¿Cómo, dónde y por qué había sido sometida a atenciones no deseadas? No lo sabía, pero por alguna razón que no podía comprender, se sentía impulsado a conocer las respuestas.
Se sentía impulsado a ¿qué? ¿A defenderla?
Para su gran sorpresa, no pudo ni quiso descartar esa idea ni, mucho menos, el sentimiento que la acompañaba.
Algo que, al igual que ella, le hacía mostrarse sumamente cauteloso.
Siguió mirando el camino, con la voz agradable y casi musical de la señorita Beauregard llenándole los oídos, preguntándose qué era lo que debía hacer a continuación.
Preguntándose qué era lo que deseaba de verdad.
Preguntándose cómo conseguirlo.
Para cuando aparecieron ante ellos las primeras casas de Colyton, Jonas había tomado una decisión.
Tenía que averiguar mucho más sobre la señorita Beauregard. Tenía que obtener respuestas. Tenía que conocer sus secretos.
Ella, por supuesto, se resistiría a revelarlos.
Pero Jonas sabía que podía inquietarla y ponerla nerviosa sí se aprovechaba de la atracción física que había entre ellos.
Además, no quería que dejara de ser su posadera. Dada la firmeza de sus defensas y la fuerza de voluntad que percibía en ella, sabía que si la presionaba demasiado, ella no dudaría en hacer las maletas y marcharse.
Y que abandonara Colyton era algo que, definitivamente, él no quería.
Condujo el cabriolé al patio de Red Bells y detuvo los caballos. Se bajó del vehículo de un salto y clavó una mirada en la joven, desafilándola a que intentara bajar de nuevo sin su ayuda.
Ella esperó, no demasiado feliz. Resultó evidente que se estaba preparando para soportar su contacto sin reaccionar ante él.
Se levantó cuando él se acercó, Jonas extendió los brazos hacía ella, la agarró de la cintura y la bajó.
Pero no la soltó.
Al menos no de inmediato.
No pudo resistirse, a pesar de sus buenas intenciones, a tomarse un momento para mirar aquellos ojos brillantes, para ver su respuesta y sentir cómo ella contenía el aliento.
Y saber que ella no era más inmune que él al momento, a la cercanía, a la repentina calidez.
Inspirando profundamente, Jonas se obligó a soltarla y a dar un paso atrás.
Con los ojos todavía clavados en los de ella, inclinó la cabeza cortésmente.
– Espero que haya disfrutado del paseo. Buenas tardes, señorita Beauregard.
Ella intentó decir algo, pero tuvo que aclararse la garganta. Inclinó la cabeza también.
– Sí, gracias… ha sido un grato paseo. Buenas tardes, señor Tallent.
Volvió a inclinar la cabeza, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de la posada.
Jonas la observó hasta que su figura desapareció en la oscuridad interior; luego se volvió, rodeó los caballos y subió de un salto al pescante del cabriolé.
Hizo que los caballos dieran la vuelta y los puso al trote en dirección a Grange.
Ya que no podía arriesgarse a presionar demasiado a la señorita Emily Beauregard para que respondiera a sus numerosas preguntas, tendría que mostrarse sutil y no sobrepasar la línea que ella había establecido.
Pero aunque aquélla era una excelente resolución, antes tenía que descubrir dónde estaba la línea a partir de la cual ella se echaría atrás y alzaría el vuelo.
Con ese propósito en mente y esperando obtener más revelaciones involuntarias de la joven, Jonas se dirigió a Red Bells a última hora de la tarde.
Al entrar por la puerta principal, le sorprendió la multitud de gente que había en el lugar y se detuvo para evaluar la situación.
Que hubiera gente en la posada no era una sorpresa en sí, pero tal multitud desbordaba sus expectativas. El ruido reinante lo envolvió como una oleada. Se oían risas por todas partes, pero eso no era lo único diferente.
El lugar parecía diferente, aunque Jonas no vio nada -ni muebles ni decoración-que no hubiera estado allí antes. La diferencia más notable parecía deberse principalmente a una limpieza a fondo -¿Era lavanda lo que estaba oliendo?-combinada con una mejor distribución, de mesas y asientos junto con la reaparición de paños y mantelitos de adorno que hacía mucho tiempo que no veía.
