Después de haber mostrado mi tarjeta de prensa a la empleada municipal y de explicarle que preparaba un documental sobre los subsuelos de la Défense, obtuve el catastro, pero también un dosier de urbanismo referido a la zona que dependía de Puteaux. Me abandonó en una pequeña habitación naranja, donde estaba sentado solo a una gran mesa, con dos enormes carpetas encartonadas ante mí.
Debía de hacer una media hora larga que examinaba minuciosamente uno a uno los planos del catastro cuando los signos de una segunda crisis aparecieron repentinamente. Esta vez era más fuerte. De nuevo, tuve trastornos de la visión. Los documentos bajo mis ojos se pusieron a volverse borrosos, a doblarse, y yo sentía subir enseguida en mí aquel vértigo insoportable, aquella migraña opresiva. Apoyé la espalda en la silla para no perder el equilibrio y cerré los ojos. Los murmullos comenzaron a inmiscuirse en mi cerebro, como olas sucesivas, cada vez más fuertes, que parecían venir de los cuatro rincones de la habitación. Indistintos, se mezclaron con los recuerdos que me obsesionaban: mis falsos padres, el apartamento de Gérard Reynald, imágenes, frases, el desorden, la confusión, «es la hora del segundo mensajero, ¿toma vino, Vigo? El dueño es un filántropo, Feuerberg, es como una gran montaña ardiente de fuego, ha sido lanzada al mar; tu madre y yo vamos a separarnos, hijo mío».
Sacudí la cabeza para ahuyentar aquellas voces que se superponían de manera cada vez más cacofónica. No debía ceder al pánico. Aquella crisis pasaría, como todas las otras. «Pasará, pasará, pasará. Basta con no gritar. ¿He gritado? Soy yo quien grita. Miro mi Hamilton. 88.88. Todo es normal. ¿Todo es normal? Estoy solo en la alcaldía de Puteaux. ¿Estoy solo en la alcaldía de Puteaux? Se te vigila. Cámaras. Micros. Por todas partes. Te llamas Vigo Ravel. ¿Te llamas…? ¡Basta!»
– ¿Va todo bien, señor?
Me sobresalté. Abrí los ojos y reconocí a la empleada municipal que me había traído los dosieres. Una mujer pequeña, un poco gruesa, morena, de cabellos rizados. Parecía inquieta.
– Sí… Sí. Eso debe de ser el calor.
Yo me secaba el sudor de la frente.
Cruzó la habitación y fue a abrir una ventana.
– Hace años que pedimos la climatización. En esta alcaldía, cada año, se hace cada vez más penoso… ¿Quiere un vaso de agua?
– No, gracias, estoy mejor. Gracias.
– ¿Ha acabado?
Miré los planos desplegados ante mí sobre la gran mesa.
– No… Todavía no.
– Bien, entonces le dejo. Si necesita alguna cosa, estoy aquí al lado.
Salió de la habitación dirigiéndome una sonrisa.
Me froté los ojos, tomé aire y me sumergí de nuevo en los dosieres de urbanismo de la Défense. Uno a uno, inspeccioné los trazados, los esquemas, tratando de distinguir aquellos que podrían corresponder a los subsuelos. Pero ninguno se parecía a nuestro misterioso plano, «el Vientre». Era difícil orientarse en aquella multitud de documentos: el plan local de urbanismo, el plan de ocupación de suelos, los proyectos urbanos de ordenación o de «desarrollo sostenible», el catastro, los planes de mejora de los enlaces peatonales entre la Défense y Puteaux y, seguramente, los planos detallados de las torres, de los espacios públicos.
Estaba seguro de haber examinado sin éxito todos los planos que contenían los dosieres cuando tomé la decisión de recomenzar una segunda vez. Quizá me había perdido algo a causa de mi crisis. No era el momento de ser negligente. Con una aplicación renovada, volví las páginas una a una, las comparé con la copia del plano que Louvel me había dejado. Nada parecía corresponder.
En ese momento, un timbre resonó en la habitación. Tardé algunos segundos en darme cuenta de que era el del teléfono que Louvel me había dado en los locales de SpHiNx. «Este teléfono no está pinchado, está bien protegido -me había afirmado-. Pero no abuse de ello.»
Dudé, luego metí la mano en el bolsillo y descolgué, algo ansioso.
– ¿Vigo?
