Pasamos la mañana preparándonos, intentando que el nerviosismo no se apoderara de nosotros; posteriormente, un poco después del mediodía, Marc nos informó de que nos teníamos que poner en camino.
Cuando todo el mundo estuvo listo, le pregunté a Louvel si podía ir a estar solo dos minutos en el acuario. Pareció sorprendido, pero me hizo una señal para que subiera, como si hubiera comprendido lo que necesitaba hacer allí arriba.
Subí con rapidez las escaleras metálicas, cerré la puerta de vidrio tras de mí y me fui a sentar a la mesa de reuniones. Solté un largo suspiro, apoyé los codos en el tablero de vidrio y me cogí la cabeza entre las manos. Me quedé así, inmóvil, unos segundos, con el corazón agarrotado; después me decidí, al fin. Descolgué el teléfono que había frente a mí, con la mano temblorosa, y marqué el número del teléfono móvil de Agnès.
La necesidad de oír su voz jamás había sido tan fuerte. Sin duda, me negaba a confesarme que esa expedición me daba miedo; sin embargo, una parte de mí se imaginaba que ésa podía ser la última oportunidad. Nuestra última oportunidad.
No sabía muy bien qué esperaba, ni qué podría decirle. Incluso dudaba de que hubiera algo que salvar en esa relación tan breve como extraña, tal vez había conseguido arreglar las cosas con su marido. Tal vez yo demostraba un egoísmo exacerbado, pero la echaba de menos, la echaba de menos terriblemente.
Dio señal, una vez, dos, tres veces; después alguien descolgó al otro lado de la línea. Los latidos de mi corazón se aceleraron. Pero nada, ninguna voz respondió. Sin embargo, estaba seguro de oír una respiración, ruidos discretos en la lejanía.
– ¿Agnès? -la llamé febrilmente.
Un suspiro. Se cortó de inmediato. Cerré los ojos y dejé caer el auricular sobre la mesa. Me quedé sin moverme, aguantándome de nuevo las lágrimas, que luchaban por derramarse. El nudo de mi garganta era tan fuerte que incluso me dolía. Me habría gustado volver a llamar, insistir, suplicarle que me hablara, preguntarle si estaba bien, simplemente, y decirle después que la echaba de menos, que la necesitaba; pero sabía que eso no serviría de nada. Lentamente, volví a poner el teléfono en su lugar y salí del despacho de vidrio.
Louvel me esperaba al final de la escalera.
76.
Marc nos dejó a los cuatro en el barrio de la torre Kupka. Prefirió no acercarse demasiado a la puerta, en la que se distinguían varias siluetas. Todas las entradas a la Défense estaban vigiladas, y el acceso oficial al lugar sólo se hacía por la puerta 7.
Cuando llegamos frente a la barrera que bloqueaba la entrada, nos pidieron nuestras credenciales. Marc había hecho un buen trabajo: nos dejaron pasar sin problema.
Cruzamos la plaza alta con nuestro traje de obreros, rodeamos el Gran Arco y bajamos hacia la explanada de la Défense los unos detrás de los otros.
Un escalofrío me recorrió la espalda al ver ese espectáculo desolador. Los puestos de atención médica habían sido reemplazados por toda una infraestructura dedicada a los trabajos de desescombro. Se habían instalado varias grúas en torno a lo que había sido en otro tiempo la torre SEAM; camiones llenos de ruinas circulaban lentamente por aquí y por allá; y centenares de obreros, ingenieros y policías se movían en todas direcciones. En la explanada resonaba un inmenso estruendo. Las imágenes del atentado me volvieron enseguida a la memoria como viejos clichés sacados de una película antigua, y después las de mi persecución con los dos tipos de chándales grises… Todas estas escenas me parecían lejanas e irreales; pero la realidad, allí, no se parecía a nada.
Llegamos enseguida ante la entrada de los aparcamientos, en medio de la explanada. Nadie parecía prestarnos atención. No éramos más que unos pequeños peones más en un inmenso e insensato tablero, en medio de un gran baile de obreros, de técnicos… Louvel abría camino. Bajó los escalones delante de nosotros y después nos llevó hasta los ascensores. Allí, el suelo seguía cubierto de una espesa polvareda gris.