Volvió a mirar a su alrededor, haciendo memoria. Decidió que la transformación ya había empezado cuando él fue a buscar a Emily esa misma tarde, pero estaba tan distraído que no había prestado atención. Y sospechaba que el cambio no había sido tan patente y deslumbrante a la luz del día como lo era ahora, con el lugar iluminado por las lámparas recién limpiadas y abrillantadas.
Al escudriñar la habitación, no le sorprendió ver que los clientes habituales estaban allí; entre otros, Thompson, el herrero, y su hermano, Oscar, y de Colyton Manor estaban allí Covey y Dodswell, el mozo de Lucifer. Pero además había una nutrida representación de los trabajadores de las haciendas: campesinos, jardineros y personal doméstico, algunos de los cuales procedían de mansiones distintas a las que él le había mencionado a su nueva posadera unas horas antes.
También estaban presentes los dueños de dichas mansiones, Jonas vio a Henry Grisby y a Cedric Fortemain charlando animadamente. Un poco más allá Basil Smollet bebía una cerveza mientras hablaba con Pommeroy Fortemain, el hermano menor de Cedric.
De las casas del pueblo habían venido Silas Coombe, la señora Weatherspoon y otros hombres de edad avanzada. Lo más destacable era que había muchas mujeres acompañando a sus esposos; mujeres que no pisaban la posada desde que ésta cayó en las manos del no llorado Juggs.
Pero más destacable aún era la multitud, en su mayor parte femenina, que se apiñaba a la izquierda de la puerta. Todas las sillas más confortables estaban ocupadas. La señorita Sweet, la vieja institutriz de Phyllida, estaba allí junto con la señorita Hellebore, que, a pesar de estar medio inválida, no había podido reprimir la curiosidad. Las dos le habían visto entrar y le estaban observando con manifiesto interés, pero él estaba acostumbrado a ser el centro de atención de sus brillantes y sagaces ojos.
Las dueñas de Highgate y de Dottswood Farm se encontraban también allí, charlando como cotorras.
Jonas echó otro vistazo a su alrededor, pero no vio a Phyllida entre la multitud. Era la hora de la cena de Aidan y Evan, así que no era de extrañar que no estuviera allí. Sin embargo, estaba seguro de que su gemela habría asomado la nariz por allí durante la tarde, pero como la señorita Beauregard había estado con él, lo más probable es que Phyllida aún no la conociera.
Huelga decir que todos habían ido a la posada para ver y conversar -al menos en el caso de las mujeres-con la nueva posadera. En ese mismo momento lady Fortemain, la madre de Cedric, estaba hablando con ella. Había acaparado a Emily Beauregard y Jonas sabía de sobra que la dama no estaría dispuesta a dejarla marchar.
Emily levantó la mirada y lo vio, pero lady Fortemain alargó la mano y apresó la muñeca de la joven, reclamando su atención.
Decidiendo que su nueva posadera podía necesitar ayuda para liberarse, Jonas se dirigió hacia ellas.
Em supo sin tener que mirar que Tallent se estaba acercando, y le irritó el estremecimiento nervioso que esa certeza provocó en su interior. Una parte de su mente -¿o eran sus instintos?-la impulsaba a interrumpir la conversación con lady Fortemain -de Ballyclose Manor, nada menos-y buscar refugio en su despacho o, mejor aún, en el ambiente completamente femenino de la cocina.
Otra parte de su mente -por fortuna la mejor parte-, se negaba en redondo a mostrar ningún signo de debilidad. Debía mantenerse firme, y no ponerse nerviosa ni reaccionar en modo alguno a la presencia de Jonas Tallent, al menos exteriormente. Pero lo más importante de todo era que debía escuchar con total atención lo que le decía lady Fortemain. Por lo que había oído esa noche, Ballyclose Manor ocupaba el primer puesto en la lista de «la casa más alta».
Pero con el elegante caballero acercándose a ella con gracia letal, centrar la atención en la dama en cuestión no era nada fácil.