Em había aceptado hacía tiempo que no podía ser nada más que ella misma. Y esperaba que hubiera alguien lo suficientemente observador -estaba segura de que Phyllida Cynster lo sería-como para concluir que Issy y ella provenían de una familia de clase acomodada que había caído en desgracia.
Lo que era verdad, al menos por ahora.
Issy y ella habían decidido que ceñirse a dicha historia era lo mejor que podían hacer por el momento. La mayoría de la gente era demasiado educada para hacer demasiadas preguntas al respecto.
Sin embargo, en una comunidad tan pequeña, la educación era la educación, sin importar cuáles hieran sus circunstancias.
Y ésa pareció ser, ciertamente, la actitud de Pommeroy Fortemain cuando apareció al lado de Em.
– MÍ querida señorita Beauregard, permítame presentarme. Pommeroy Fortemain a su servicio. -Remató su discurso con una florida reverencia.
Aunque no era demasiado mayor -quizá la misma edad que Tallent-, Pommeroy Fortemain iba camino de ser corpulento, Su inclinación por chalecos a rayas y vistosos botones no hacía nada para encubrir su prominente barriga. Compartía pocos de los rasgos que caracterizaban a su hermano mayor, Cedric. Em esperó a que Pommeroy se enderezara, luego inclinó la cabeza y le dio la mano.
– Señor.
Se había separado de Issy y acababa de apartarse de un grupo de esposas de campesinos con las que había estado charlando. Se preguntó qué información podría obtener del hijo de su anfitriona, y liberó la mano del entusiasta apretón del hombre.
– Dígame, señor, ¿tengo razón al pensar que su hermano es el dueño de la mansión?
– Sí…, así es. Cedric es el dueño.
Ella había conocido brevemente a Cedric la noche anterior.
– Es bastante mayor que yo -la informó Pommeroy-. No asistirá a la merienda esta tarde. Está encerrado en su estudio, sin duda ocupado en los asuntos de la hacienda. -El tono de Pommeroy sugería que él estaba más que dispuesto a dejarle todo el trabajo a su hermano-. Yo me encargo de ayudar a mi madre en este tipo de acontecimientos. -Lanzó una mirada a su alrededor-, Aunque lo cierto es que no hay mucho que pueda hacer por aquí.
Em no supo si echarse a reír o mostrarse ofendida. Al final no hizo nada. Resultó evidente que él no había tenido intención de insultar.
– ¿Creció usted aquí…, en el condado?
– Sí, en esta casa. Los Fortemain han vivido en Ballyclose desde… -se quedó pensando un momento y luego pareció algo sorprendido-, lo cierto es que no sé desde cuándo.
– ¿De veras? -Em no tuvo que fingir interés. Cada vez estaba más segura de que Ballyclose Manor era la casa que buscaban. Miró a su alrededor como si estuviera estudiando la amplia estancia-. ¿Es una casa muy grande?
Pommeroy se encogió de hombros.
– Puede decirse que sí. Aunque no tan grande como otras.
– ¿Es la más grande de la zona?
El adoptó una expresión pensativa, luego asintió con la cabeza.
– Es probable que sea la más grande. -La miró fijamente a los ojos-. Pero ya está bien de hablar de este viejo montón de ladrillos. ¿Qué les ha traído a su familia y a usted a Colyton?
Ella esbozó una tensa sonrisa.
– Hemos venido a hacernos cargo de la posada. Vimos el anuncio en Axminster.
– ¿Así que proceden de allí?
– Sólo estábamos de paso. -La joven no quiso decir nada más, no vio ninguna razón para alimentar la ávida curiosidad que percibía en los ojos de Pommeroy. Tenía la firme sospecha de que era uno de esos hombres a los que les gustaba chismorrear. Desde luego a su madre le gustaba, y él se parecía muchísimo a ella.
Para sorpresa de Em, él se acercó más sin dejar de mirarla a los ojos.
– ¿Le gustaría dar un paseo conmigo en carruaje por la zona? Para mostrarle la vistas del pueblo y ese tipo de cosas.
Ella trató de parecer contrita.
– Lo lamento, pero soy la posadera y tengo que dirigir la posada. -Retrocedió un paso, dispuesta a seguir su ronda.
