– ¿Me permite?
El hombre alzó la vista y respondió en inglés.
– ¿Sí?
Sharko se presentó brevemente. Comisario de la policía francesa, en misión en El Cairo. El doctor, a su vez, explicó su función. Cristiano convencido, hacía que funcionaran, con la ayuda de las monjas del convento copto, una guardería, un hospital, un centro de acogida para minusválidos y una maternidad. El hospital tenía como misión principal curar y educar en la higiene a los zabalin, los más de quince mil traperos que vivían apiñados en los edificios alrededor del «tajo» y los cinco mil que dormían y comían directamente entre las inmundicias.
Cinco mil… Sharko pensó en la niña que se le había abrazado. Durante unos minutos olvidó su investigación. Deseaba saber.
– He visto a esa pobre gente por las calles de El Cairo, niños de menos de diez años que recogen basura y la cargan en carretas tiradas por asnos… ¿Traperos?
– Sí. Son más de cien mil, repartidos en los ocho barrios de chabolas de la capital. Cada día, de buena mañana, los hombres y los críos que ya tienen edad se van de estas zonas en sus carretas para recoger la basura de El Cairo. Sus mujeres y los pequeños las seleccionan. Luego, la basura se vende a los comerciantes y éstos, a su vez, la venden a los centros de reciclaje locales. Los cerdos se encargan de los desechos orgánicos y de esa manera un noventa por ciento de la basura se recicla o se reutiliza… Un modelo muy ecológico, si detrás no hubiera tanta miseria. Nuestra misión, en el centro, es demostrar a esa gente que aún son seres humanos.
Sharko señaló con la cabeza una foto, detrás de él.
– Parece sor Emmanuelle…
– Es ella. El Centro Salam fue creado en los años setenta. Salam significa «paz» en árabe…
– Paz…
Sharko sacó finalmente una foto de una de las víctimas y se la mostró al doctor:
– La foto es de hace más de quince años. Esta muchacha, Busaína Abderramán, acudió aquí, a su hospital.
El médico cogió la fotografía y su mirada se ensombreció.
– Busaina Abderramán. No he podido olvidarla. Su cadáver fue hallado a cinco kilómetros de aquí, en un campo de caña de azúcar, más al norte. Fue en…
– Marzo de 1994.
– Marzo de 1994… Lo recuerdo, fue estremecedor. Busaína Abderramán vivía con sus padres en el límite del barrio de Ezbet El Nagl, cerca de la estación de metro, al otro lado de las chabolas. De día iba a la escuela cristiana de Santa María, y unas horas por las tardes se ganaba algún dinerillo en un taller de joyería. Pero, dígame, por aquí ya vino un policía, hace mucho tiempo. Se llamaba…
– Mahmud Abdelaal.
– Sí, eso es. Un policía, cómo decirle… diferente de los demás. ¿Cómo está?
– Murió, también hace mucho tiempo. Un accidente.
Sharko dejó que digiriera la noticia y prosiguió.
– ¿Podría hablarme de ella? ¿Por qué acudió a su hospital?
El doctor se restregó una mano por el rostro arrugado. Sharko vio en él a un hombre fatigado que, sin embargo, irradiaba un aura indefinible. La de la bondad y el coraje, sin duda.
– Trataré de explicárselo, si es posible entender lo incomprensible.
Se puso en pie y comenzó a rebuscar entre gruesas carpetas apiladas en unas vetustas estanterías.
– 1993, 1994… Aquí está.
En aquel desorden, cada cosa tenía su lugar. El médico rebuscó entre unos papeles y le tendió al comisario el artículo de un periódico. Sharko se lo devolvió:
– Lo siento, pero yo…
– ¡Qué tonto soy! Es un artículo del diario Al Ahali, de abril de 1993. Se lo explicaré.
El cerebro de Sharko comenzó a maquinar. Abril de 1993, un año antes de los asesinatos. El artículo ocupaba una página entera, ilustrado con fotos de clases de escuelas.
