Algunos metros más lejos, Badji se levantó.
– ¿Cómo te las has arreglado para entrar?
– Les he enseñado un albarán y les he dicho que tenía material para entregar abajo. No parecían estar muy informados. Al parecer, no han saltado las alarmas…
– Sí que han saltado. Lo que pasa es que esos tipos no se habrán enterado -corrigió Badji-. Son obreros, no policías. Hemos tenido suerte.
– Lo principal, Badji, es que habéis salido bien parados. Los obstáculos eran lo de menos.
El corpulento negro agarró calurosamente el hombro del conductor.
– Gracias, Marc. Muchas gracias.
Después se volvió y se agachó junto a Louvel.
– Ha vuelto en sí -dijo él sonriendo-. ¿Qué tal, Damien?
El hacker inclinó ligeramente la cabeza.
– Hay un botiquín de primeros auxilios bajo el asiento del pasajero -precisó Marc sin volverse.
Badji me indicó con la mirada que lo cogiera. Me levanté con dificultad, agotado. Miré bajo el sillón donde encontré una cajita blanca, y se la di al guardaespaldas. Después me derrumbé de nuevo contra la pared de la camioneta y, un instante después, vi a Badji curar a su amigo.
Los sonidos y los colores parecieron mezclarse lentamente en una neblina. El ruido del motor y las palabras de Stéphane se ahogaron, y parecían cada vez más lejanos. Perdí la noción del tiempo, y el mundo empezó a parecer un sueño.
77.
– Vigo, quería decirle… Se ha manejado muy bien antes. Damien hizo bien al aceptar que viniera con nosotros. No lo habríamos conseguido sin usted.
Las palabras de Badji me sacaron de mi aturdimiento. Fuera, el paisaje seguía desfilando ante mis ojos, indistinguible, a través de las ventanas de la camioneta.
Era la primera vez que el guardaespaldas me hablaba así.
Su voz era distinta. Había en ella una cercanía y una complicidad que me sorprendieron. Hasta ese instante, sólo había conocido la cara estricta de un guardaespaldas concienzudo. Pero esa nueva mirada parecía dejar a la vista, por fin, al verdadero Badji, aquel que Louvel me había descrito en términos tan amistosos.
– Yo… no sé -balbuceé-. Su amigo… Greg…
Él asintió. Vi que sus manos se agarrotaban durante un instante.
– Conocía los riesgos a los que nos exponíamos al llegar aquí… Nuestro trabajo nos expone a este tipo de peligros. Desgraciadamente.
No estaba seguro de que eso hiciera la muerte de su amigo menos horrible. A mí mismo, me costaba admitirla. ¡Me sentía terriblemente responsable! Y veía claramente que Badji, en el fondo, estaba destrozado. Al hablarme así, intentaba, sin duda, consolarse a sí mismo.
– Por otro lado, tengo la impresión de que usted sabe algo -añadió él.
– ¿Qué quiere usted decir?
– Vamos, le he visto actuar, Vigo. Usted ha recibido una formación de alto nivel.
Me encogí de hombros.
– No lo recuerdo. Tengo amnesia, Stéphane. Todo eso está rodeado de oscuridad. Y le confieso que hoy no me he reconocido.
– La idea de haber sido en algún momento militar le molesta, ¿es eso?
Hice una mueca incómoda.
– Bueno, si le tengo que ser sincero, sí… Me cuesta aceptarlo. No se corresponde con el hombre que soy hoy, o, al menos, con el hombre que tengo impresión de ser, en todo caso.
– Comprendo.
Las imágenes del tiroteo en los sótanos de la Défense me volvieron a la memoria y me provocaron escalofríos.
– El hombre que soy hoy es incapaz de matar -dije en voz baja, como para mí mismo.
El guardaespaldas asintió.
– Eso lo he visto. Eso es muy honorable por su parte, Vigo.
– Tal vez. Pero si no hubiera disparado usted en mi lugar, no estaría aquí hablando con usted…
– Mi trabajo consiste en impedir que personas como usted mueran a manos de personas como ellos. Si todo el mundo fuera como usted, y si nadie fuera como ellos, este trabajo sería menos… penoso.
