Em se esfumó, perdiéndose entre los distintos grupos de gente que abarrotaban la sala y poniendo la mayor distancia posible entre ella y su patrón.
Había habido algo parecido a un brillo de determinación en aquella última mirada de Jonas que la hizo querer huir. Recordó que lady Fortemain no esperaba que Jonas asistiera, así que ¿por qué lo habría hecho? ¿Sólo para perseguirla?
– Tonterías -masculló Em. Se dirigió a un lado de la sala y, con un gran esfuerzo, apartó a Jonas Tallent de su mente y se concentró en el propósito que la había llevado allí: encontrar el tesoro que su familia había ocultado hacía tantos años.
El paso siguiente sería averiguar si Ballyclose Manor poseía el sótano que mencionaba la rima.
Miró a su alrededor. La multitud no era tan densa y localizar a Issy no fue difícil. El problema era que el señor Filing estaba con ella.
Además, según observó Em, su hermana, a pesar de sus sonrojos, estaba concentrada por completo en el señor Filing. Estaba hablando con él no sólo conversando educadamente. Estaban parados en medio de la estancia y parecía que sólo tenían ojos el uno para el otro.
En ese mismo momento, Em observó que una matrona de la localidad se apartaba de un grupo cercano, echaba una mirada a su alrededor hasta localizar a Filing y a Issy y se acercaba a ellos con la clara intención de unirse a su conversación.
Pero, entonces, la mujer se detuvo de golpe, les lanzó una mirada astuta y arqueó las cejas de manera imperceptible, esbozando una sonrisa antes de cambiar de rumbo y dirigirse hacia otro grupo.
Dejando que Issy y Filing siguieran hablando a solas.
Interesante. Incluso alentador. Pero…
Em echó un vistazo a su alrededor. El plan consistía en que Issy y ella buscarían el sótano juntas, y que su hermana vigilaría por si alguien se acercaba. Pero con Filing acaparando la atención de Issy, Em creía que acercarse a su hermana y escabullirse las dos para explorar la casa no sería un plan inteligente. Sospechaba que Filing seguiría observando a Issy aunque ésta estuviera hablando con otra persona.
Pero ya estaban dentro de Ballyclose Manor, y no estaba dispuesta a dejar escapar la oportunidad de buscar el tesoro. ¿Quién sabía cuándo surgiría otra ocasión?
Pero no había ninguna razón para que no buscara el sótano sola…, no con el flujo constante de lacayos que pululaban por la sala con platos llenos de pastelitos y pesadas bandejas con teteras.
Lo más probable era que la puerta del sótano estuviera cerca de la cocina.
Cuando vio salir a un lacayo con una bandeja vacía por una puerta cercana, ella le siguió.
La puerta conducía a un pasillo estrecho. El ruido de pasos quedaba amortiguado por una gruesa alfombra, y Em se apresuró para no perder de vista al lacayo. El hombre no regresó al vestíbulo principal, sino que se dirigió a una puerta verde que había al fondo y avanzó por una serie de corredores cada vez más estrechos, adentrándose en el interior de la casa.
Siguió a su objetivo a toda prisa, consciente de que otro lacayo o criada podría venir detrás de ella o aparecer delante, yendo en dirección opuesta. Si eso ocurría, diría que se había perdido y que, al ver al lacayo, decidió seguirlo, imaginando que la conduciría de vuelta a la sala.
Por suerte, su habilidad para la interpretación no se vio puesta a prueba, Con la bandeja vacía en la mano, el lacayo dobló la última esquina, Ella lo siguió y se detuvo ante unas escaleras de piedra, que bajaban hasta un descansillo antes de girar a la izquierda y desaparecer de la vista.
Había una puerta en el descansillo, enfrente del tramo de escaleras, y estaba abierta, mostrando el interior de una despensa. Por la cacofonía que se oía en las escaleras, éstas daban directamente a la cocina.
