– ¡Señor Morrain!
El hombre, vestido con un traje negro, se sobresaltó. Vi que la preocupación se dibujaba en su cara cuando me reconoció.
– ¿Qué quiere ahora?
– Señor Morrain, sé que nos oculta algo. Sabe perfectamente para qué son esos locales.
Él soltó un suspiro; parecía crispado y perturbado a la vez. Casi no había abierto la boca en su despacho, algunas horas antes, mientras que ahora le hablaba en un tono amenazador que me sorprendía a mí mismo.
– No le faltan agallas, después de todo…
– Necesito saberlo, señor Morrain.
Él frunció el ceño. Después se me quedó mirando un momento.
– Usted no es periodista, ¿no es así?
Dudé. Si tenía alguna posibilidad de que ese tipo hablara era jugando la carta de la honestidad, y estaba dispuesto a intentarlo todo.
– No. Como usted, soy una víctima de los atentados. Usted perdió a muchos allegados en la explosión, yo estuve a punto de perder la vida. Y quiero conocer la verdad. Sin embargo, creo que los atentados tienen una relación con los planos que le enseñamos antes. Necesito saber. Sé que usted piensa lo mismo, así que ¿por qué no habla?
Se quedó un momento en silencio, indeciso; después miró hacia atrás, como si quisiera asegurarse de que no nos estaban espiando.
– Esos locales no dependen del EPAD -dijo finalmente él, incómodo.
– Sí, eso ya está claro. Nos lo ha dicho mil veces. Sin embargo, sabemos que están situados en la Défense, bajo el Gran Arco. Así que ¿por qué se niega a decirnos algo más?
Él sacudió la cabeza, después se levantó el cuello de su abrigo, como para ocultar su rostro.
– Sígame.
No pude reprimir una sonrisa. Había tenido razón al ir allí solo. De una manera o de otra, estaba seguro de que aquel tipo estaba pidiendo a gritos liberarse de su secreto.
A paso rápido, me guió a un bar destartalado, en una callejuela perpendicular al gran bulevar en el que estaba el consejo general. Lo seguí al interior, y nos instalamos en una mesa aislada en el fondo del mar.
Encendió un cigarrillo y se frotó la frente; se notaba que se sentía a disgusto. No dejaba de mirar al exterior y fumaba nervioso.
– No sé cómo ha conseguido esos planos, señor; pero yo mismo sólo he podido verlos en una ocasión, hace cinco años, durante unos problemas de inundaciones en los sótanos del Gran Arco.
– Esos planos estaban entre las cosas del tipo que está acusado de haber colocado la bomba -respondí.
La sinceridad se había revelado útil, de manera que no tenía razón para mentir. Le daba confianza.
– Ahora, me gustaría saber a qué corresponden -añadí.
No respondió enseguida, sino que se limitó a escrutar mi mirada mientras se fumaba un cigarrillo. Después lo aplastó con fuerza en el cenicero, con una insistencia que traicionaba un cierto estado de ánimo. ¿Por quién? Todavía no estaba seguro.
– Todo lo que puedo decirle -soltó él finalmente- es que esos locales fueron clasificados como «secreto de defensa nacional» en 1988, antes incluso de la apertura al público del Gran Arco.
– ¿En el 88?
– Sí. No tengo conocimiento de que ningún miembro del EPAD haya recibido la habilitación necesaria para saber cuál era el motivo de ese «secreto de defensa». ¡Nadie ha querido decirme nunca, ni a mí ni a ningún otro responsable del EPAD, lo que había en esos famosos locales! ¿Oficinas de los RG? ¿Del Ministerio de Defensa? ¿Del Interior? ¿La DGSE? No tengo ni la menor idea. Todo lo que sé es que cuando, la semana pasada, llamé al ministerio fiscal de Nanterre para preguntar al procurador si podía haber alguna relación entre esos locales y los atentados, me recibieron especialmente mal.
– ¿Es decir?
– El procurador en persona me ordenó que no evocara nunca más la existencia de ese lugar.
– ¿El procurador? -repetí incrédulo.
