Apreté el botón de mi radio.
– Damien -susurré-, ¿dónde están?
No hubo respuesta. Se me heló la sangre. Dejé escapar un profundo suspiro. Había que mantener la calma. Tal vez Louvel había apagado su receptor para pasar inadvertido. Levanté la cabeza hacia Badji, que me dio a entender que iba a pasar por la derecha. Dos puertas daban a la sala 14. Asentí y lo vi alejarse. Cuando estuvo en posición, me adelanté hasta la otra puerta y me pegué al muro, agachado.
El guardaespaldas levantó la mano para empezar una cuenta atrás. Uno a uno, fue bajando los dedos. Cuatro, tres, dos…
De un solo golpe, abrí la puerta que tenía delante de mí y me deslicé en la habitación. Badji, a su vez, hizo lo mismo. Nos recibió una salva de balazos. Las balas golpearon contra las paredes y armarios. Localicé dos puntos de origen distinto: un tipo cerca de la puerta que daba a la sala 15, donde probablemente estaba Louvel arrinconado, y otro en medio de la habitación, agazapado tras un gran pilar de hormigón. Me dejé caer tras un mueble bajo de metal e intenté recobrar el aliento.
La gran habitación mostraba los estigmas de la batalla que debía de haber librado Greg. Había un cartel del revés, unas sillas tiradas por el suelo y varios paneles de cristal rotos contra la pared.
En el centro de la sala había un sillón de cuero y metal, colocado sobre una gran base oscilante, como la silla del dentista. Encima, al final de un brazo articulado, había un extraño aparato que se parecía vagamente a un casco futurista… El decorado parecía sacado directamente de una película de ciencia ficción.
De repente, vi a Badji levantarse y disparar tres veces, cuatro y cinco… ¡Iba a vaciar su cargador! Lo comprendí de inmediato: me cubría para que yo intentara avanzar. Sin perder tiempo, me tiré al suelo y me puse a reptar hacia la izquierda. Cuando Badji hubo disparado su última bala, estaba a cubierto tras una mesa.
El guardaespaldas desapareció de nuevo por la puerta por la que había entrado, como si tuviera intención de replegarse. Me quedé inmóvil, atento al menor movimiento; pero los tipos no se movieron. Sin duda, habían adivinado nuestras intenciones. Mi pecho se elevaba rápidamente. No podía dejar que me dominara el pánico. No debía hacer ruido.
De repente, el brazo de Stéphane reapareció detrás de la pared y vació un nuevo cargador a un ritmo continuo. Cubierto por las balas, volví a reptar a lo largo de la pared izquierda, con la esperanza de coger a nuestros enemigos por la retaguardia.
Pero cuando me quedé quieto, hecho un ovillo al pie de un armario, oí un grito de dolor, y después un gruñido ronco.
El corazón me dio un vuelco. Sentí un aturdimiento pasajero, y de nuevo ese dolor en la frente.
Me levanté ligeramente. ¿Podía ser ése Badji?
No. Era el tipo que estaba detrás del pilar. El imprudente había intentado salir, y lo había alcanzado una bala en pleno pecho. Arrodillado, con una mano en el corazón, lo vi agonizar lentamente. Después se derrumbó sobre el suelo con un último suspiro desgarrado.
Volví a sentarme lentamente. La cabeza me daba vueltas. Mi visión empezó a turbarse. Las sombras que estaban delante de mí se desdoblaron durante un segundo, como la imagen imprecisa de una cámara hasta que se enfoca. Cerré los ojos y sentí que la rabia se apoderaba de mí. No podía dejar que me asaltara una crisis en ese momento crucial. Noté que mi pulso se aceleraba y que la migraña se colaba lentamente por los conductos de mi cerebro. Sacudí la cabeza. «Ahora no.»
Levanté los ojos a la vez que intentaba controlar la respiración. «Céntrate.» Badji había desparecido de nuevo. Debía de estar recargando su arma. ¿Cuánta munición habría cogido? Deseé que tuviera bastante para que pudiéramos salir de allí. De repente, unos susurros se alzaron en la oscuridad. En principio, creí que venían de mi auricular, pero no. Los reconocí sin dificultad. El murmullo de las sombras. Las voces de mi esquizofrenia, u otra cosa. «Ya no sé nada.» El síndrome de Copérnico. «No soy esquizofrénico.»
