Había dos puertas frente a nosotros. Según el plano de Reynald, la primera, que estaba a la izquierda, llevaba a los lavabos; la otra, hacia un largo pasillo. Pegados a la pared, nos dirigimos a la segunda. Badji, que tenía alguna experiencia en la materia, me hizo gestos con la mano, como habría hecho un militar. Y yo los comprendí. Me deslicé a la derecha de la puerta. Tras un mínimo tiempo de espera, él la abrió y, con un gesto rápido, crucé el umbral empuñando la pistola delante de mí. Di tres pasos en el interior del pasillo y me agaché. Badji me sobrepasó furtivamente y me indicó con un gesto de cabeza la cámara de vigilancia que estaba al final del pasillo. Yo asentí. Me señaló la primera puerta a nuestra derecha, y volvimos a empezar la operación. Parar, abrir, cubrir, entrar. Avanzábamos a ritmo rápido y regular.
En el interior, había una sola mesa en esa ocasión, más lujosa que las de la entrada. Los muebles eran de madera, las paredes estaban forradas con tablas, y había un gran sillón de cuero negro frente a la mesa. Me precipité al ordenador, pero constaté rápidamente que también estaba protegido con una contraseña. Eché varias ojeadas a las carpetas apiladas al lado del teclado. Los títulos no evocaban nada preciso; en todo caso, nada sobre el Protocolo 88. Intenté abrir los cajones, los armarios. Todo estaba cerrado. Era inútil seguir perdiendo el tiempo allí. Me disponía a salir cuando, de repente, saltó una alarma. Me sobresalté. Una luz roja se puso a parpadear en el pasillo, al ritmo de una sirena electrónica.
– Mierda -soltó Badji.
Cogió el talkie de su cintura.
– Lucie, aquí Stéphane. Queda alguien en el interior, o bien su sistema de vigilancia está controlado desde el exterior. Han dado la alarma. No podemos quedarnos. Cambio.
– ¿Habéis encontrado algo?
– ¡No hemos tenido tiempo! -replicó el guardaespaldas-. Cambio.
– ¿Y tú, Damien?
Un silencio. Un crujido. Después la voz de Louvel.
– Aquí tampoco nada. Ninguna sala de informática.
– ¡Necesitamos al menos un disco duro, algo! Badji y Vigo, id a la sala 8, al final del pasillo de la izquierda. Es la más grande, y hay instrumentos informáticos. Tal vez sea lo que estamos buscando. ¡Daos prisa!
Badji y yo sabíamos perfectamente de qué sala hablaba. Era, en efecto, una de las dos que habíamos clasificado como un lugar susceptible de albergar los servidores.
– Vale. Nosotros nos encargamos -espetó el guardaespaldas-, Grez y Damien, esperadnos en la entrada. Cubrid las escaleras hasta que volvamos. Corto.
Me reuní con Badji en el pasillo.
– Go, go, go! -gritó él, a la vez que me hacía una señal con la cabeza-. Caminamos rápidamente en la penumbra, pasando sucesivamente uno delante del otro. La señal aguda de la alarma acentuaba el sentimiento de urgencia. La sangre golpeaba mi corazón y mi cabeza, regular como los segundos de una cuenta atrás imaginaria. Alguien, en alguna parte, observaba nuestros movimientos en las cámaras de vigilancia.
Badji llegó al final del pasillo. La última puerta estaba blindada. Al otro lado, se oía el rumor grave de un climatizador y de múltiples ventiladores. Sin duda alguna, ésa era una «sala blanca». Stéphane presionó hacia abajo el manillar de la puerta. Cerrada. Los segundos pasaban, y nos acercaban desgraciadamente a la probable intervención de agentes de seguridad. No era momento para andarse con precauciones. Badji dio una violenta patada en la puerta. Ésta se resistió.
Sin esperar, sacó un trozo de Semtex, lo pegó a la cerradura y hundió un pequeño detonador electrónico. Me refugié un poco más lejos. La explosión rompió el paño de metal en medio de un montón de chispas, y la puerta se abrió lentamente.