Era la voz de Louvel. Aquello bastó para calmar los latidos de mi corazón.
– Sí.
– ¿Ha encontrado algo?
– No, todavía no. ¿Y usted?
– Nada -suspiró-. Absolutamente nada. Lo he verificado varias veces, no encontraré nada aquí. Voy a volver. ¿Nos encontramos en SpHiNx?
– Entendido. Verifico una última vez y me reúno con usted.
– De acuerdo. Ánimo, Vigo. Sea prudente. Hasta luego.
Evidentemente, no estábamos sobre la buena pista. Sin embargo, la reacción del director de comunicaciones del EPAD me había dado la certidumbre de que no nos equivocábamos.
En descargo de conciencia, me puse a acabar mi segunda lectura. Mis ojos empezaban a estar fatigados con la pálida luz de aquella pequeña habitación de la alcaldía, y me preguntaba si la empleada que me había dejado entrar no iba a encontrar que me demoraba demasiado tiempo. Después de algunos minutos de lectura asidua, hice una pausa y me froté la cara, con los nervios extenuados. Habría dado cualquier cosa por fumar un cigarrillo… Pero no era éste, desde luego, el lugar ideal. Buscando otra vez algo de ánimo, me sumergí en las últimas páginas, que concernían al Arco de la Défense. Una a una, las inspeccioné de arriba abajo, y entonces fue cuando noté algo extraño.
Un pequeño detalle. Un pequeñísimo detalle que se me había escapado la primera vez, y que muy bien habría podido ignorar la segunda. Sin embargo, ese detalle tenía su importancia. Y supe enseguida que había encontrado algo.
Faltaba una página en los planos del subsuelo del Gran Arco.
71.
Cuaderno Moleskine, nota n.° 197: ochenta y ocho.
Quizás he sido perezoso. He escudriñado el año 1988, esperando encontrar en él algún eco de mi historia; pero sin duda habría debido buscar más lejos, en los misterios del número.
Me he prestado al juego y no estoy seguro de haber encontrado nada concluyente. ¡Habría tanto que decir!
El 88 es un número intocable. Esto impone, así dicho; pero es simplemente un truco de matemáticos. A grandes rasgos, eso significa que 88 es un entero natural que puede ser expresado como la suma de los divisores propios de cualquier otro entero. Los primeros números intocables son 2, 5, 52 y 88. Esto no me enseña nada. Pero intocable, sí, quiero creer que lo sea.
El 88 es un número palíndromo, que se puede leer en los dos sentidos. Sea. Que mi caso tenga una doble lectura me parece bien como mínimo.
88 es el número atómico del radio, que es un metal alcalinotérreo. 88 es también el número de teclas que tiene un piano, o el número de constelaciones presentes en el cielo según la definición de la Unión Internacional Astronómica. Y Mercurio describe una órbita alrededor del sol en 88 días… Todo esto no me dice gran cosa.
88, en argot inglés, designa la práctica sexual equivalente a nuestro 69. No creo que haya nada que buscar por ese lado…
88, o Eighty Eight, es el nombre de una ciudad americana situada en el estado de Kentucky. Quizá nuestro protocolo ha sido firmado allí.
Más interesante aún, 88 sirve a menudo de señal de reconocimiento para los neonazis. Como la H es la octava letra del alfabeto, el código 88 significa para ellos HH (Heil Hitler). ¿Podría ser que el Protocolo 88 tuviera alguna relación con los fascistas? ¿Por qué no?
Pero una vez más se demuestra que, cuando uno busca correlaciones a cualquier precio, siempre acaba por encontrarlas. Es la ley de los grandes números. Lo que yo veo es que el 8 es, tumbado, el símbolo del infinito. 88 son dos infinitos que se levantan ante mí y me desafían desde lo alto de su eternidad.
72.
– ¿Está usted seguro, Vigo?
– Absolutamente. Falta la tercera página.
Eran casi las seis de la tarde y estábamos de nuevo sentados en torno a la mesa de reunión en el acuario, la jaula de cristal que dominaba el local de SpHiNx. Un nuevo entusiasmo se leía en el rostro de Louvel, casi infantil y un poco ingenuo. Lucie, por su parte, parecía mantener la calma en cualquier circunstancia. Una cosa estaba segura: nuestra investigación avanzaba más rápido, pero eso no disminuía mi estrés, sino más bien al contrario.