– A partir del 31 de marzo de 1993, y a lo largo únicamente de unos días, nuestro país vivió un fenómeno curioso. Alrededor de cinco mil personas, en su mayoría muchachas, vivieron una experiencia sorprendente. En la mayoría de los casos, se trató de un desmayo en clase durante uno o dos minutos, precedido de un violento dolor de cabeza. No hubo ningún síntoma previo. Fueron trasladadas inmediatamente a los hospitales más cercanos, donde fueron examinadas y sometidas a unos primeros análisis. A falta de resultados, fueron enviadas de nuevo a sus casas.
El médico indicó un mapa de Egipto, a su espalda, y señaló diferentes regiones con el dedo.
– Algunas de ellas, también en clase, no se desmayaron pero mostraron comportamientos agresivos. Gritos, portazos, violencias injustificadas contra sus camaradas. El fenómeno se inició en la gobernación de Beheira, antes de extenderse en un abrir y cerrar de ojos a quince de las diecinueve gobernaciones con que cuenta Egipto. Llegó rápidamente a ciudades como Charqiya, Kafr El Sheij o El Cairo. Podría compararse con un terremoto cuyo epicentro hubiera sido Beheira y cuya onda expansiva hubiera llegado a la capital.
Sharko se apoyó con ambas manos sobre la mesa de despacho. Todo su peso reposaba sobre sus muñecas.
– Pero ¿de qué me está hablando? ¿De un virus?
– No, de un virus no. Algunos especialistas trataron de estudiar el fenómeno y circularon los rumores más variopintos. Una intoxicación alimentaria que afectara al país entero, ingestión de habas verdes o emanaciones de gas procedentes del subsuelo. Un virus hubiera permitido aclararlo todo, pero el modo de propagación no cuadraba con esa hipótesis y tampoco en ese caso los análisis aportaron resultado alguno. Muy pronto, todo fue a la deriva. Se sospechó de los israelíes, a los que se acusó de envenenar el agua de las escuelas, o de una guerra bacteriológica secreta. Se pensó incluso en «secuelas» de la guerra entre Irán e Irak. De todo un poco. Y la verdad es que los análisis médicos no aportaron nada, absolutamente nada. Y nada podía tampoco explicar que aquel fenómeno afectara sobre todo a las chicas.
– ¿Y luego?
– Algunos psiquiatras apuntaron que podría tratarse de un fenómeno de histeria colectiva.
– ¿Histeria colectiva?
Señaló un libro, con el título en inglés, que abordaba el tema.
– Me he interesado en esos fenómenos y los ha habido en varias épocas. En la mayoría de los casos, se trata de mareos, dolores, náuseas, pruritos o erupciones cutáneas que, de repente, afectan a varias decenas de personas en un mismo lugar. Hace mil años ya se hablaba de ello. En junio de 1999, en una escuela de un país vecino del suyo, Bélgica, unos cuarenta alumnos fueron hospitalizados tras haber bebido un refresco, sin que se pudiera probar que se trató de una intoxicación. En 2006, un centenar de alumnos de la provincia vietnamita de Tien-Giang se pusieron enfermos por problemas digestivos. Le podría citar muchos más casos. El síndrome de la guerra del Golfo, por ejemplo, que afectó a los soldados estadounidenses durante la guerra de 1991. Unas semanas después de su regreso comenzaron a experimentar problemas de memoria, náuseas y fatiga. Se sospechó de una contaminación por agentes neurotóxicos, pero ¿por qué en ese caso sus mujeres e hijos, que permanecieron en territorio norteamericano, padecieron los mismos síntomas en el mismo momento y en lugares diferentes? Nos hallábamos ante un claro caso de histeria colectiva que atravesaba Estados Unidos.
– ¿Busaína Abderramán fue víctima del fenómeno de la histeria colectiva de Egipto?
– Ella y otras seis alumnas de su clase. En su caso, se vieron afectadas por el modo agresivo de la histeria. Insultos, sillas arrojadas…, se habían convertido todas ellas en animales salvajes, en palabras de su profesora. Incluso llegaron a atacar a una de las alumnas con la que de ordinario mantenían una buena relación. ¿Por qué esa histeria generó en algunos casos tan tremenda agresividad? Desgraciadamente, lo ignoramos. ¿Fue a causa del estrés provocado por un profesorado excesivamente severo? ¿O por las precarias condiciones de vida de las alumnas? ¿O por falta de educación? La realidad es que todo eso existió. Existió de verdad.