80.
Me desperté a eso de las diez de la noche al oír un ruido de pasos al otro lado de la puerta. Me quedé quieto durante un momento, con los ojos abiertos en la oscuridad de la habitación, todavía lleno de recuerdos de mis sueños. Después reconocía la voz de Louvel.
Me levanté y entré, tambaleándome por el cansancio, en la gran habitación de las cuadras. Damien había vuelto con Badji. Algo me decía que, mientras esa historia no se hubiera acabado, el guardaespaldas no se despegaría de nosotros.
– ¿Habéis oído los informativos? -preguntó Damien, a la vez que iba a encender una pequeña televisión al salón del rincón.
Llevaba un nuevo vendaje en el hombro y el brazo en cabestrillo.
– No -respondió Lucie, saliendo de su pequeña oficina improvisada-. ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa?
Louvel apuntó con el dedo a la pantalla de televisión. La cadena de noticias difundía las imágenes borrosas de un cuerpo tendido en la calle, cubierto por una sábana blanca, rodeado de policías y médicos.
– Han matado a Morrain frente a su casa hace apenas una hora -explicó Damien sin apartar la mirada de la pantalla.
La noticia me heló la sangre. Me dejé caer en uno de los sillones, incrédulo. No podía ser una casualidad. Pero ¿cómo habían podido atreverse?
– No… No es posible -balbucí.
– Han debido de averiguar que descubrimos el acceso al local de Dermod gracias a él… Lo han ejecutado.
– No es posible -repetí, pues no tenía nada más que decir.
Y, sin embargo, era muy real. La información volvía a empezar en la televisión. Al instante siguiente, una foto reciente del director de la comunicación del EPAD apareció en la pantalla. Me costaba aceptar que ese hombre con el que me había encontrado la víspera estaba muerto, ahora. Muerto.
En la parte inferior, en una pequeña ventana, vi por el rabillo del ojo mi nombre en el texto que iba pasando y en el que estaban resumidas las noticias esenciales de la actualidad. «Según el portavoz del Ministerio del Interior, la muerte del señor Morrain estaría ligada a los atentados del 8 de agosto. El principal sospechoso, Vigo Ravel, sigue en paradero desconocido…»
Extrañamente, casi no sentí nada cuando mencionaron mi nombre. Ya no me pertenecía. Y sabía que yo era inocente. No obstante, me preguntaba si conseguiríamos algún día probarlo. ¿Tenía eso alguna importancia? Para mí, lo que contaba, antes que nada, era conocer la verdad, y después, comunicarla al resto del mundo ya no era de mi incumbencia. Después de todo, ése era más bien el papel de SpHiNx. En lo que me concernía, era una cuestión secundaria. O improbable. Tal vez me había encerrado tanto en mi síndrome de Copérnico que no creía en la posibilidad de que algún día me pudieran tomar en serio. Empezaba a acostumbrarme a esa situación. Louvel me creía. Lucie me creía. Agnès me había creído. ¿Tenía necesidad, o ganas, de alguna otra cosa?
– Damien, tengo la impresión de que vuestra pequeña expedición se ha interpretado como una declaración de guerra -murmuró Lucie.
– En todo caso, tenemos la prueba de que no se amedrentan ante nada. ¡Y de que están nerviosos!
– ¿Quiénes? ¿Dermod?
– ¿Quién si no? -respondió Louvel con ironía.
Me agarré la cabeza entre las manos, abrumado. Aunque había acabado por aceptar ser un objeto primordial de la policía y de nuestro enemigo invisible, no conseguía aceptar que un inocente muriera en mi lugar. Y dos, todavía menos: primero Greg, y ahora Morrain. El director de comunicación del EPAD era un hombre valiente, que se había negado a plegarse al sistema. Sin él, tal vez nunca habríamos encontrado la entrada de los misteriosos locales de Dermod. Y lo habían matado. ¿Y todo por qué? ¿Por quién? ¿Por mí?
Badji, que se había sentado un poco lejos, por discreción sin duda, no despegaba los ojos de la pantalla. Incluso él, que hasta ese momento me había parecido tan tranquilo, parecía aterrado.