– Sí. Creía que se burlaba de mí, pero hablaba muy en serio. Me dijo que esos locales no tenían nada que ver con el atentado y que, si apreciaba mi puesto, no me interesaba traicionar las informaciones clasificadas como secreto de defensa… Incluso añadió que toda revelación concerniente a una información de ese tipo podía castigarse con siete años de prisión y 100.000 euros de multa.
Morrain hablaba rápidamente, y la cólera se notaba cada vez más en su voz. Era una cólera frustrada que estaba a punto de explotar. Como me había imaginado, parecía aliviado de poder al fin hablar.
– ¿Y eso le… molestó?
– ¡Es lo menos que puede decirse! -exclamó él-. He perdido a casi la totalidad de mis colegas en este atentado, personas con las que trabajaba desde hace más de diez años. Mi secretaria… Lo menos que espero hoy es que haya transparencia.
– Pero ¿por qué aceptó, entonces, estar callado?
Se encogió de hombros.
– He sido un estúpido. Me convencí de que este asunto me sobrepasaba y de que el procurador debía de tener buenas razones para no querer admitir la existencia de estos locales…
– ¿Y ahora piensa usted, como yo, que estos locales deben de tener alguna relación con todo lo que ha pasado?
– La reacción del procurador me hizo suponer que era posible. Pero este mediodía, cuando ustedes me han enseñado los planos, estuve seguro. Casi lamento que usted no sea periodista. Me encantaría que se informara a la prensa… Pero no lo puedo hacer yo mismo. El riesgo es muy grande.
Asentí con la cabeza para demostrarle que lo entendía perfectamente.
– Señor Morrain, usted y yo compartimos el mismo deseo: saber la verdad. No cejaré en mi pequeño mientras no sepa quién es el responsable del atentado y cuál, la causa. Le prometo que informaré rápidamente a la prensa; pero por el momento, necesito encontrar ese recinto. Estoy seguro de que allí abajo hay respuestas. Así pues, dígame sólo cómo puedo llegar. No le pediré nada más. ¿Sabe usted dónde está la entrada?
Él arqueó las cejas, sorprendido.
– ¿Está de broma? ¡Jamás podrá entrar ahí abajo! Ni siquiera podrá acceder a la Défense, el sector está cerrado. Ni siquiera yo he podido volver desde los atentados. Y aunque pudiera llegar, le sería imposible entrar en ese sitio. Olvida usted que el nivel de seguridad de un edificio clasificado como secreto de defensa es extremadamente alto. Jamás he visto a nadie entrar ahí dentro. No siquiera sé si hay alguien. Con los atentados, el lugar debe de estar vacío; pero seguro que hay alarmas por todas partes.
– Eso es problema mío. Dígame sólo por dónde entro.
El señor Morrain sacudió la cabeza. Debía de tomarme por un loco.
– Arriesgo mi trabajo al revelarle esto.
– Usted y yo hemos arriesgado mucho más en este atentado.
Él esbozó una tímida sonrisa y se me quedó mirando durante algunos segundos, como si buscara alguna prueba de mi sinceridad. Después se inclinó hacia mí.
– Seguramente habrá varias entradas, pero yo sólo conozco una que está en la estación de metro abandonada, debajo del último sótano de los aparcamientos.
74.
Cuaderno Moleskine, nota n.° 199: extracto de un correo electrónico de Gérard Reynald.
Brotes transcraneanos, estéis conmigo o contra mí, sé que vosotros comprenderéis el sentido de mi gesto. Estéis donde estéis hoy, en su campo o en el mío, compartimos el mismo código de honor, lo hemos aprendido juntos, en cooperación.
Atención. Debéis saber leer entre líneas, Echelon nos escucha. Aquí, ahora, en todas partes, todo el tiempo. Nos persiguen a través de nuestros teléfonos móviles, nuestros teléfonos fijos, nuestras direcciones de IP en Internet, nuestros correos electrónicos, nuestras tarjetas bancarias, el telepeaje, el GPS… Todos los medios son buenos para espiarnos. Han trufado mi reloj de micrófonos. Han colocado una cámara en mi casa. Así que revisad vuestros apartamentos. No confiéis en nadie. Y estad atentos. Siempre.