Me di cuenta, entonces, de que la angustia sorda que no me había abandonado desde la Défense estaba, por fin, a punto de desaparecer, poco a poco. Estaba bien poder hablar así con la joven. ¡En esas conversaciones había una cierta ligereza, una desenvoltura que necesitaba mucho!
Miré las cuadras. Me dije que había un desfase, casi divertido, entre la seriedad de un grupo como SpHiNx y la juventud de Lucie, o la dulce locura de Louvel.
– Lucie -dije finalmente-, ¿por qué hace todo esto? Quiero decir… SpHiNx… ¿Cuál es su motivación?
Ella se encogió de hombros.
– Como usted, como Damien… Por amor a la verdad.
Empecé a hacer muecas.
– ¡Venga! ¿Eso es todo?
A su vez, ella pareció asombrada por mi pregunta, casi molesta.
– Ya sabe… Todos tenemos pequeñas razones. Damien, Sak, Marc, yo… Todos tenemos nuestras propias motivaciones. Y yo siempre me he sentido muy comprometida… Louvel se ríe de mí y me trata como una adolescente revolucionaria, y no está del todo equivocado.
– Pasarse el tiempo buscando la verdad en el mundo es un buen medio para no buscarla sobre uno mismo, ¿no?
Ella sacudió la cabeza.
– ¿Ahora hace psicología de salón? Pero sí, tiene razón, debe de haber un poco de eso. Un poco.
Sentí entonces que se negaría a decir nada más. Volví a pensar en mis angustias sobre la incomunicación: la imposibilidad crónica de decirse todo, de compartirlo todo… En el fondo, tal vez eso podría estar bien. Dejaba algo de sitio al misterio, a lo inesperado. Cada uno tenía derecho a su jardín secreto. El mío estaba en barbecho.
– Debería usted descansar -dijo finalmente la joven, a la vez que se levantaba-. Hay una cama ahí detrás, e incluso un pequeño cuarto de baño. Es un poco asqueroso, pero es lo que hay… Yo voy a ponerme a trabajar de inmediato.
Asentí con la cabeza. Efectivamente, necesitaba reposo, y, de todas maneras, no podría serle de gran ayuda. La vi instalarse en uno de los despachos, después fui a acomodarme en la pequeña habitación que me había indicado.
Era un trastero, húmedo, oscuro, lleno de viejos muebles, de lámparas rotas, de libros, cajas de cartón… Pasé la hora siguiente intentando conciliar el sueño en vano en la oscuridad total de aquella cava abandonada. Estaba todavía demasiado nervioso como para conseguir cerrar los ojos. En cuanto mis párpados bajaban, volvía a ver la misma imagen: el arma de aquel hombre apuntándome, y mis dedos, incapaces de apretar el gatillo. Y después, tenía esa sensación de muerte compartida, esa defunción por empatia. Un espejo que se rompe. Eso también era indecible, incomunicable. Y, sin embargo, era yo. Yo me había vuelto aquel hombre.
Cuando entendí que no servía de nada intentar dormir, dejé que mi mano hurgara en mi bolsillo, y saqué el teléfono móvil que me había dejado Louvel. Me puse a mirar indeciso la pequeña pantalla. ¿Serviría de algo probar suerte otra vez? ¿No podía olvidarme sin más? ¿Por qué iba a responderme ahora? ¿Y con qué derecho debería molestarla? Ella me había pedido que no la llamara.
Con una lentitud exagerada, como por automatismo, mis dedos, sin embargo, fueron apretando las teclas. Uno a uno, marqué los números del teléfono de Agnès. Después, mi pulgar se levantó y se quedó inmóvil sobre el botón de llamada. ¿Qué le iba a decir si, al final, me respondía? Todas las palabras que se me ocurrían me parecían ridiculas. Mi testarudez al querer agarrar una mano que no me ofrecían rayaba en lo grotesco.
Solté un suspiro y dejé caer el teléfono sobre el viejo colchón. Cerré los ojos, pero algunas lágrimas rebeldes se abrieron camino a través de mis pestañas. Se derramaron por mis mejillas hasta mi cuello, se derramaron por Greg, por Agnès, por el niño que había debido ser y del que no conocía nada, aparte de su dolor y soledad. Cuando la última lágrima se hubo secado sobre mis pómulos cansados, por fin, me dormí.
