– Señorita Beauregard.
Em alzó la cabeza y salió por la puerta de la rectoría. Filing los acompañó al porche.
Después, el párroco regresó al interior y cerró la puerta. Se reunió con Jonas delante de la ventana. En amigable silencio, observaron cómo Emily Beauregard y su hermano tomaban el sendero que atravesaba el campo.
– Qué curioso -murmuró Filing, cuando los perdieron de vista. Jonas soltó un bufido.
– Una posadera cuyo padre asistió a Pembroke, y que está empeñada en que su hermano siga sus pasos. Definitivamente, no es una posadera común y corriente.
– Como mínimo provienen de una familia acomodada, ¿no crees?
El asintió con la cabeza.
– Eso como mínimo. Y antes de que me lo preguntes, no tengo ni idea de qué están haciendo aquí, pero la señorita Emily Beauregard es, ciertamente, la nueva posadera de Red Bells.
– No puede hacerlo peor que Juggs.
– Eso es precisamente lo que pienso yo.
Filing negó con la cabeza y se apartó de la ventana.
– Es una familia fascinante… ese muchacho es muy perspicaz.
– Igual que su hermana.
– ¿Son sólo ellos dos? -Filing se dirigió al comedor, en cuyo gabinete guardaba los últimos registros de la Compañía Importadora de Colyton.
– No, hay más. -Jonas hizo memoria-. Hay otra hermana de veintitrés años, así como unas gemelas, que tal vez tengan doce años, aunque creo que son algo más jóvenes.
Cuando Filing arqueó las cejas inquisitivamente, Jonas negó con la cabeza.
– Es una larga historia sin importancia. -Señaló los documentos que Filing había cogido-. ¿Son ésas las licencias?
– Sí. Son tres.
Se sentaron a la mesa y durante un rato permanecieron enfrascados en las últimas formalidades requeridas para mantener la compañía en orden legalmente.
Cuando terminaron con el papeleo, Filing apiló los documentos y los dejó a un lado.
– El próximo barco debería atracar en el puerto de Axmouth la semana que viene.
Jonas se levantó y asintió con la cabeza.
– Hablaré con Oscar y me aseguraré de que esté al tanto.
Filing le acompañó a la puerta y salió con él al porche. Los dos se detuvieron y observaron, hombro con hombro, la posada.
Filing se movió como si se dispusiera a volver adentro.
– Henry estará conmigo toda la tarde. Te informaré de cualquier cosa que descubra sobre la familia.
Jonas asintió con la cabeza y comenzó a bajar los escalones del porche.
– Mientras está contigo, pienso interrogar yo mismo a la preciosa señorita Beauregard… Ya te contaré si descubro algo interesante. A punto de girarse hacia la puerta, Filing se detuvo. -Está en guardia contigo.
– Lo sé. -Jonas sonrió mientras bajaba los escalones-. Pero creo que conozco la manera de conseguir que baje la guardia.
CAPÍTULO 03
– Buenas tardes, señorita Beauregard.
Em levantó la mirada del montón de listas que estaba estudiando, para descubrir a Jonas Tallent bloqueando la puerca de su pequeño despacho. Se las arregló para no sonreír, aunque le costó un gran esfuerzo. Él llevaba un largo abrigo de capa que le llegaba hasta el borde de las brillantes botas Hessians. Se había cambiado la chaqueta de montar por un abrigo más formal y un chaleco. Parecía recién salido de las páginas del Gentlemen's Gazette.
Luchando por someter sus revoltosos sentidos, ella asintió con la cabeza.
– Señor Tallent. -Cuando él no dijo nada más, y sólo se quedó mirándola, Em se sintió obligada a preguntar-: ¿Puedo ayudarle en algo?
– En realidad, estoy aquí para ayudarla a usted.
Aquellas palabras, dichas con una profunda y suave voz, envolvieron a la joven. Su instinto se puso en guardia de inmediato.
Como si él lo supiera, esbozó una amplia sonrisa.
– Se me ha ocurrido que debería presentarle a Finch, nuestro proveedor en Seaton, y que eche un vistazo a sus mercancías de primera mano. Ahora mismo me dirijo allí en el cabriolé, y me preguntaba si le gustaría acompañarme.
