– Jacques comenzó a perder el norte, no lograba triunfar. Los productores le dejaban de lado. Le vi beber mucho vodka y utilizar drogas duras para tratar de aguantar, trabajar día y noche. Se hartó de mí y rompimos… Me partió el corazón.
Ella miró hacia el mar, observó un paquebote que salía del puerto, y siguió hablando.
– En la época en que nos frecuentábamos, me hizo descubrir los arcanos del cine y conocer a personas poco recomendables. Yo tenía buen tipo, con unos pechos a lo Garbo, que entonces la gente adoraba. Así que empecé a rodar películas eróticas para ganarme la vida.
Suspiró. Sharko había decidido aprovechar al máximo el champagne, y se sirvió de nuevo. Había calculado que cada flauta costaba treinta euros y cada sorbo era aún mejor que el anterior.
– Un año más tarde, en 1950, Jacques se marchó a Colombia a rodar Los ojos del bosque, su único largometraje. Había conseguido una financiación ridícula que a duras penas le permitía alquilar el material y contratar un pequeño equipo colombiano. Ese film le hundió definitivamente. Por culpa de eso, Jacques tuvo un montón de problemas con la justicia francesa y estuvo en un tris de ir a la cárcel.
– Nunca había oído hablar de esa película… ¿Ha dicho que se llamaba Los ojos del bosque? -Sí, no llegó a estrenarse… censurada completamente. Y hoy es imposible hallarla, todas las bobinas fueron destruidas o desaparecieron como por arte de magia. A mí me la dejó ver Jacques, una vez acabado el montaje… -Hizo una mueca -. Era una película de caníbales, una de las primeras del género, y estaba muy orgulloso de ella. Pero ¿cómo podía sentirse orgulloso de aquel horror? En mi vida he visto una película tan vil y repulsiva.
La voz de Judith se había vuelto ronca. Sharko se acomodó de nuevo ante la mesa, junto a Lucie.
– ¿Cuáles fueron los motivos de sus problemas con la justicia?
– Los ojos del bosque requirió varias semanas de rodaje en plena selva, bajo la lluvia y con un calor sofocante. El equipo era víctima de los ataques de los insectos y estaba totalmente aislado del mundo. En aquellos tiempos, las condiciones de rodaje no eran tan cómodas como hoy en día. Uno se iba con las cámaras y unas tiendas de campaña a los hombros. Según me contó Jacques, algunos colombianos del equipo contrajeron enfermedades: paludismo, leishmaniosis…
– ¿Y qué tenía que ver la justicia con todo eso?
Ella arrugó la nariz, y exhibió unos dientes tan perfectos como falsos.
– En el último tercio de la película aparecía una mujer empalada en una estaca, por la boca y el ano. Era una secuencia abominable… ¡tan realista! Jacques tuvo que probar ante un tribunal que la actriz colombiana aún seguía con vida y demostrar cómo había llevado a cabo el trucaje.
Judith se sirvió champagne de nuevo. Parecía muy perturbada. Sharko veía en ella a un polluelo asustadizo, a una anciana que trataba de detener el paso del tiempo a pesar de ser incapaz de conseguirlo.
– Cuando regresó de ese maldito país ya no era el mismo, había cambiado. Como si la selva y sus sombras hubieran dejado su impronta en él. Jacques había rodado con salvajes, con tribus que por primera vez habían estado en contacto con seres civilizados. Jamás he podido olvidar uno de los numerosos planos escalofriantes del film: unas cabezas alineadas en la orilla de un río y clavadas en estacas. Sólo Dios sabe qué pasó allí, en lo más remoto de ese país de salvajes…
Se frotaba los brazos, como si sintiera frío.
– El fracaso del film fue un nuevo mazazo para Jacques. De un día para otro, desapareció del paisaje cinematográfico francés. Él y yo seguíamos en contacto, seguimos siendo amigos y yo nunca perdí la esperanza de conquistarlo de nuevo. Al cabo de unos meses, sin embargo, dejé de tener noticias suyas. Un día fui hasta su estudio. Jacques se había llevado todo su material y sus films. Su más fiel asistente me dijo que se había marchado a Estados Unidos, así, de un día para otro.
– ¿Sabe por qué se marchó?
