El cabriolé avanzó suave y rápidamente por el camino, impulsado sin ningún esfuerzo por los poderosos caballos. Ella también observó con atención el par de castaños. Sabía lo suficiente para reconocer un caballo de raza cuando lo veía. Si Henry pudiera verla en ese momento, se pondría verde de envidia.
Por su parte, Jonas Tallent parecía dominar el látigo con habilidad -sin alarde ni ostentación-, sabía cuándo debía presionar, cuándo tirar de!as riendas y frenar, y cuándo dar alas al nervioso par de caballos.
– ¿Hace mucho tiempo que los tiene? -Em no había tenido intención de iniciar una conversación, ni de mostrar interés, pero las palabras salieron de su boca antes de que pudiera contenerlas.
– Desde potrillos -respondió Tallent sin apartar la mirada de la carretera, pero tras una breve pausa añadió-: Mi cuñado, Lucifer Cynster, tiene un primo, Demonio Cynster, que es uno de los mejores criadores de caballos de carreras de Inglaterra. Estos dos son de su caballeriza. Se queda con los que considera mejores para competir en las carreras, pero el resto se los da a la familia. Por suerte para mí me incluye entre sus parientes a pesar de no ser un Cynster.
¿Lucifer? ¿Demonio? Em estuvo a punto de preguntar, pero en el último momento decidió que realmente no necesitaba saberlo. Así que encauzó la conversación por otros derroteros.
– ¿Su cuñado es el que vive en Colyton Manor?
– Sí. Heredó la propiedad del dueño anterior, Horario Welham. Horario era un coleccionista, y así fue como los dos se conocieron. Horario consideraba a Lucifer el hijo que nunca tuvo, así que cuando Horario murió, Lucifer se convirtió en el nuevo dueño de Colyton Manor.
– Y entonces se casó con su gemela.
Tallent asintió con la cabeza mientras le lanzaba una breve mirada de reojo.
– No tengo dudas de que conocerá a Phyllida muy pronto. A estas alturas ya debe de saber que usted ha aceptado el puesto de posadera, y estoy seguro de que irá a la posada a presentarse en cuanto su prole le deje un minuto libre.
– ¿Su prole?
– Lucifer y ella tienen dos hijos. Dos duendecillos bulliciosos y revoltosos que absorben gran cantidad del tiempo de Phyllida. Y todavía será peor, porque espera otro hijo.
Em no permitió que le afectara el tono cariñoso con el que habló de su hermana y sus sobrinos.
– ¿Sólo tiene esa hermana? -preguntó finalmente.
Él le dirigió una mirada traviesa.
– Nuestros padres siempre dijeron que con dos era más que suficiente.
– ¿Usted no opina lo mismo? -le preguntó impulsada por la curiosidad.
Tallent no respondió de inmediato. Em llegó a preguntarse si iba a hacerlo o no cuando finalmente él dijo:
– No todos tenemos la suerte de pertenecer a una familia numerosa.
La joven miró hacia delante, pensando en su propia familia, y no vio ninguna razón para discutir sobre aquella concisa declaración.
Ahora que por fin se había roto el hielo, ella esperó a que él comenzara a interrogarla, pero en vez de eso continuaron viajando en esa tarde otoñal sumidos en un extraño y agradable silencio. Los pájaros trinaban y levantaban el vuelo a su paso; el olor salobre de la brisa marina se hizo más pronunciado a medida que alcanzaban la cima de la última cuesta, que luego descendía suavemente hasta el borde de un acantilado.
A pesar de las últimas distracciones, la búsqueda del tesoro que la había [levado a Colyton jamás abandonaba la mente de Em por completo. Cuando Tallent puso los caballos al trote para bajar la cuesta, ella le miró a los ojos.
– Hábleme sobre el pueblo. He oído hablar sobre Colyton Manor y Grange, pero ¿hay más propiedades importantes en los alrededores? ¿Casas donde resida gente que podría llegar a convertirse en cliente de la posada?
El asintió con la cabeza.
