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Lady Fortemain, que todavía le aferraba la muñeca con aquella mano parecida a la garra de un pájaro, clavo la mirada en su cara.

– Querida, ya sé que la aviso con poca antelación, pero me encantaría que usted y su hermana, creo que alguien ha mencionado que tiene veintitrés años, asistieran a la merienda de la diócesis mañana por la tarde en Ballyclose.

Lady Fortemain soltó a Em y le sonrió de modo alentador.

– Siempre ha sido el deber de Ballyclose ofrecer las meriendas de la diócesis. Es mi nuera, como actual señora de la mansión, quien debería ejercer de anfitriona, pero como está muy ocupada con su floreciente familia, le echo una mano en todo lo que puedo. -Había un indicio de determinación en los ojos de la dama cuando sostuvieron la mirada de Em-. En realidad, consideraría un favor personal que ambas asistieran.

Em mantuvo una expresión educada y ambigua mientras pensaba a toda velocidad. Sospechaba que asistir a meriendas -incluso aunque fueran las de la diócesis-no era algo que las posaderas hicieran habitualmente. De hecho, había esperado que su presencia en los alrededores fuera, si no un secreto, sí algo ordinario, pero al parecer ser la posadera local no era compatible con pasar inadvertida.

Y no se hacía falsas ilusiones sobre la razón por la que las habían invitado a ella y a Issy a la merienda, pues sabía que serían la principal atracción del pueblo hasta que se saciara la curiosidad de los vecinos. Por otro lado había un hecho innegable que no era otro que, por lo que había podido averiguar tanto de Tallent como de otros clientes, Ballyclose Manor era con toda probabilidad el escondite del tesoro Colyton.

Tenía que determinar si existían sótanos en la mansión -aunque estaba segura de que los habría-, y luego buscar el momento adecuado para inspeccionarlos.

Una merienda informal sería la oportunidad perfecta para dar el siguiente y necesario paso en la búsqueda del tesoro.

Con una expresión clara y sincera, respondió a la sonrisa de lady Fortemain.

– Gracias, milady. Tanto mi hermana Isobel como yo estaremos encantadas de asistir a dicho acontecimiento.

– ¡Excelente! -Lady Fortemain se reclinó contra el asiento con una expresión resplandeciente-. Será a las tres. Cualquier persona del pueblo podrá indicarles el camino. -La mirada de la dama se desplazó a la izquierda-. ¡Jonas, muchacho! -Le tendió la mano-. Querido, mañana ofreceré la merienda de la diócesis. Sé que es inútil pedirles a los caballeros que vengan, pero sí le apetece estaremos encantadas de darle la bienvenida.

Brindándole una sonrisa absolutamente ambigua, Jonas se inclinó sobre la dama y le besó los dedos.

– Lo pensaré, milady.

En especial sí, como parecía, su posadera estaría allí.

– ¿Me disculpan? -Con una educada inclinación de cabeza hacia lady Fortemain y otra más breve hacia él, la posadera se alejó.

Después de intercambiar unas palabras animadas con la dama, Jonas la siguió.

Por supuesto, ella intentó desalentarle moviéndose sin cesar de un grupo a otro entre las mujeres. Con el pelo castaño, los ojos color avellana y el vestido marrón que llevaba puesto, la joven le recordaba a un gorrión…, por lo que suponía que él debía de ser un halcón.

Sonriendo para sí, Jonas siguió a la posadera por la estancia. Dado que la posada era de su propiedad, ella no podía librarse de él, pero si pensaba que iba a cogerle por sorpresa o que se movería con torpeza por ese ambiente, iba a tener que pensarlo mejor. Ése era su pueblo, donde había nacido y pasado la mayor parte de su vida. Cada una de las mujeres allí presentes le conocían y los años que había pasado en Londres sólo habían servido para hacerlo más interesante para las damas. Todas querían hablar con él mientras circulaba por el lugar.

Entre el cauteloso comportamiento que estaba teniendo y la multitud de gente que lo rodeaba, Jonas dudaba que fuera evidente su interés por Emily, incluso ante los observadores y sagaces ojos de Sweerie y la señorita Hellebore. Había demasiadas conversaciones, demasiadas distracciones y demasiado bullicio como para que alguien se molestara en observarlos a ellos ni siquiera un minuto.