– ¡No seas imbécil! Limpia la bandeja con un paño antes de subirla. La señora pedirá mi cabeza si la llevas así, manchada de crema…
La única respuesta fue un sordo gruñido. Em no esperó a oír más. Se apartó de la escalera y avanzó por el corredor hasta el final. Allí encontró una puertaventana estrecha que daba a un patio interior. Tenía que situar la cocina en la distribución general de la casa, y así sabría con facilidad en qué lado se encontraba.
Al llegar a la puertaventana, miró afuera pero apenas vio nada. El patio era muy estrecho y limitaba su vista. Asió la manilla de la puerta y la giró…, y fue recompensada con un clic. Abrió la puerta y salió afuera. Después de echar una ojeada para asegurarse de que el patio estaba desierto, cerró la puerta con cuidado.
El patio, con el suelo de losas de piedra gris, era rectangular y estaba tapiado por tres lados. Cada muro estaba bordeado por varias enredaderas que llegaban basta el suelo. El fondo del patio estaba a la izquierda de la puerta. Una mirada rápida en esa dirección hizo que esbozara una sonrisa y caminara hacia allí con rapidez.
Se detuvo en el borde del pavimento, a la sombra del muro que se encontraba en una esquina del patio. Justo debajo de ella había un huerto, con sus pulcras hileras de verduras y hierbas que se desparramaban entre los caminos de tierra.
Había una escalera de piedra que conducía allí abajo. Bajó el primer escalón y se asomó por la esquina del edificio, viendo lo que parecía ser un lavadero en la parte trasera de la casa. También vio un porche estrecho con una puerta, probablemente la que daba acceso a la entrada trasera de la cocina, que estaría situada en esa misma pared a poca distancia. Pero lo que realmente captó su atención fueron el par de puertas situadas a medio camino entre el patio y la puerta trasera.
Tenían que ser las puertas del sótano.
Las estudió y luego recorrió con la mirada la larga fachada trasera. luego se volvió para observar los huertos circundantes, fijándose en los árboles para situar su posición.
Finalmente, volvió a mirar las puertas del sótano. Eran sólidas y tenían un grueso vidrio de pequeño tamaño en el centro. Desde donde estaba, no podía ver a través de él.
Estaba sopesando la idea de acercarse y echar un vistazo para confirmar si las puertas daban acceso realmente al sótano, arriesgándose a que la viera alguien que saliera de la cocina, cuando un peculiar e inquietante hormigueo le recorrió la espalda.
Se dio media vuelta bruscamente, subió el escalón que había bajado para regresar al patio y, casi se tropezó con un muro.
Un muro musculoso y masculino que no era otra cosa que el pecho de Jonas Tallent.
El corazón de Em no sólo dio un vuelco, sino que se descarriló por completo. Respiró hondo, pero el aliento se le quedó atascado en el pecho, haciéndola jadear.
Con los ojos muy abiertos, se hizo a un lado con rapidez.
– ¿Qué está haciendo aquí? -Em dijo las palabras casi como un chirrido.
Tragó saliva e intentó sosegar su desbocado corazón, intentando no percibir la atrayente calidez que parecía querer envolverla.
¿Cómo se había acercado tanto a ella sin que se diera cuenta? Había tardado demasiado en percatarse de su presencia. ¿Por qué sus estúpidos sentidos no se habían dado cuenta antes, advirtiéndola de que él estaba allí, cuando siempre lo percibían en todos lados? ¿Por qué…?
Dejó de balbucear mentalmente, respiró hondo, contuvo el aliento y se forzó a fruncir el ceño.
Recordó demasiado tarde que no era prudente mirarle directamente a los ojos y se hundió en las fascinantes e insondables profundidades que apresaron su mirada.
El arqueó lentamente una ceja.
– Estaba a punto de hacerle la misma pregunta.
Ella parpadeó. ¿Qué pregunta? Jonas estaba a menos de medio metro y se cernía sobre ella de tal manera que Em apenas podía recordar su nombre.
Él curvó los labios.
– ¿Qué está haciendo aquí? -dijo él con cierto toque acerado en la voz que despertó el instinto de conservación de Em. La joven luchó por liberarse del hechizo y lo miró con los ojos entrecerrados.