79.
Cuaderno Moleskine, nota n.° 211: segundo extracto de un correo electrónico de Gérard Reynald.
Brotes transcraneanos, estoy seguro de que empezáis a entender la extensión de mi plan, su sentido secreto, sus motivos, su finalidad, su pertinencia; pero os preguntáis, tal vez, por qué no incluye el asesinato puro y simple del comandante L. El padre de nuestros padres, el pérfido mentor.
Creedme, lo he pensado. A menudo. Mil veces me he visto disparar esa última bala, con su nombre escrito encima, apoderarme de la vida de este hombre a modo de reparación. Después de todo, se lo debemos.
Pero no acabo de decidirme.
Porque sí, a pesar de todo lo que haya podido hacernos, a pesar de la manera y el ensañamiento, con los años, he acabado por compadecerme del comandante L. Creedme, soy el primer sorprendido. Jamás me habría imaginado poder sentir algún día por este hombre algo diferente al puro odio. Pero, en cierto modo, creo que es lo peor que le puedo hacer: sentir piedad por él.
No sabíamos gran cosa de él en la época: era un militar, secreto, duro, un puro producto de la Gran Muda. Pero, poco a poco, mis investigaciones me han revelado muchas más cosas de las que me habría gustado saber.
El día que descubrí su identidad real, pude escudriñar su pasado, reconstruir uno a uno los fragmentos del rompecabezas. Y creo poder decir hoy que sé, en parte, lo que hizo de él la basura que conocemos.
Hay dos acontecimientos en la historia de este hombre que pueden explicarlo. El primero se remonta al fin de los años cincuenta.
El comandante L. forma parte de esta generación de soldados que enviaron a Argelia para intentar sofocar su revolución, su sueño de independencia. Esos hombres jóvenes a quienes se les hacía creer que se iban a defender a Francia, los valores de la República, lo de siempre. Sobre el terreno, descubrieron la realidad. Por un lado, la violencia de la resistencia, las gargantas cercenadas, los cojones por corbata; por el otro, la verdad del pueblo argelino. Ese país colonizado, desgarrado, sometido a la autoridad de un gobernador general y que comprendía dos categorías de ciudadanos desiguales: los franceses y los musulmanes, desprovistos de derechos políticos. Y además, a la violencia se respondió con violencia. La locura, la tortura, las ejecuciones sumariales, las masacres. El engranaje. Se contaron 25.000 muertos en el bando francés, y en el argelino, entre 450.000 y más de un millón según las fuentes. Ocho mil pueblos incendiados, un millón de hectáreas de bosque se quemaron, y 2 millones de musulmanes fueron deportados a campos de reagrupación. Entonces, hubo algunos jóvenes soldados franceses que se ofuscaron por esa terrible realidad, y también hubo quien, como el comandante L., en lugar de admitir que habían sido manipulados, prefirieron seguir creyendo, adherirse ciegamente a esta guerra, como buenos soldados. Prefirieron ocultarse manchándose las manos de sangre, matar en nombre de Francia y librarse, tras la excusa de cumplir órdenes, a las más terribles crueldades. Nadie que no estuviera allí sabe lo que vieron, lo que hicieron. Pero muchos, como él, han vuelto desquiciados. Nunca se insistirá bastante en el daño que las colonizaciones han hecho, tanto a unos como a otros: a los que fueron explotados durante más de un siglo, a quienes se les pedía que renunciaran a su cultura, a su religión y a su lengua a cambio de una nacionalidad francesa de segunda, y a los que han sido los peones de una descolonización tan mal conducida. El ansia imperialista de Francia ha destrozado un país, generaciones de argelinos y una generación de soldados franceses, entre los que estaba el comandante L.
Volvió roto, como todo hombre que se ha visto obligado a mentirse a sí mismo para aceptar convertirse en monstruo. No pretendo disculparlo. Ese tipo es una basura cínica y cruel. No lo perdonaré nunca, pero intento comprenderlo.
El segundo acontecimiento fue el suicidio de su mujer, años más tarde. Sobre este tema, no sé gran cosa. Sólo que él no fue al entierro.