Cuando ella tomó aliento, sus pechos se apretaron contra su torso.
Fue entonces cuando él se percató de que al tener aquellas cálidas y suaves curvas apretadas tentadoramente contra su cuerpo había ocurrido lo inevitable.
Pero luego se recordó que no quería ponerla nerviosa ni que se escabullera de él.
Apretando los dientes, se obligó a dejar caer los brazos y a dar un paso atrás, poniendo distancia entre ellos. Ella inspiró temblorosamente.
– Lo siento.
«Yo no.» Pero se mordió la lengua antes de lograr gruñir:
– No importa. -Los modales acudieron en su auxilio-. ¿Se encuentra bien?
«¡No!» Sus sentidos estaban revueltos y se le había quedado la mente en blanco. Sin embargo, Em asintió con la cabeza con las mejillas encendidas. No quería pensar en qué debía parecer. Todavía sentía el calor del cuerpo del señor Tallent contra el suyo, en cada uno de los puntos en los que se habían tocado, y era una sensación profundamente inquietante.
Se sentía desconcertada. Respiró hondo, intentando que la cabeza dejara de darle vueltas. Se giró y observó el almacén del que salía un hombre mayor justo en ese momento.
– Ése es Finch.
Em se tensó, esperando sentir los dedos de Tallent en el codo. Pero él sólo la miró de reojo y luego hizo un gesto con la mano, indicándole que avanzara y colocándose a su lado mientras ella se acercaba al hombre.
El alivio de la joven desapareció cuando le lanzó una rápida mirada. El sabía que la afectaba, lo que no era de ninguna manera reconfortante.
El se aclaró la garganta y le presentó a Finch.
Em obligó a su mente a concentrarse en Finch y en la razón por la que ella había ido allí -poner en orden parte de su agenda del día-, para lograr sobrevivir a la siguiente hora en un estado razonable.
Sin embargo, después de una larga visita al almacén seguida por discusiones sobre entregas y pedidos, llegó finalmente el momento de regresar a Colyton. Lo que quería decir que tenía que volver a subirse al cabriolé de Jonas Tallent.
Algo que ella no lograría hacer, y menos delante de caballeros, sin ayuda.
Pero el mero pensamiento de tener que volver a tomarle de la mano, de sentir sus dedos entre los suyos, hacía que un ardiente hormigueo de ansiedad le subiera por los brazos.
Finch los acompañó a la puerta del almacén, feliz por los pedidos realizados. Em se había esforzado en encandilar al hombre y sabía que había tenido éxito. El comerciante le sonreía encantado mientras le estrechaba la mano.
Ella le devolvió la sonrisa.
– Señor Finch, si no es mucha molestia, ¿podría ayudarme a subir al cabriolé? No puedo hacerlo sola. -Miró al patio y vio que el chico se esforzaba por sujetar a los revividos e impacientes caballos, por lo que añadió suavemente-: Los alazanes del señor Tallent son muy inquietos y necesitan que alguien los sujete.
– Por supuesto, por supuesto, mi querida señorita Beauregard. -Finch le cogió la mano-. Por aquí, tenga cuidado, hay algunos agujeros en el suelo.
Ella caminó con precaución al lado del comerciante. Una vez que la hubo ayudado a subir al pescante, Em lanzó una breve mirada en dirección a Tallent.
Y se encontró con una mirada sombría. Él tenía los labios apretados en una línea tensa y los ojos entrecerrados.
Pero no dijo nada mientras cogía las riendas de las manos del mozo, subía al cabriolé y se sentaba a su lado.
Em volvió a sonreírle al señor Finch, su involuntario salvador.
– Gracias, señor. Espero recibir mañana esos suministros.
– ¡A primera hora! -le aseguró Finch-. Enviaré al mozo con la carreta en cuanto despunte el día.
Tallent saludó a Finch con el látigo. El comerciante inclinó la cabeza mientras el cabriolé se ponía en marcha y traqueteaba por el patio. Tallent abandonó el recinto con habilidad. Los caballos adoptaron con rapidez su paso habitual.
Em se recostó en el asiento, observando pasar las casas de Seaton e ignorando a propósito la tensión que crepitaba en el aire y que provenía del caballero sentado a su lado.
Deseó que el dijera algo, pero no sabía qué.
El esperó a dejar atrás las casas de Seaton y avanzar a más velocidad antes de hablar.
– Aún no conozco a sus hermanas.
No era una pregunta, pero dada la tensión que dotaba en el aire, ella agradeció que sacara el tema y respondió:
– Tengo tres. Isobel, Issy para la familia, es la mayor. Creo que ya le he mencionado que tiene veintitrés años. Las otras dos son gemelas, Gertrude y Beatrice, Gert y Bea para la familia. -Em hizo una pausa para tomar aliento, pero aquella inquietante tensión seguía allí y continuó hablando-: Las tres, Issy, Gert y Bea, son rubias y tienen los ojos azules, no como Henry y yo. Las gemelas tienen un aspecto angelical que dista mucho de la realidad. La gente tiende a creer que son angelitos, pero me temo que están un tanto descontroladas. Su madre, la madrastra de Issy, Henry y mía, no se las arregló muy bien después de que muriese mi padre y no las educó como es debido. Issy y yo nos percatamos de ello cuando, después de su muerte, las gemelas vinieron a vivir con nosotros. Actualmente, Issy trata de inculcar algunos atributos femeninos en esas mentes no demasiado receptivas.
Hizo una pausa y lo miró.
Él asintió con la cabeza todavía con el ceño fruncido, pero ella no supo si era por el esfuerzo de controlar a los caballos o por algo que ella había dicho o hecho.
