El negro corpulento se encogió de hombros.
– Es mejor ser precavidos, niños… Normalmente, es difícil forzar una puerta con una cucharilla.
– Espero que no lleguemos a eso -intervino Louvel.
– Otra ventaja de vuestro disfraz -continuó Lucie- es que también podréis llevar guantes y evitaréis dejar vuestras huellas por todas partes.
Mientras hablaba, había puesto sobre la mesa la caja de herramientas para ilustrar su propósito. Ahora entendía mejor lo que los había retenido durante toda la noche. Había preparado minuciosamente aquella famosa expedición.
– Marc ha elaborado una hoja de misión ficticia, un falso documento oficial según el cual se os ha encargado ir a comprobar el último piso del aparcamiento para verificar que la onda expansiva no ha dañado los pilares de apoyo. No aguantará un análisis detallado; pero si un tipo os pregunta qué estáis haciendo allí, debería bastar.
– En mi opinión, debe de haber semejante desastre allá abajo que no debería haber problemas. El nivel de seguridad ha debido de bajar estos días, después del arresto de Reynald.
Louvel había dicho eso sin gran convicción, como si intentara tranquilizarse a sí mismo.
– Tal vez -repuso Lucie-, pero tenemos motivos para pensar que esta misión podría resultar peligrosa, sobre todo una vez estéis en los locales secretos, si conseguís llegar, y, por tanto, hemos decidido que os vamos a enviar allá abajo armados. Por tanto, la segunda dificultad será poder llevar las pistolas. Badji, ¿se las enseñas?
Me fijé en que la joven tuteaba al guardaespaldas, mientras que Louvel lo trataba de usted. Sin embargo, los tres parecían conocerse desde hacía tiempo. Se adivinaba que los unían vínculos invisibles y que compartían una gran complicidad y estima. Eso lo tranquilizaba, porque le transmitía la sensación de estar entre las manos de personas que se conocían bien y que sabían exactamente lo que hacían.
– Tenemos unas GLOCK 26 modificadas. Están hechas de polímero; hemos reemplazado todas las piezas metálicas, lo que las hace, en principio, indetectables, a menos, desde luego, que os sometan a un registro minucioso. Son unas 9 mm parabellum compactas, muy ligeras y fáciles de manejar, con un poco de retroceso. Debería bastar. Tendréis que esconder las municiones en otra parte, porque éstas, al contrario, contienen inevitablemente cobre y plomo.
– Ante todo, espero que no tengamos que utilizarlas -repitió Damien suspirando.
Al parecer, se sentía particularmente incómodo con el giro militar que iba a tomar inevitablemente la misión.
– Os proporcionaremos a todos ordenadores Palm, en los que habremos cargado los planos de la Défense, es decir, los planos de Reynald, que son los únicos que tenemos de los locales que buscamos. Esperemos que sean exactos. Para facilitar la localización, hemos numerado todas las habitaciones. Intentad memorizarlas. Los Palms están equipados con GPS, pero me sorprendería que pudierais usar la guía por satélite bajo tierra. En definitiva, tendréis que arreglároslas con los planos de Reynald.
– Perfecto.
– Otra dificultad, a Sak y a mí nos gustaría permanecer en contacto con vosotros para daros asistencia informática y servir de ayuda en caso de que haya algún problema. Todos estaréis equipados con emisores y receptores HF BLU portátiles, con un sistema de codificación y descodificación y auriculares; pero para estar seguros de permanecer en contacto, dada la profundidad a la que vais a bajar, tendréis que llevar este repetidor móvil.
Señaló un aparato del tamaño de un gran magnetófono que estaba sobre la mesa, con una gran antena flexible encima.
– Yo me encargaré -aseguró Badji, asintiendo con la cabeza-. Utilizaré la primera toma telefónica.
Estaba impresionado por la cantidad y perfección del material del que disponía el grupo SpHiNx… De nuevo, estaban lejos de la imagen de pequeños piratas aficionados que daban en Internet.