En ese instante, vi que una sombra cerca de la puerta empezaba a moverse: el segundo hombre. «Ahora.» Encorvado, se dirigía en dirección contraria. A la vez que luchaba contra el aturdimiento, me levanté un poco para analizar la habitación. «Coger a ese maldito por sorpresa.» ¿Mis pensamientos? No, eran los suyos. Esperaba poder ponerse a cubierto y encontrar una abertura para pillar a Badji la próxima vez que disparara.
Tragué saliva. ¿Lo habría visto el guardaespaldas? Probablemente, no; debía de estar ocupado poniendo nuevos cartuchos en su arma. No podía permitir que el tipo tomara posición. «Domínate.» Sin dudar, me levanté y empecé a avanzar prudentemente hacia el enemigo. Adivinaba su sombra, frente a mí, su espalda, un objetivo perfecto. Con las manos temblorosas, levanté lentamente la GLOCK 26. «Domínate.» Di algunos pasos más. Me enganché el pie en una silla. Se oyó un ruido metálico cuando el respaldo de ésta golpeó contra una mesa.
El tipo se volvió y me vio.
El tiempo pareció detenerse. Tal vez se paró de verdad. 88.88. Los segundos se descompusieron como los pétalos de una rosa muerta. Cada uno de ellos era la imagen congelada de una muerte anunciada. Vi mis brazos extendidos frente a mí, el cañón de la pistola apuntando al enemigo, inmóvil.
Sus ojos se toparon con los míos. Lentamente, vi, mil veces repetida, la imagen de su arma que se elevaba hacia mí. Entonces, habría bastado que apretara el gatillo. «Aprieta el gatillo.» Una simple presión con el dedo. Y estaría salvado. Pero algo me impidió hacerlo. Eso. «El síndrome de Copérnico.» El otro. Él. Sus pensamientos. Volaban hacia mí como una nube de insectos. Sentí el pánico en su cabeza, la congoja de su corazón, su miedo a morir se volvió mío. Su yo se hizo mi yo. Y me convertí en mi propio enemigo. Matarlo habría sido como matarme a mí mismo.
«Disparar al espejo.»
«Tú eres yo.»
«Matarme a mí mismo.»
Fui incapaz de apretar el gatillo.
Y, un instante después, fue demasiado tarde.
La detonación desgarró el aire. Un resplandor blanco iluminó la habitación. Y después llegó el dolor insoportable. La oscuridad. Sentí cómo la bala entraba en medio del pecho, dirigiéndose al corazón, y desgarraba la carne y los músculos. Y entonces llegó el grito de dolor. El último grito. La negrura de la muerte se empezó a acercar. Uno a uno, los centímetros que separan la vida de la muerte se hicieron milímetros. Después llegó el impacto, la muerte repentina e inmediata.
Con los ojos abiertos como platos, lo vi derrumbarse frente a mí.
Mi corazón, como el tiempo, se había detenido. El mundo ya no daba vueltas. Los susurros se habían callado. Todo estaba en calma y en silencio. Sólo quedaba la imagen de Badji, en el umbral de la puerta, a pocos pasos de allí, con los brazos extendidos y los ojos abiertos de par en par.
Poco a poco, los latidos de mi corazón volvieron como un ruido sordo a todo mi ser. Me pasé la mano por el pecho, como para asegurarme de que no era yo el que estaba muerto. Miré a Badji y después al cadáver que estaba frente a mí, y a Badji otra vez. Noté un sabor salado en mis labios. Se había derramado una lágrima.
– ¿Todo va bien, Vigo?
El guardaespaldas vino a mi lado. Necesité algo de tiempo para comprender su pregunta.
– No.
– ¿Está herido? ¿Qué le pasa?
«Si tan sólo pudiera estar seguro.»
– Yo… no he podido disparar.
Le dirigí una mirada vacía, extinta.
– No podré hacerlo nunca -balbuceé, y noté que la pistola se deslizaba de mi mano, entre mis dedos, y que se caía al suelo.
Badji se pasó una mano por detrás de la nuca.
– Está usted en estado de choque. No es nada. Venga, tenemos que ir a buscar a Damien.
No me moví. Estaba paralizado. El día del atentado me volvió a la memoria: el momento preciso de la explosión. Todas esas voces que se habían extinguido, las había oído y sentido. Había vivido mil muertes. Reconocía ese dolor en mi interior. A menos que todo eso no fuera más que una mentira. Una locura más. Mi locura.