Me quedé mirándolo. Tal vez él no se hubiera dado cuenta, pero lo que acababa de decir llegaba al corazón mismo de mi profunda preocupación, y era la razón de un desasosiego que, sin duda, no podría desaparecer jamás completamente. En el estado actual de las cosas, en el estadio presente de nuestra evolución, todavía no tenemos, según mi opinión, una respuesta a la violencia filosóficamente aceptable.
Badji era una paradoja, la mayor paradoja de nuestra sociedad, de nuestra humanidad. Sin duda, él me había salvado la vida; pero, para hacerlo, había debido acabar con otra. En un mundo ideal, en el que nadie matara a nadie, hombres como él no tendrían ninguna razón de ser. Pero en este mundo, había momentos en los que el pacifismo al que yo aspiraba no tenía nada que hacer contra la pistola de un enemigo. Y esta paradoja me volvía loco, porque estaba seguro de que estaba en la base de mi angustia escatológica.
«De repente, tengo la sensación de que estamos en proceso de extinción. Porque así es el Homo sapiens: un destructor, superdepredador del mundo y de sí mismo.»
– ¡Mierda!
Me sobresalté. Entonces vi al guardaespaldas mirando perplejo la pantalla de su teléfono móvil. Se lo enseñó a Louvel, que todavía estaba tumbado en el centro de la camioneta, pero que había recuperado el color. Éste le hizo una señal para indicarle que lo había visto.
– ¡Marc! ¡Cambio de plan! -gritó Badji-. ¡Vamos a las cuadras!
– ¿Qué pasa? -pregunté inquieto.
Él me dio su teléfono móvil. Leí el mensaje de texto que Lucie acababa de enviarnos.
«La poli está aquí. Registro por orden del juez de instrucción. Nos vemos en las cuadras.»
78.
En cuanto hubo empezado el registro, Lucie envió a Sak a su casa. Nos esperaba sola en aquel extraño lugar de la Porte de Bagnolet. Los hackers habían bautizado a su escondite secreto como «las cuadras» porque había sido utilizado, hasta el siglo XIX, para albergar a los caballos del propietario del edificio. Era un gran espacio abovedado, hecho de piedra, situado al fondo de un patio desvencijado, y cuya disposición recordaba su primera vocación. Una fila de establos había sido transformada en despachos, y el centro del recinto, cuyo suelo estaba hundido para permitir la evacuación de agua, servía ahora como sala de reuniones.
En la camioneta, Louvel me había explicado que SpHiNx, en sus inicios, había utilizado ese local durante al menos dos años, antes de instalarse definitivamente en el distrito XX. Anónimas, subarrendadas a un «amigo», esas oficinas improvisadas no figuraban en el catastro como locales habitables y, según Lucie, en principio la policía y las fuerzas del orden ignoraban su existencia. Era el escondite ideal.
Marc nos había dejado delante del edificio y se había ido a esconder la camioneta en un lugar seguro. También había recibido las instrucciones de volver a su casa y esperar nuestra llamada antes de volver a aparecer.
Cuando bajamos al camino pavimentado que llevaba al patio de las cuadras, Lucie se precipitó hacia Damien con los ojos abiertos de par en par.
– ¡Damien! ¿Estás bien?
Ella, que siempre había dado muestras de una calma estoica, no conseguía ocultar su inquietud en esa ocasión; pero el hacker la tranquilizó.
– Sí, sí, no es nada grave… Todo irá bien.
Llevamos a Damien hasta un gran sofá, que estaba en una esquina del inmenso local que se había acondicionado como un pequeño salón, y se sentó lanzando un gruñido. Apoyó los pies sobre una mesa baja que estaba frente a él y se derrumbó contra el respaldo, estremeciéndose.
Nos sentamos en torno a él. Se instaló un silencio que me pareció durar una eternidad. Todos estábamos exhaustos, y había algo tranquilizador en la frescura de aquel recinto de piedra. Louvel y yo estábamos todavía en estado de choque. Badji había caído de nuevo en su mutismo profesional, probablemente pensaba en su colega; tal vez se estaba dando cuenta sólo ahora de que aquél estaba verdaderamente muerto. En cuanto a Lucie, debía de pensar, y con razón, que necesitábamos ese momento de calma para bajar del limbo en el que estábamos.