– ¿Dónde habéis conseguido todo esto? -pregunté con incredulidad.
– En nuestra asociación seguimos el sistema E. Nos espabilamos… Sak, por ejemplo, trabaja a media jornada en una gran empresa de telecomunicaciones. Hay cosas que se caen de los camiones… Y buena parte de las armas pertenecen a Badji.
– Así es -confirmó el grueso guardaespaldas-. Le agradeceré que no rompa nada -añadió él bromeando.
– Bien, espero que no nos olvidemos de nada -añadió Lucie-. El objetivo de la operación es recuperar la mayor cantidad posible de información en el mínimo de tiempo, prioritariamente sobre el Protocolo 88. Dado que ahora sois cuatro, podréis separaros en dos equipos. Eso os permitirá cubrir más rápidamente el total del lugar. Cuanto menos tiempo permanezcáis allí dentro, menos riesgos correréis. Lo ideal, Damien, sería conseguir entrar en el sistema informático y permitirnos hacer el trabajo a distancia… Si os falta tiempo, podríais intentar entrar en los discos duros del servidor central, a ver si está en la Red.
– Lo haré lo mejor que pueda.
– Perfecto. Marc os dejará en la puerta 7 de la Défense, con la camioneta, a la una y media. Sólo me queda desearle buena suerte. Espero que todo salga bien. No hace falta que os diga que no deberíais usar vuestras armas más que como último recurso.
Nos quedamos un momento en silencio, mirándonos; después todo el mundo se puso en marcha. Stéphane Badji se acercó a Louvel y a mí.
– Bueno, vosotros dos, venid conmigo, voy a explicaros cómo funciona el material que llevaréis.
Lo seguimos a la planta baja, a una esquina del loft donde su colega y él se habían instalado, en medio del desorden reinante. Nos enseñó con detalle el contenido de la caja de herramientas, nos explicó el funcionamiento de nuestras radios, preparó nuestros auriculares.
– Esto funciona un poco como los manos libres de los teléfonos móviles. Hay un pequeño micrófono con un botón sobre el cable, aquí, a la altura de la boca. Hay que apretar el botón para que te oigan.
Después sacó dos pistolas negras de un gran estuche.
– Aquí están las GLOCK 26 -dijo él, a la vez que nos daba a cada uno un arma-. Son pistolas austríacas, de excelente factura, fáciles de manejar incluso para principiantes, con un sistema de seguridad un poco particular…
Pero ya no estaba escuchándole. Tan pronto como cogí el arma con la mano, los gestos vinieron a mi mente como una prueba. Mi memoria inconsciente halló viejos reflejos más allá de mi amnesia retrógrada. Mis dedos se deslizaron sobre la pequeña palanca situada a la izquierda del gatillo, revolotearon por encima de las estrías de la culata, después se apoyaron encima de la presilla que abría el cargador. Constaté que estaba vacío. Con un gesto rápido, miré la culata del cañón y vi que también estaba vacía. De repente, fui consciente de los gestos que estaba haciendo, y no pude reprimir mi turbación. Volví a dejar el arma frente a mí, sobre una mesita, como un niño al que acaban de sorprender haciendo una travesura.
– Veo que está usted familiarizado -susurró Badji, que me miraba sorprendido y admirado a la vez.
Me mordí el labio, confuso.
– Yo… no sé. Sí. Desde luego…
Observé entonces la mirada de Louvel, que estaba a mi lado. No sé quién de nosotros dos tenía más miedo, pero yo me sentía particularmente incómodo. No tenía ni el menor recuerdo de haber llevado un arma -de hecho, me horrorizaban- y, sin embargo, era innegable que tenía que haberlas utilizado mil veces.
Badji continuó con sus demostraciones y, cuando todo estuvo listo, estudiamos juntos los planos de la Défense y de los misterios subterráneos. Sak y Lucie habían marcado en rojo las habitaciones que, según ellos, eran con mayor probabilidad salas informáticas, donde esperaban que pudiéramos encontrar los servidores.