– De hecho, hay bastantes casas importantes. Ballyclose Manor es la más grande. Está en la carretera que lleva a la iglesia. Es propiedad de sir Cedric Fortemain. Además, tenemos Highgate, propiedad de sir Basil Smollet, situada un poco más allá de la rectoría. Supongo que también deberíamos agregar Dottswood Farm a la lista. Aunque no es una mansión como las otras, es el hogar de una familia muy numerosa.
Jonas la miró a los ojos.
– Ésas son las que hay dentro de los límites del pueblo. Si nos alejamos un poco más, encontramos más propiedades importantes, pero las tres que he mencionado son, por así decirlo, parte de la vida del pueblo. Todas esas haciendas consideran Colyton como su pueblo.
Ella asintió con la cabeza.
– A eso me refería. Esa es la gente a la que debemos atraer en primer lugar. -Y una de esas propiedades sería probablemente «la casa más alta, la casa de las alturas» donde se ocultaba el tesoro Colyton.
Ballyclose Manor parecía el lugar más apropiado en el que iniciar su búsqueda. Estaba tentada a pedirle más datos sobre la propiedad o que le confirmara que la familia Fortemain, o quienquiera que viviese en Ballyclose, había sido el alma de las tertulias del pueblo hacía tiempo, pero justo en ese momento aparecieron ante sus ojos los primeros tejados de las casas que se alineaban a ambos lados de la carretera.
– Seaton. -Mientras refrenaba a los caballos, Jonas se felicitó mentalmente por haber logrado permanecer sentado junto a la esbelta señorita Emily Beauregard durante casi media hora sin provocar ninguna reacción helada por su parte y, aún mejor, por haber conseguido que ella comenzara a bajar las defensas que había erigido contra él.
Seguían allí, pero no tan fortificadas corno al principio. Aún le quedaba un buen reto por delante.
Pero su estrategia para «interrogarla» parecía funcionar, Jonas no se había equivocado al pensar que con simplemente dejar caer alguna que otra cosa aquí y allá -como Cynster y caballos-, sería ella la que comenzaría a hacer preguntas.
Era posible que el interés de la señorita Beauregard por las mansiones más importantes del pueblo fuera realmente con miras a expandir la clientela de la posada, pero él no creía que fuera ése el caso. Aquélla había sido una ocurrencia tardía, una excusa para sus preguntas.
Resultaba evidente que ella estaba interesada en esas casas -por lo menos en una de ellas-por alguna razón. Si lograba contenerse durante el resto de la tarde, ¡quién sabe qué podría llegar a averiguar!
Condujo el cabriolé hasta el almacén de Finch. Detuvo los caballos en el patio ante unas enormes puertas y le pasó las riendas al joven mozo que se acercó corriendo, antes de bajar de un salto al suelo.
Los caballos estaban más tranquilos después de haber desfogado parte de su energía. Podría dejarlos descansar durante un rato.
Rodeó el carruaje y observó que su pasajera estaba a punto de saltar al suelo.
– No. Espere.
Balanceándose sobre el borde del cabriolé con las manos enguantadas agarradas al armazón del asiento, Em levantó la mirada.
Jonas la cogió por la cintura y la bajó al mismo tiempo que la joven intentaba saltar como había hecho él, haciéndole perder el equilibrio.
Em cayó sobre él, pecho contra pecho. Su peso no era, ni mucho menos, suficiente para hacerle caer al suelo, pero Jonas se tambaleó y dio un paso atrás antes de recuperar el equilibrio.
Con la señorita Emily Beauregard entre los brazos.
Pegada a él.
Durante un momento eterno, el tiempo se detuvo.
A Jonas se le quedó la mente en blanco, y le dio un vuelco el corazón antes de detenerse por completo. Y ella tampoco respiraba.
Levantó la mirada hacia él y Jonas se perdió en sus ojos.
Luego recuperó de golpe todos los sentidos y sintió que ardía, cómo su corazón volvía a la vida y comenzaba a latir de manera desenfrenada.
Seguía agarrándola por la cintura con los dedos flexionados.