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Ahora ya no había duda. Todo cuadraba. La lista de los veinte destinatarios del correo electrónico de Reynald, mis extrañas aptitudes para el combate, el tatuaje de mi brazo… No tenía más opción que la de admitir la verdad. Pero la verdad era insoportable: un día había sido la cobaya de un extraño experimento militar, sin que yo tuviera el menor recuerdo al respecto. Y esa experiencia me había convertido en un amnésico y un esquizofrénico. O tal vez en otra cosa, algo mucho más increíble.

– ¿Y en qué consistía ese experimento? -pregunté con voz temblorosa.

– Se trataría de EMT -explicó Lucie, todavía incómoda.

– ¿De qué?

– De EMT. Este acrónimo aparecía en los documentos. Te aseguro que yo tampoco sabía de qué se trataba. Pero he hecho una búsqueda rápida. EMT es la abreviación de «estímulos magnéticos transcraneanos».

Le dirigí una mirada intrigada a Lucie.

– ¿Transcraneanos? Ésa… ¡Ésa es la palabra de la misteriosa frase de Reynald! «Brotes transcraneanos…»

– Sí.

De nuevo, todo cobraba sentido. Los velos del misterio se iban levantando uno a uno y descubrían mi penosa realidad. Lo único tranquilizador eran los sucesivos indicios que probaban que no me lo había inventado todo. No estaba tan loco como había creído que estaba.

– Muy bien, ¿qué son los EMT? -le preguntó Damien.

– No soy experta en neurología, querido. Pero, en resumen, por lo que he encontrado, se trataría de una técnica durante la cual se coloca un aparato con imanes sobre el cráneo de un tío y se le revuelven las neuronas con un campo magnético.

Me estremecí. Volví a pensar en el extraño aparato que había en los locales de la Défense. En ese momento, creí ver unas imágenes, que parecían un recuerdo vago o las escenas confusas de una vieja película olvidada. Un aparato, sobre mi cráneo, instrumentos de medida… Pero mi memoria podía jugarme una mala pasada; tal vez estaba mezclando las cosas. ¿Qué imágenes eran auténticas? ¿Cuáles, una odiosa manipulación de mis neuronas? La idea de que alguien hubiera podido jugar con mi cerebro me aterraba. Sin reflexionar, como por automatismo, me pasé una mano lentamente sobre mi cráneo.

– ¿Revolver las neuronas de la gente? ¿Bromeas? -exclamó Damien, que parecía tan impresionado como yo.

– En absoluto. Aparentemente, es una experiencia bastante corriente. Pero, en el caso que nos interesa, el laboratorio de Dermod, que estaba dirigido por un cierto doctor Guillaume, habría utilizado una frecuencia mucho más alta de lo que se había probado en la época.

– ¿A saber?

– Ochenta y ocho hercios.

Louvel no pudo reprimir una sonrisa burlona.

– Ya van muchos 88.

– Sí. Sin duda, el nombre de su protocolo lo escogieron por eso. La recurrencia de la cifra 88 debió de parecerles… divertida.

– Es evidente que a Gérard Reynald no se lo pareció… Bueno. En todo caso, bravo, Lucie, has hecho un buen trabajo en muy poco tiempo.

Yo también le dediqué un gesto de reconocimiento asintiendo con la cabeza a la joven. Aunque esta historia fuera muy dura de afrontar, sentí, pese a todo, la tan esperada liberación: un primer sentimiento de justicia.

Mi seguridad instintiva se había convertido en un saber comprobado. «No soy esquizofrénico. Soy otra cosa. Y lo soy porque alguien me ha hurgado en el cerebro.»

– ¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Damien mirándonos.

Lucie se encogió de hombros. Badji, que seguía en silencio, no reaccionaba. Entonces, Louvel se volvió hacia mí, manteniendo durante un buen rato una mirada de interrogación. Debía de considerar que la decisión me pertenecía.

– Tenemos suficiente para poner el asunto en manos de la justicia -dijo él-, y también lo bastante como para hacer saltar el escándalo en la Red para asegurarnos de que el juez de instrucción, o los que lo manipulen, no intente tapar el asunto… Con lo que tenemos, podemos destruir a Dermod, y con ella, tal vez también a todos los que están implicados: el doctor Guillaume, Feuerberg, y también todos los eventuales comanditarios, los accionistas de la SEAM, incluso en el extranjero…

– No -le corté-. No por ahora.

