñas sociedades como Dermod desempeña un papel cada vez más importante en el abastecimiento de armas a toda clase de regímenes de los Países del Sur. Tienen una posición de primera para proporcionar mercados a los fabricantes de armas: están asociados con los gobiernos belicosos, con las compañías aéreas de flete, etc.
Yo pensaba en Lucie. Tenía pasión en su voz y en su mirada. Se implicaba completamente en el asunto, como si su vida dependiera de ello. Y quizás era el caso. Si realmente aquella joven veinteañera había creado SpHiNx, era que tenía una sed extraordinaria de verdad y un motivo personal. A pesar de su aspecto de eterna adolescente, algo en ella la hacía adulta, más madura que yo quizá. Y el conocimiento que parecía haber adquirido sobre todos aquellos temas me impresionaba. Ella y Louvel eran sin duda alguna las dos personas más singulares que me había sido dado encontrar. Y, extrañamente, deseaba parecerme a ellos. Experimentaba de repente una fuerza nueva, una motivación acrecentada: el deseo de pertenecer a un grupo. En aquel momento, por primera vez en mi vida quizá, no tenía la impresión de estar solo.
– Lucie -pregunté-, ¿cómo ha descubierto que Dermod era una sociedad de seguridad privada?
– Dos de los documentos de Gérard Reynald nos han puesto sobre la pista. A continuación, hemos podido cruzar diferentes informaciones para verificarlo todo. El primer documento implicaba directamente a Dermod en una operación militar comanditada oficiosamente por el Estado francés a principios de 1997. Dermod habría enviado una treintena de mercenarios al Congo para proveer de mandos al ejército de Joseph Mobutu, que acababa de ser vencido por los soldados de Laurent-Desiré Kabila.
– ¡Ni más ni menos!
– Sí. Y el segundo documento concernía a otra misión del mismo género, lanzada por un asesor del Elíseo al principio de 2001. También allí Dermod habría enviado seis hombres para apoyar al general Robert Gueï en Costa de Marfil, ayudarle a destruir a los grupos de oposición y reestructurar la guardia presidencial…
– Black operations -murmuró Louvel.
– Exactamente.
– ¿Qué son estas tonterías? -dije, completamente alelado.
– No son tonterías -replicó Louvel, volviéndose hacia mí-. Estas operaciones son cada vez más frecuentes. El Estado francés, aunque lo niegue, ha recurrido regularmente a sociedades privadas y a mercenarios para la gestión de crisis de este tipo.
– ¿Por qué?
– Bueno, para impedir que se pueda llegar hasta la jerarquía. Ocurre, por ejemplo, que el servicio de acción de la DGSE (el famoso 11.° de las fuerzas de choque) no pueda emprender él mismo operaciones particularmente delicadas desde un punto de vista político. La ventaja es que los mercenarios, al contrario que los militares, son bienes consumibles, desechables… No tienen ningún lazo oficial con las autoridades; en resumen, no dejan rastro. Todos los presidentes de la V República han recurrido a los servicios de las sociedades privadas: De Gaulle en Biafra, Giscard en Bénin, Mitterrand en el Chad y en Gabón, Chirac en el Zaire, en Costa de Marfil… Y no hablemos de los americanos, que lo hacen cada vez más, en Afganistán, en Irak…
– Existen varias sociedades de este tipo en Francia -continuó Lucie con un tono exaltado-. Alquilan muy caro sus servicios al Estado. En general, están montadas por antiguos gendarmes del Elíseo, antiguos militares, que vienen de regimientos de paracaidistas, de tropas de marina o de la legión extranjera, y hay también numerosos agentes de los servicios secretos «retirados». Estos tipos dejan el ejército, demasiado burocrático para su gusto, y no bastante… lucrativo.
Louvel asintió.
– Sí, y a menudo, mantienen lazos con sus servicios de origen, en la DGSE o en la célula africana del Elíseo.
– Parece que ése es el caso de Dermod, salvo que aquí, además, se ha beneficiado de fondos privados llegados de la SEAM, que es una de las mayores sociedades de armamento europeas y cuyo accionista mayoritario, así por casualidad, es…
– El Estado francés.
– ¡Pues sí! A grandes rasgos, por el lado de la SEAM nuestro país es indirectamente accionista de una extraña sociedad de mercenarios…
– Es increíble -murmuré.
Lucie dirigió una sonrisa a mi vecino.
– Las hemos visto peores -dejó caer con tono sarcástico-. Brevemente, gracias a aquellas dos pistas proporcionadas por los documentos de Reynald, nos hemos podido remontar más lejos y descubrir la implicación de Dermod en otras operaciones, en Bosnia o en el Congo-Brazzaville, por ejemplo.
– ¿Y dónde nos lleva eso?
– Mi idea es que el Protocolo 88 debe de ser el nombre de un código de una de esas black operations… El problema es que no sabemos cuál. Todavía no tenemos nada sobre esto.
– Acabaremos por encontrar algo -afirmó Louvel-. Estamos sobre la buena pista.
– Espero… Continuaremos indagando. Ahora trabajamos sobre otros documentos también muy interesantes.
– ¿Cuáles?
– Bueno, primero, entre los papeles que ha fotografiado hay una carta de un proveedor de acceso a Internet con todas las informaciones concernientes al buzón de correo electrónico de Gérard Reynald. Bueno… No es muy legal, pero hemos entrado a ver qué contenía…
– Ya no estamos, excepto eso -hizo notar Louvel gesticulando.
– Reynald tenía cuidado de borrar todos los correos electrónicos a la vez en la bandeja de entrada y en la bandeja de salida, pero nuestro querido Sak no es de la clase que se deja desconcertar por este tipo de desafíos… Ha conseguido recuperar una buena parte de los correos electrónicos enviadospor Reynald en el curso del último año. Y en lo que era recuperable, hemos encontrado con qué despertar nuestro interés. Varios correos electrónicos estaban dirigidos a usted, Vigo.
– ¿A mí? ¡Pero si nunca he recibido correos electrónicos de ese tipo! -Me sorprendí incorporándome en mi asiento.
– Sin embargo, le ha enviado al menos dos a su dirección…