Conocer a su principal proveedor, ir a su almacén, con su patrón -el que controlaba la cuenta de gastos que ella manejaría-, acompañándola…
Se había jurado a sí misma que nada la obligaría a estar cerca de Jonas Tallent de no ser absolutamente necesario, pero aun así dejó el lápiz sobre la mesa dispuesta a ir con él.
– ¿Cuánto tiempo nos llevará?
– Dos horas como máximo, ida y vuelta, más el tiempo que estemos hablando con Finch. -Señaló con la cabeza el montón de papeles bajo la mano de Em-. Traiga sus listas, así podrá hacerle el primer pedido.
Era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar por alto, y no tenía ninguna duda de que Tallent lo sabía.
Lo que él no sabía era que ella era perfectamente capaz de mantenerlo en su lugar, sin importar lo que él pensara o intentara hacer al respecto. Era algo que aprendió durante los años que vivió en casa de su tío. Se había convertido en una auténtica experta en el no muy sutil arte de mantener a los caballeros a raya.
Echó la silla hacia atrás y se levantó.
– De acuerdo. ¿Le importa esperar un momento mientras voy a buscar mi sombrero?
– Por supuesto que no. -Dio un paso atrás para dejarla pasar. Cuando ella ya se dirigía al salón, añadió-: Coja también el abrigo, el viento siempre sopla más fuerte cerca de la costa.
Ella sonrió para sus adentros mientras se encaminaba hacia las escaleras. Cualquier caballero que instintivamente pensaba en la comodidad de una mujer, no podía plantear una seria amenaza para ésta.
Em comenzó a subir las escaleras.
Él se detuvo al pie de éstas.
– Mis caballos son muy briosos. La esperaré fuera.
Ella aceptó con un gesto de la mano y se dirigió a sus aposentos.
Cinco minutos después se reunió con él en el exterior de la posada, y se vio obligada a corregir su definición de «amenaza». Los alazanes pardos de Tallent se encabritaban como auténticos demonios entre las varas del cabriolé.
Él notó su vacilación y le brindó una sonrisa.
– No se preocupe. Puedo manejarlos.
Ella levantó la mirada hacia sus ojos.
– No es la primera vez que oigo a un caballero decir esas mismas palabras justo antes de volcar su carruaje.
Él se rio. El sonido de su risa provocó un perturbador hormigueo en las entrañas de Em.
Jonas cogió las riendas con una mano y se llevó la otra al corazón.
– Le juro por mi honor que no acabaremos en una zanja. Ella carraspeó. Se recogió las faldas y se dirigió hacia el lateral del cabriolé.
Él le tendió una mano enguantada para ayudarla a subir. Em la aceptó sin pensar y puso los dedos sobre los de él. Cuando el hombre cerró la mano firmemente sobre la de ella, Em sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor.
Se estremeció.
Él la alzó, y Em aterrizó en el asiento a su lado, luchando por respirar.
¡Santo Dios! ¿Cuándo sus traicioneros sentidos dejarían de reaccionar de esa manera? ¿Cuándo lo superaría?
Él no le sostuvo la mano más de lo necesario. Los dos llevaban guantes y, aun así, la sensación de los dedos de Tallent reteniendo los suyos permaneció mucho tiempo, dejándola sin aliento y estremeciéndole el corazón.
Por fortuna, los caballos, que se movían nerviosamente, no tardaron en reclamar la atención de Tallent. Sin mirarla más que una vez para asegurarse de que se había acomodado bien, él soltó el freno y agitó las riendas. Los corceles se pusieron en movimiento de inmediato y salieron traqueteando del patio delantero de la posada.
El los dirigió hacia el sur.
– Seaton está en línea recta hacia el sur, casi en la costa, y la carretera conduce directamente allí.
Ella asintió con la cabeza porque todavía no confiaba en su voz. Esperó a que él empezara a interrogarla; estaba segura de que ésa era su intención. Pero él sólo la miró una vez antes de que el vehículo cogiera velocidad. Luego centró la atención en los caballos, sin que al parecer sintiera ninguna necesidad de conversar.