A las nueve, algunos clientes habían abandonado el lugar pero habían llegado otros. El salón de la posada, para absoluta satisfacción de Em, estaba completamente lleno.

Su némesis había dejado de seguirla y deambulaba por un lateral de la estancia. Se movía entre la gente como si fuera el dueño del lugar, algo que, por supuesto, era. Con una mezcla de alivio e indudable decepción, pues al parecer sus emociones eran independientes de su razón, Em aprovechó la oportunidad para escabullirse a la cocina y comprobar con Issy y Henry que todo iba bien y que las gemelas estaban a buen recaudo en la cama. Luego se deslizó en silencio hasta el pequeño vestíbulo que conducía a su despacho y observó desde allí con ojo crítico a la gente del salón.

Cuando regresó de Seaton, Issy le informó del éxito que había tenido la posada por la tarde. Hilda y ella habían decidido cocinar unos bollos para venderlos en la merienda. Habían hecho bollos sencillos -con nata cuajada y con frambuesas-y bollos de pasas, y los habían puesto a la venta a las dos.

A las cuatro ya los habían vendido todos. Una mujer que iba camino de la rectoría entró y compró media docena de bollos de pasas para el señor Filing y una docena para su propia familia. El olor de los dulces llegó también a las personas que pasaban por la calle, que se animaron a entrar y comprar más. La doncella de la señorita Hellebore llegó corriendo para comprar unos cuantos para la merienda de su ama. Al parecer el delicioso olor que inundaba el aire había flotado desde la cocina de la posada hasta la casa de la señorita Hellebore, haciendo que se le hiciera la boca agua.

– Pasteles -había declarado Em en cuanto se lo contaron-para el almuerzo.

Era una conclusión obvia a la que también habían llegado Hilda e Issy.

Em observó a los hombres que, sentados o de pie, tomaban una cerveza junto a la barra del bar. La cocinera y sus ayudantes habían hecho para los bebedores nocturnos deliciosos sándwiches y pequeños y exquisitos pasteles, pero era difícil saber cuál de las dos cosas había tenido más éxito pues todo había desaparecido hacía un buen rato.

A pesar del pequeño tamaño del pueblo, la posada podía ofrecer menús completos.

Estaba considerando qué platos sería más apropiado servir mientras observaba distraída a la gente, cuando se dio cuenta de que había una cabeza que no veía. Volvió a escudriñar la estancia. Luego, confiando en la protección de las sombras, se puso de puntillas, pero aun así no le vio por ninguna parte.

Debía de haberse ido.

Sintió una profunda decepción. No quería que él le prestara especial atención, pero al menos podía haberle hecho algún comentario elogioso sobre los notables cambios en la posada, o sobre el aumento de los beneficios, que tanto Edgar como John Ostler le habían informado de que era considerable.

Pero al parecer, Tallent no lo había considerado necesario.

– ¿Regodeándose en privado de su triunfo?

Aquellas palabras fueron susurradas a su oído y una cálida sensación le atravesó la nuca, provocándole un estremecimiento interior.

Se volvió con rapidez. Él estaba en la puerta del despacho, con el hombro apoyado contra el marco de la puerta.

A treinta centímetros de ella.

Le fulminó con la mirada.

Él le lanzó una mirada perezosa en medio de la penumbra.

– Debo felicitarla, señorita Beauregard. -Desplazó la mirada hacia el salón abarrotado de gente-. La posada no ha visto una multitud como ésta en más de una década.

Volvió a mirarla a la cara. La sinceridad de su expresión dejó sin palabras a Em, que no pudo articular ninguna respuesta inteligente.

«Gracias. No me olvidaré de comunicárselo al personal», eso era lo que ella tenía que haber dicho. Pero sus ojos se trabaron en los de él, y de algún modo se vio envuelta en aquella cálida y vivaz mirada, y las palabras que él había murmurado se convirtieron en algo demasiado personal, demasiado íntimo, para ser respondidas con una frase formal.