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– Por supuesto que le creo -respondió Louvel con un tono compasivo-. También yo estoy sorprendido de que sus servicios estén todavía en activo, dado que estaban ustedes situados en la misma torre.

– Hemos perdido muchos colegas en aquel drama. Mis propias oficinas se encontraban en la torre SEAM, y es un milagro que hoy pueda recibirlos… Pero no tenemos otra opción. Hay mucho que hacer. Trabajamos ya sobre los proyectos de reconstrucción. Por otra parte, comprenderán que pueda consagrarles mucho tiempo…

Se podía sentir en su voz una emoción que no era fingida, y me llamó la atención que aquel hombre tenía mucho valor para asumir de nuevo sus funciones, tan pronto después de los atentados.

– No tenemos la intención de acaparar su tiempo -prosiguió Louvel- y le estamos infinitamente agradecidos por aceptar recibirnos. Voy a ser breve. Estamos al principio de nuestras investigaciones, y por ahora nos concentramos sobre lo que podrían ser los móviles del atentado.

El director de comunicaciones pareció sorprendido.

– Más bien es el trabajo de la policía.

– Seguro -replicó Damien enseguida-. Está fuera de cuestión llevar la investigación en su lugar, se lo aseguro. Pero se necesitará tiempo antes de que la justicia arroje luz sobre este asunto. Mientras tanto, se trata simplemente de presentar a los telespectadores los diferentes escenarios posibles…

Estaba admirando el aplomo con el que Louvel llevaba la conversación cuando sentí crecer en mí los primeros signos de una migraña que conocía muy bien. «No. No aquí. No ahora.»

– Ya veo -dijo Morrain con un tono un algo escéptico-. Pero en ese caso no estoy seguro de que yo sea su interlocutor ideal… No me ocupo de nada de lo que concierne al atentado. Todo lo que el EPAD administra es la ordenación.

Mi vista comenzaba a enturbiarse ligeramente. El mundo se puso a vacilar alrededor de mí, a perder su consistencia. Intenté ocultar mi malestar. Era necesario a toda costa que permaneciera dueño de mí mismo. No era una crisis violenta. Con un poco de suerte, desaparecería tan rápido como había venido. Intenté mantener la cabeza erguida y los ojos abiertos.

– Quizá pueda usted ayudarnos. Nos gustaría que echara una ojeada a unos documentos -explicó Louvel mientras sacaba precavidamente la gran hoja de su bolsa- y que nos diga si sabe a qué corresponden. Creemos que se trata de planos de locales que estarían situados en el subsuelo de la Défense…

Volví a sentir de repente un choque inexplicable. Como una descarga eléctrica que hubiera atravesado mi cráneo, furtiva, tan breve como violenta. Y en el mismo instante, creí ver dibujarse en el rostro de nuestro interlocutor una mueca de sorpresa. Quizás incluso de pánico. Le pasaba algo. No habría sabido decir qué.

Damien colocó el plano horizontalmente sobre la mesa del señor Morrain. Éste dudó, como si temiera mirar el documento, después se adelantó en su sillón, se puso un par de gafas e inspeccionó el trazado. Abrió desmesuradamente los ojos al descubrir los planos.

«Esto no puede ser una coincidencia.»

Me sobresalté. Louvel me dirigió una mirada reprobadora. Había notado que yo no estaba en mi estado normal. Pero no podía ocultar mi confusión. Yo sabía lo que acababa de oír. Los pensamientos de aquel tipo. «Esto no puede ser una coincidencia.» Me froté los ojos. Había que detener la crisis. Me arriesgaba a que todo se malograra.

Morrain frunció ligeramente los labios, después volvió a levantar la cabeza rápidamente.

– Lo siento, pero no puedo decirles nada sobre eso.

Louvel juzgó sin duda como yo aquella respuesta del todo ambigua. Me lanzó una mirada. Hubo un instante de silencio, quizá breve, pero que pareció durar mucho tiempo. Poco a poco, mi vista volvió a la normalidad, la sensación de vértigo se difuminó. Resoplé discretamente.