Damien apretó el botón.
Un instante después, una voz resonó en el vestíbulo medio cubierto.
– ¿Qué diablos estáis haciendo?
Me volví. Un tipo con uniforme rojo nos miraba desde lo alto de la escalera.
Louvel respondió sin dudar, levantando con despreocupación nuestra falsa hoja de ruta.
– Estamos trabajando. Vamos a revisar los pilares de apoyo. Hay posibilidades de que haya fisuras allí abajo.
El tipo asintió.
– Vale. Eh, bueno, tened valor y vigilad lo que hacéis.
No sabía cuánta razón tenía. Si había algo que Louvel y yo necesitábamos, era valor.
Las puertas plateadas se abrieron frente a nosotros. Entramos en la cabina y bajamos al subsuelo.
Nuestros dos guardaespaldas, Badji y Greg, tenían un rostro severo y duro; parecían estar concentrados y dispuestos a todo. Pero Louvel, por su parte, parecía mucho más nervioso. Me pareció distinguir gotas de sudor que perlaban su frente. No estaba en su elemento. Trabajar sobre el terreno no era su estilo en absoluto, y no podía evitar estarle agradecido. En el fondo, lo hacía por mí. No obstante, podía adivinar que yo tampoco debía de parecer particularmente tranquilo.
Las dos puertas metálicas se abrieron por fin en el inmenso aparcamiento. No había ni un solo coche en el interior. Sin duda, habían sido completamente evacuadas. Los largos neones macilentos proyectaban grandes sombras regulares tras los pilares de hormigón. Se oía el chirrido de las bombillas, el ronroneo de un inmenso ventilador, y se adivinaba a lo lejos la algarabía de las obras. Pero allí, nada se movía. Todo estaba muerto y desierto.
Salimos del ascensor. Louvel, de nuevo, salió el primero. Sacó la Palm de su bolsillo y comprobó la situación del emplazamiento secreto que me había confiado el señor Morrain. Según él, el acceso que buscábamos se encontraba tras la plaza N65. Cruzamos una a una las grandes hileras vacías, y enseguida vi tras el número indicado una gran puerta blindada. Badji le hizo enseguida un gesto a Louvel para señalarle la presencia de una cámara de vigilancia, justo encima.
– No se paren. Vamos un poco más allá -murmuró Damien sin girarse.
Cuando estuvimos fuera del alcance de la cámara, Louvel dejó su caja de herramientas en el suelo.
– Primera dificultad -masculló.
– No tenemos opción -replicó Badji.
– Tendremos que encontrar la terminal EDF -sugirió el hacker.
El negro corpulento sacudió la cabeza.
– No. Cortar la corriente no serviría de nada, el sistema de seguridad debe de tener alguna fuente auxiliar. Hay que destruir la cámara.
A Louvel casi se le salieron los ojos de sus órbitas.
– ¿Bromea usted, Louvel?
– En absoluto. No tenemos acceso alguno a su sistema de seguridad, Damien. Es decir, que o la destruimos, o permitimos que nos vean. Es posible que no haya nadie desde los atentados, porque es bastante probable que estos locales hayan quedado desiertos…
– Tal vez, pero no sirve de nada correr riesgos.
– En el peor de los casos, su primera hipótesis será que ha habido una avería. Enviarán a alguien a que lo compruebe. Siempre será mejor que dejarles que hagan saltar las alarmas.
– Y si cortamos la luz del aparcamiento, no nos podrán ver, ¿no?
– No podemos cortar completamente la luz, Damien. Las lámparas de las salidas de emergencia también están conectadas a una fuente auxiliar. Y, de todas maneras, si queremos abrir esta puerta, no podemos hacerlo a oscuras.
Louvel asintió.
– Está bien. Usted es el profesional, Badji. Adelante.
Badji sacó la GLOCK 26 de su bolsillo, después se adelantó para examinar la cámara. Con el brazo extendido y mano segura, disparó. El ruido del disparo resonó por todo el aparcamiento. Trozos de cristal y de plástico volaron alrededor de la cámara.