– Pero en realidad, usted se limita a gestionar la posada. No es quien hace el trabajo, sino que les dice a otros lo que tienen que hacer.
Él tenía bastante razón en eso, pero ella no estaba dispuesta a entablar una discusión sobre sus deberes, no con él. Estaba buscando las palabras adecuadas para convencerle de que ella no podía perder el tiempo con él cuando se fijó en que alguien se acercaba a ellos.
Y no era cualquiera, sino su patrón.
Le recorrió un revelador escalofrío por la columna.
Conteniendo la respiración, se giró para enfrentarse a él.
– Señorita Beauregard. -Jonas sonrió clavando la mirada en esos ojos color avellana antes de inclinar cortésmente la cabeza. Su posadera estaba muy atractiva…, no se parecía a ningún posadero que él conociera-. Permítame presentarle a mi hermana, Phyllida Cynster.
Phyllida le soltó el brazo y dio un paso adelante, atrayendo la brillante mirada de Emily mientras le tendía la mano. La joven se la estrechó con timidez.
– Es un placer conocerla, señorita Beauregard. Debo decirle que tenemos muchas esperanzas de que bajo su dirección la posada vuelva a ser un lugar de reunión en el pueblo.
Jonas observó cómo la posadera se ponía a la altura de las circunstancias, inclinando la cabeza graciosamente.
– Gracias, señora Cynster. Esa es, en efecto, mi intención. Espero que las damas de la localidad me ayuden a definir qué está bien o qué está mal en mi labor.
Phyllida sonrió ampliamente.
– Por lo que he oído, ya ha empezado con buen pie. La idea de los bollos estuvo genial.
Emily sonrió.
– La comida correcta en el momento adecuado.
– En efecto. -Phyllida asintió con la cabeza enérgicamente-. Siga así, y no le faltará la clientela. Lamento no haberla podido conocer ayer por la tarde. Me pasé por la posada, pero tengo entendido que… -Miró a su hermano-, que Jonas la llevó a Seaton para presentarle a Finch.
Jonas encogió los hombros.
– Me pareció que era lo menos que podía hacer, la señorita Beauregard necesitaba hacer un pedido a Finch.
Sintiendo que había una nota de censura en sus palabras -aunque no podía entender por qué-, Em se apresuró a decir:
– Le estoy muy agradecida al señor Tallent por dedicar su tiempo a llevarme hasta Seaton para conocer al comerciante en persona. Me ha ahorrado un montón de problemas innecesarios.
Phyllida la estudió con unos ojos castaños igual de insondables que los de su gemelo antes de reconocer:
– Con Finch es lo más probable. Se muestra muy desconfiado cuando no conoce al cliente, pero es totalmente distinto cuando tiene un trato directo. -Volvió a mirar a su hermano-: Me alegra mucho ver que te tomas tus responsabilidades tan en serio, hermanito.
Jonas hizo una mueca, pero antes de que pudiera responder, se les unió otra pareja.
Em sonrió cuando la presentaron, forzándose a poner su mente en funcionamiento, a enfocar los sentidos y a no dejarse distraer por el caballero que tenía al lado. Se había olvidado por completo de Pommeroy Fortemain, que aún seguía a su lado, pero sus estúpidos sentidos, plenamente conscientes de Jonas Tallent, lo encontraban totalmente fascinante.
Lo que era irritante y un tanto desconcertante. Aquella continua y creciente obsesión por Jonas Tallent -pues tenía que reconocer que aquella obsesión existía-comenzaba a inquietarla.
Por sí misma, no por él.
Lo que era una nueva experiencia para ella.
Después de que casi se besaran, porque eso era lo que había estado a punto de ocurrir la noche anterior en el oscuro vestíbulo de la posada, no sabía qué pasaría a continuación. No sabía qué podría llegar a hacer sí él provocaba de nuevo sus sentidos.
Cuando otras tres personas se unieron a su círculo, distrayéndolos a todos, ella aprovechó el momento para disculparse y alejarse del grupo. Nadie la oyó, nadie advirtió que se escabullía salvo Jonas, que giró la cabeza en su dirección. Pareció que iba a seguirla, pero en ese instante su hermana le hizo una pregunta y él no tuvo más remedio que volverse hacia ella.