Badji se precipitó al interior, agachado. Yo lo seguí. Estábamos en lo cierto. El suelo estaba ligeramente levantado y albergaba un mar de cables, que se adivinaban a través de las baldosas caladas. Una fuerte luz hospitalaria inundaba toda la habitación. Tres filas de armarios informáticos dividían aquel espacio climatizado. Decenas de servidores, routers y otras unidades informáticas parpadeaban en todos los estantes. Badji dio una vuelta por la sala a paso rápido, inspeccionando uno a unos los altos muebles.
– ¡Lucie, aquí Stéphane! ¡Estamos en la sala de informática! ¿Qué cojo? Cambio.
– Tendríais que encontrar el soporte en el que hacen sus copias externas. Mira si ves grandes lectores, tal vez exporten a cintas.
Badji dio de nuevo una vuelta.
– No, no veo nada.
– Está bien. ¿Qué ves exactamente?
– ¡No sé! ¡Muchas cosas! Montones de ordenadores. Allí, delante de mí, hay dos grandes cacharros, creo que son dos servidores; en ellos, está escrito: «Raid 5», en una pequeña etiqueta. ¡Pero no nos podemos llevar todo esto! Cambio.
Me puse yo también a rodear todos los muebles. Intenté memorizar todo lo que veía.
– Tal vez haya un servidor de seguridad en alguna parte. Estará probablemente un poco apartado. ¿Te has fijado en algún equipo que quede un poco aislado en alguna parte?
– No, la verdad es que no. Tal vez, pero es difícil de decir. Los hay por todas partes. ¡Cambio!
Badji se expresaba cada vez con más nerviosismo.
– Está bien, pero cálmate. Mira a ver si ves algún aparato en el que esté escrito encima «rsync».
Estaba seguro de haber visto esa inscripción en una etiqueta. Volví sobre mis pasos.
– ¡Badji! ¡Aquí! -grité.
Él vino rápidamente a donde estaba yo.
– ¡Bien! Lucie, ya está, veo dos máquinas, planas, con la palabra «rsync» escrita encima. ¡Cambio!
– Genial, cogedlas. ¡Cogedlas y largaos de ahí!
– Afirmativo. Corto.
Badji soltó el cable de su radio y arrancó el primer aparato con gesto brusco. Los cables de la parte trasera se desenchufaron de un golpe. Sacó una mochila de la caja de herramientas y metió el disco en su interior.
En ese mismo momento, la voz de Louvel chirrió en nuestros oídos.
– ¡Stéphane! ¡Mierda! ¡Se nos echan encima!
Se oyó un disparo, después la comunicación se cortó. Apreté el comunicador de mi cuello y le respondí:
– ¡Ya vamos!
Lancé una mirada interrogativa al guardaespaldas. Silencio. Estallidos. Después la voz de Louvel, llena de horror.
– ¡Se han cargado a Greg! ¡Mierda! Me es imposible salir. ¡Sala 15!
Un nuevo disparo, y después otro más. Vi a Badji arrancar el segundo disco duro, y sin esperar ni un segundo más, me precipité por el pasillo. Las palabras de Louvel resonaban en mi cabeza: «Se han cargado a Greg».
Corrí hacia la sala de espera. Rápidamente oí los pasos de Badji detrás de mí, y un nuevo disparo, en la lejanía. Me precipité hacia la entrada, directamente hacia la puerta por la que Louvel y Greg se habían ido.
– ¡Espere! -exclamó el guardaespaldas detrás de mí.
Me volví. Me puso una mano sobre el hombro y me miró con preocupación.
– Avancemos con prudencia. No vale la pena que nos maten a todos.
Asentí, casi sin aliento. Dejó la caja de herramientas en el suelo, se ajustó la mochila en la que llevaba los dos discos a la espalda, y puso a punto su pistola, con un brillo en su mirada. Pasó delante de mí, atento, cubrió la abertura de la puerta y me hizo una señal para que avanzara. Me deslicé al otro lado. No necesitaba mirar el plano. Lo tenía en la memoria. Nos separaban tres habitaciones de la sala 15. Con un gesto de cabeza, le indiqué a Badji que la vía estaba libre. Avanzamos juntos, protegiéndonos el uno al otro. En la segunda habitación, tampoco había nadie. Las paredes se iluminaban de rojo intermitentemente, al ritmo de la alarma. Cruzamos con prudencia entre las mesas y entramos en la sala siguiente. Tampoco había nadie. Los tipos que habían matado a Greg estaban probablemente en la 14, entre Louvel y nosotros. Le impedían huir.