Tras un momento, Em miró al frente. Observar el duro e inflexible perfil del señor Tallent no era lo más acertado si quería apaciguar sus hiperactivos nervios.
– Somos naturales de York. Como he mencionado en algún momento, hemos viajado mucho. Permanecimos en Leicestershire durante algún tiempo antes de aceptar los puestos de trabajo que usted vio en las referencias.
Había un cierto reto, una extraña emoción, en sortear con éxito la verdad.
– La taberna de Wylands era preciosa. -Ella continuó hablando de su supuesto trabajo, inventando todo lo que se le ocurría para pasar el tiempo.
Jonas dejó de escucharla. Sabía que las referencias eran falsas, así que los recuerdos que le relataban eran ficticios también, puras fantasías. Pero ella le había revelado más de lo que él esperaba.
Recordó sus conversaciones y observó que ella no había reaccionado cuando mencionó a los Cynster. La señorita Beauregard no los conocía, lo que sugería que jamás se había movido en la alta sociedad. Además, estaba el hecho de que su padre había asistido a Pembroke College, lo que le daba una clara idea de a qué estrato social pertenecía la joven. Y acababa de decirle que procedían de York. Pensó que eso sí era cierto.
Y si ella no había estado presente en la crianza de las gemelas, significaba que su padre había muerto cuando las niñas eran muy pequeñas, entre siete y diez años antes. Y desde entonces, ella había sido la cabeza de familia. Eso resultaba evidente por la manera en que hablaba de sus hermanos, y en la actitud que había tenido con Henry, y éste con ella.
La miró de reojo. Todavía seguía hablando sobre la posada de Wylands. Al volver la mirada al frente, se preguntó sobre la edad de la joven. Debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años. Como mucho veintiséis, dado eme la otra hermana tenía veintitrés. Pero mostraba una madurez, que la hacía parecer mayor, adquirida sin duda por haber tenido que cuidar de sus hermanos desde muy temprana edad. Eso y… que definitivamente tenía experiencia en mantener a los caballeros a raya.
Las defensas que había erigido contra él eran fruto de la práctica. Estaba demasiado en guardia, demasiado consciente de lo que podía ocurrir en cualquier momento.
Le molestó que ella sintiera la necesidad de mostrarse tan cautelosa, tan recelosa con los caballeros, en especial con él. Olía a pérdida de inocencia, no en el sentido bíblico, sino en un sentido práctico y cotidiano, lo que consideraba algo lamentable.
¿Cómo, dónde y por qué había sido sometida a atenciones no deseadas? No lo sabía, pero por alguna razón que no podía comprender, se sentía impulsado a conocer las respuestas.
Se sentía impulsado a ¿qué? ¿A defenderla?
Para su gran sorpresa, no pudo ni quiso descartar esa idea ni, mucho menos, el sentimiento que la acompañaba.
Algo que, al igual que ella, le hacía mostrarse sumamente cauteloso.
Siguió mirando el camino, con la voz agradable y casi musical de la señorita Beauregard llenándole los oídos, preguntándose qué era lo que debía hacer a continuación.
Preguntándose qué era lo que deseaba de verdad.
Preguntándose cómo conseguirlo.
Para cuando aparecieron ante ellos las primeras casas de Colyton, Jonas había tomado una decisión.
Tenía que averiguar mucho más sobre la señorita Beauregard. Tenía que obtener respuestas. Tenía que conocer sus secretos.
Ella, por supuesto, se resistiría a revelarlos.
Pero Jonas sabía que podía inquietarla y ponerla nerviosa sí se aprovechaba de la atracción física que había entre ellos.
Además, no quería que dejara de ser su posadera. Dada la firmeza de sus defensas y la fuerza de voluntad que percibía en ella, sabía que si la presionaba demasiado, ella no dudaría en hacer las maletas y marcharse.
Y que abandonara Colyton era algo que, definitivamente, él no quería.
Condujo el cabriolé al patio de Red Bells y detuvo los caballos. Se bajó del vehículo de un salto y clavó una mirada en la joven, desafilándola a que intentara bajar de nuevo sin su ayuda.
Ella esperó, no demasiado feliz. Resultó evidente que se estaba preparando para soportar su contacto sin reaccionar ante él.
Se levantó cuando él se acercó, Jonas extendió los brazos hacía ella, la agarró de la cintura y la bajó.
Pero no la soltó.
Al menos no de inmediato.
No pudo resistirse, a pesar de sus buenas intenciones, a tomarse un momento para mirar aquellos ojos brillantes, para ver su respuesta y sentir cómo ella contenía el aliento.
Y saber que ella no era más inmune que él al momento, a la cercanía, a la repentina calidez.
Inspirando profundamente, Jonas se obligó a soltarla y a dar un paso atrás.
Con los ojos todavía clavados en los de ella, inclinó la cabeza cortésmente.
– Espero que haya disfrutado del paseo. Buenas tardes, señorita Beauregard.
Ella intentó decir algo, pero tuvo que aclararse la garganta. Inclinó la cabeza también.
– Sí, gracias… ha sido un grato paseo. Buenas tardes, señor Tallent.
Volvió a inclinar la cabeza, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de la posada.
Jonas la observó hasta que su figura desapareció en la oscuridad interior; luego se volvió, rodeó los caballos y subió de un salto al pescante del cabriolé.
Hizo que los caballos dieran la vuelta y los puso al trote en dirección a Grange.
Ya que no podía arriesgarse a presionar demasiado a la señorita Emily Beauregard para que respondiera a sus numerosas preguntas, tendría que mostrarse sutil y no sobrepasar la línea que ella había establecido.