– ¿Piensa que no tenemos suficientes pruebas? -preguntó con asombro Louvel.

– No, no es eso. Quedan muchas preguntas. Pero, primero, antes de que esto se nos escape, Damien, querría comprender, comprender por mí mismo lo que me han hecho exactamente. Cómo han podido actuar esos EMT en mi cerebro. Y además, sobre todo, sobre todo… Quiero saber quién es el último responsable, el que está encima de la pirámide, quién fue el primero que lanzó este proyecto, quién lo inició. Una vez haya obtenido la respuesta a estas dos preguntas, podrá usted hacer lo que quiera, Damien. Estoy seguro de que SpHiNx sabrá manejar el asunto perfectamente, pero no antes.

Louvel asintió con la cabeza. Se volvió hacia la joven.

– ¿Lucie? ¿Tienes alguna idea de quién podría ser el iniciador del Protocolo 88?

– Tal vez. Parece, en efecto, que el proyecto fue iniciado por una persona en particular; de hecho, se trata del tipo que fundó Dermod. El problema es que aparece en todos los documentos con el nombre de comandante Laurens. Ése es seguramente el comandante L. del que habla Reynald en uno de sus correos electrónicos. Sin embargo, yo ya he efectuado mis pequeñas investigaciones, y es probable que sea un pseudónimo. He buscado por todas partes en la Red y no he encontrado ni rastro del comandante Laurens, que habría servido a finales de los años ochenta.

– Badji, a usted que lleva tiempo metido en el mundo de las agencias de seguridad desde hace mucho tiempo, ¿no le dice nada ese nombre?

– No, lo siento, Damien. No lo he oído jamás. Pero, en efecto, suena a un pseudónimo de la secreta…

– Quiero saber quién es ese tipo -dije entonces con una determinación que pareció sorprenderlos a los tres-. Y si está vivo, quiero encontrarlo.

Damien abrió los ojos como platos.

– ¿No hablará en serio, Vigo?

Le dirigí una mirada que hizo innecesaria toda respuesta. No podía hablar más en serio.

– No quiero tener un enemigo invisible, Damien.

– Pero los verdaderos enemigos son siempre invisibles, Damien.

Tal vez tenía razón, pero no era suficiente.

– Quiero saber quién es ese tipo.

– Bien, ya veo… Bueno, Lucie, continuarás investigando quién puede ser ese comandante Laurens. Nosotros, por nuestra parte, vamos a intentar responder a su primera pregunta, Vigo, y averiguar más sobre esas infames EMT. Sólo se me ocurre una persona que nos pueda ayudar.

– ¿Liéna? -preguntó Lucie. -Sí.

– ¿Quién es Liéna? -pregunté.

Los ojos de Louvel brillaron.

– Una muy buena amiga que sabe muchísimo de ciencias neurológicas.

– ¿Cree que ella podría responder a nuestras preguntas?

– No sé. Voy a llamarla y le preguntaré si puede venir a decirnos todo lo que sabe sobre las EMT y por qué el ejército habría querido hacer ese tipo de experimentos. ¿Le parece bien, Vigo?

– Sí. Gracias -respondí.

De nuevo, Louvel había entendido lo que yo sentía, lo que necesitaba. Y hacía pasar esta necesidad por delante de sus irresistibles deseos de hacer estallar un escándalo. Estaba feliz de ver, aunque no lo hubiera dudado nunca, que Louvel no traicionaría la confianza que tenía en él. Su voluntad de ayudarme era más fuerte que su sed de exclusivas. El grupo tenía también su parte humanitaria, sincera. Extraño.

Lucie se levantó, me dio una palmadita amistosa en el hombro y volvió a ponerse inmediatamente a trabajar en el despacho de Louvel.

81.

Liéna Rey había sido directora de investigación en el CNRS en París, en un laboratorio de neurolingüística. Próxima a la cuarentena, parecía muy alegre y llena de energía. Comprendí enseguida que era una vieja conocida de Louvel, y que quizás incluso habían podido ser más que simples amigos en un pasado. Se besaron calurosamente, como si no se hubieran visto en mucho tiempo, después vino a sentarse con nosotros en medio del local, en torno a la gran mesa de reunión.