– No está claro. Su asistente estaba convencido de que tenía allí un buen proyecto. Alguien había visto sus films y quería trabajar con él. Pero nunca supimos nada más. Nadie supo qué había sucedido realmente.
– Nadie, excepto usted…
Asintió con la cabeza, la mirada perdida.
– En 1954, tres años más tarde, tras mucho tiempo sin noticias de él, recibí de repente una llamada suya. Jacques me pidió que fuera a Montréal, me ofrecía unos días de trabajo y me los pagaba muy generosamente. En aquella época, mi trabajo era muy duro. Eran los tiempos en que me desvestía más a menudo ante una cámara que en mi vida cotidiana, y todo para ganarme cuatro perras. Rodar desnuda nunca me importó, al contrario, me decía que era una buena manera de convertirme en una estrella, pero ya saben, las ilusiones perdidas… Yo reproducía el fracaso de Jacques, no conseguía más que rodar en películas espantosas, para tipos con más cara que espalda… Así que, sin dudarlo, acepté, necesitaba dinero. Y también era para mí una ocasión de volver a verle, incluso, quién sabe, de reencontrarnos. Le pedí que me enviara el guión, y me dijo que no era necesario. Me lancé a la piscina a ciegas. Me pagó la mitad de lo acordado, me costeó el viaje y así me fui a Canadá…
Seguía presa de la inquietud. Los dos policías estaban pendientes de sus palabras, Lucie incluso había olvidado tomar notas. Judith se abandonaba al champagne, y su expresión oscilaba entre la cólera, la ternura y el miedo. Tras cincuenta años en el fondo de un pozo todo volvía a ascender a la superficie.
– En cuanto llegué a Canadá me di cuenta de que había cometido un error. La mirada de Jacques no he vuelto a verla en ningún hombre: lúbrica, fría e indiferente. Tenía el cráneo casi rasurado y el aspecto de un tipo vulgar. Ni siquiera me abrazó, a mí, con quien había pasado tantas noches. Me llevó hasta el lugar del rodaje sin darme explicación alguna acerca de sus años de ausencia, sobre su carrera. Llegamos a unas antiguas fábricas de tejidos, completamente abandonadas, cerca de Montréal, ignoro dónde exactamente. Sólo estaban él, su cámara, su material y unos individuos con guantes y vestidos de negro. Yo no podía ver sus rostros, llevaban capuchas. También había colchones. Y comida para varios días. La sala había sido acondicionada al fondo de un almacén… Me di cuenta de que iba a pasar mis días y mis noches en aquel lugar lúgubre. Y entonces oí su voz. «Ponte en pelotas, Judith, baila y deja que te metan mano.» Era otoño y tenía frío, y miedo, pero obedecí. Para eso me pagaban. Y duró tres días, tres días infernales. Supongo que ya han visto las escenas de sexo de la película, así que conocen el resto…
– No hemos visto las escenas enteras -corrigió Sharko-. Sólo imágenes fijas y ocultas, imágenes subliminales.
A la anciana le costó tragar saliva.
– Otro de sus trucos abracadabrantes…
El comisario se inclinó hacia delante.
– Háblenos de las otras secuencias, por ejemplo ‹le la suya desnuda en el campo, sobre la hierba, como muerta.
Judith se puso tensa.
– Era la segunda parte importante del rodaje: debía permanecer tumbada, inmóvil y desnuda, en un prado, cerca de unas fábricas. Afuera, hacía menos de cinco grados. Dos de los hombres que habían hecho el amor conmigo me maquillaron el vientre con una herida espantosa. Pero al tumbarme sobre la hierba empecé a temblar, tenía frío y me castañeteaban los dientes. Jacques estaba furioso porque yo no era capaz de dejar de moverme. Se sacó una jeringuilla del bolsillo y me pidió que extendiera el brazo. Él… -Se llevó una mano a la boca-. Me dijo que me evitaría tener frío y moverme… Y, además, me dilataría las pupilas, como un auténtico cadáver.
– ¿Y lo hizo usted?
– Sí. Quería cobrar lo que aún me debía, había hecho el viaje hasta allí y quería complacer a Jacques. Habíamos vivido juntos y creía conocerle. Cuando me clavó la aguja, me sentí de inmediato desconectada del mundo, ya no tenía frío y era casi incapaz de moverme. Me tumbaron sobre la hierba.