– ¿Cómo va tu brazo? -preguntó Lucie para cambiar de tema.
– Bien, bien -respondió Louvel con rapidez-. El doctor Daffas ha obrado milagros, como siempre. Pero ¿y tú? ¿Has encontrado algo en los discos duros?
La joven puso los ojos en blanco.
– Damien, hace apenas dos horas que estoy en ello. Vamos a necesitar días, si no semanas, para analizarlo todo. Sin contar que no tenemos acceso a nuestras oficinas. Todos mis programas están allí, y las máquinas que hay aquí no son de última generación. Necesitaría que Sak y Marc vinieran a ayudarme. Hay muchas, pero muchas, cosas que analizar en esos dos discos duros. Hay vídeos, documentos contables, cuadros, ficheros de texto, y después, un montón de documentos en un formato interno de Dermod… En resumen, es mucho para una sola persona.
– Pero ¿has encontrado algo, de todas formas? -insistió Louvel.
Adiviné que no estaba insistiendo en vano. Había debido de observar, como yo, que había algo diferente en la mirada de la joven. Había descubierto algo.
– Bueno, pues sí -confesó ella finalmente.
Louvel se quedó boquiabierto, en ascuas.
– ¿El Protocolo 88?
Lucie asintió lentamente con la cabeza. Él me miró emocionado. Parecía un niño al que se le promete lo imposible. Hacía días que dábamos vueltas en torno a una respuesta que no parecía querer llegar. Y, al fin, parecía que se quería hacer la luz. Volví a sentir los cosquilieos de excitación, una especie de impaciencia atemorizada.
– ¿Y bien? ¡Habla! -la apresuró él.
Lucie continuó enseguida en tono serio.
– Oíd, sigue siendo muy vago; pero, al margen de algunos documentos de cuentas sobre el famoso Protocolo 88, me he topado con lo que parece ser un cuaderno de operaciones al respecto.
– ¿Y entonces?
– Pues bien, si lo he entendido bien, se trataría, como suponíamos, de un experimento llevado a cabo por la sociedad Dermod… en 1988. Dermod, especializada en los mercenarios y la seguridad, pero que ya poseía un laboratorio de investigación aplicado al campo militar, habría conseguido un enorme contrato internacional, financiado por varios clientes, a la vez en Europa y en Estados Unidos…
– ¿Qué tipo de clientes?
– Bueno, no son precisamente unos cualesquiera. Los ministerios de Defensa de varios países, los del Interior, y otras agencias de seguridad. A decir verdad, eso sigue siendo un poco confuso. Necesitaría más tiempo para identificar claramente a todos los socios comanditarios a partir de los documentos de contabilidad.
– ¿Y en qué consistía el Protocolo 88? -pregunté, porque para mí ésa era la única verdadera pregunta.
Lucie no respondió enseguida. Vi en su mirada huidiza que se sentía molesta. Todo el mundo allí sabía que yo estaba en primer plano, que estaba en el centro mismo de lo que ella había debido de descubrir. Lo que Lucie tenía que decirme no era seguramente agradable de oír. Pero, al menos, era la verdad que todos estábamos esperando. Esperaba que esa explicación fuera una liberación.
– Adelante -le dije para tranquilizarlo-. Te escuchamos.
Lucie tragó saliva y después se decidió.
– Vigo -dijo ella con voz triste-, el Protocolo 88 es una serie de experimentos realizados a soldados voluntarios.
Me había preparado durante mucho tiempo para esa respuesta. Hacía ya algunos días que todos veíamos ya que se dibujaba ese escenario, el más probable de todos. Y una parte de mí, tal vez mi memoria secreta, lo había sabido siempre. A pesar de todo, tener la seguridad no era menos desestabilizador. Pero me negué a dejarme llevar por el abatimiento.
– ¿Soldados voluntarios? -repitió Damien, dudando.
– Al parecer, sí. Entre los documentos que he revisado, hay, en concreto, una lista de veinte voluntarios franceses.
Una nueva mueca de incomodidad. La pobre Lucie no tenía un papel fácil.
– Al menos, la lista de sus nombre en clave -repuso ella-. E Il Luppo, su pseudónimo, figura en cuarta posición.