Louvel se inclinó hacia delante, con aspecto de perplejidad, y apoyó su mano en los planos.

– Perdóneme, yo… no estoy seguro de captar el sentido de su respuesta.

Morrain reculó en su sillón y cruzó las manos en un gesto de embarazo.

– No puedo decirle nada respecto a estos planos -repitió con voz insegura.

«Se guarda algo», pensé.

– Pero… no entiendo. ¿Quiere usted decir que no los conoce, o que no quiere hablar de ellos? -insistió Damien.

Nuestro huésped parecía cada vez más incómodo. Sus hombros se contraían en tics nerviosos.

– Estos planos no dependen de la EPAD; no puedo decirles nada sobre ellos, lo siento en el alma.

– Pero ¿son de los subterráneos de la Défense?

– No puedo decirles nada -replicó secamente.

Habría jurado que dudaba, que en realidad deseaba decirnos más. Pero algo se lo impedía.

– Miren -continuó con aspecto desolado-, todos los locales de la Défense no… dependen forzosamente de nuestra organización. Hay algunas excepciones. Escúchenme, señores, estoy sinceramente confuso, pero no puedo decirles más sobre esto. Y si me excusan, tengo mucho trabajo…

Antes de que hubiéramos podido decir algo, se levantó y dio la vuelta a su mesa, una manera apenas disimulada de echarnos fuera.

Louvel se puso de pie. Le dirigí una mirada sorprendida. ¿No iba a insistir? ¡Sin embargo, era evidente que aquel tipo nos ocultaba algo! Viendo de todos modos que Damien lo dejaba estar, me resigné a dejar mi asiento.

– Hasta la vista, señores -dijo rápidamente Morrain-, y ánimo para su documental.

– Sí, aparentemente, vamos a necesitarlo -repliqué mientras le daba la mano, no sin dejar de mostrar mi decepción.

Vi en su mirada algo que se parecía a la angustia o a la frustración. Retuvo mi mano por un instante, como si rehusara de repente dejarme ir, después exhaló un suspiro y se inclinó hacia mí.

– Créame, me… me gustaría realmente poder ayudarles. Pero… lo siento. No puedo.

Soltó mi mano y volvió a cerrar la puerta de su despacho ante mí. Quedé desconcertado un momento.

Louvel me hizo una seña para que lo siguiera. Salimos rápidamente del consejo general. Cuando estuvimos fuera, me tocó amistosamente en el hombro.

– No se inquiete, Vigo, hemos encontrado la confirmación que necesitábamos.

– Pero… ¡no ha querido decirnos nada! No nos ha dicho todo. ¿Ha visto su reacción?

– Precisamente. Dada su reacción, sabemos que los planos corresponden a unos locales de la Défense y que esos locales son sin duda secretos.

Yo expresaba mis dudas con la cabeza.

– El comandante Berger nos lo ha dicho, hay cientos de lugares posibles, ¿cómo encontrar el bueno? Me pregunto por qué ha reaccionado así.

– No creo que sea malevolencia, Vigo. Parecía realmente incómodo. ¿Ha notado cómo ha insistido sobre el hecho de que esos locales no dependen del EPAD? Ha dicho: «Hay algunas excepciones». Eso significa que esos locales, que suponemos que tienen relación con Dermod, están administrados por otro organismo. Falta saber cuál.

– ¿Y cómo se puede saber?

– Podríamos empezar por ir a echar una ojeada al catastro.

70.

Después de una llamada a Lucie, Damien había obtenido rápidamente la información que necesitábamos: una parte del catastro de la Défense era consultable en la alcaldía de Puteaux, y la otra, en la de Courbevoie. Nos repartimos la tarea, y a mitad de la tarde yo estaba en las oficinas de urbanismo de la alcaldía de Puteaux. Louvel había dudado un largo rato sobre si dejarme ir solo, persuadido de que yo no estaba seguro. Pero insistí, impaciente por avanzar en nuestra investigación, y acabó por ceder. Sin duda, estaba tan deseoso como yo de descubrir lo que intentaban ocultarnos.