Pero no tuvo que luchar para liberarse, ni siquiera tuvo tiempo para aunar fuerzas y forcejear contra él, porque Jonas supo, leyó su reacción, y lenta pero definitivamente puso fin al beso de una manera renuente.
Emily no necesitaba pensar para saber por qué él se mostraba renuente. El hecho estaba grabado en cada movimiento lento y deliberado y en la contenida presión de las manos masculinas en sus costados. Pero también ese control, el hecho de que él se hubiera detenido de inmediato cuando ella había querido, la había dejado inmensamente tranquila.
Volvía a confirmarle que, como ella había pensado, él era, de hecho, un hombre honesto.
Y que estaba segura con él. O. al menos, de él.
En lo que a Jonas Tallent concernía, el peligro provenía de ella misma.
Sus labios se separaron lentamente. Él levantó la cabeza y dio un paso atrás. Sólo entonces abrió los párpados y la miró a los ojos.
La calidez de la mirada de él era imposible de confundir.
La dejó sin aliento, haciéndola estremecer interiormente.
Jonas le sostuvo la mirada con los ojos entrecerrados pero agudamente ardientes.
Ella intentó apartarse. El tuvo que obligar a sus manos a soltarla, lo que finalmente hizo.
Jonas se incorporó, con los ojos todavía clavados en los de ella. Sus facciones parecían más duras ahora, con ángulos afilados y rudos planos.
– Si con esto pretendía que perdiera el interés en usted y en sus actividades… permítame informarle de que, lamentablemente, ha calculado mal.
El tono ronco y grave de sus palabras, cargado de pura posesión masculina, hizo que Emily entrecerrara los ojos.
– Yo y mis actividades -le informó con sequedad-, no somos asunto suyo.
Jonas le sostuvo la mirada con firmeza.
– Antes, es posible. ¿Ahora? -Curvó los labios con una intención puramente depredadora-, sin duda.
Ella entrecerró más los ojos y le lanzó una mirada fulminante, luego se dio la vuelta y se dirigió con paso airado hacía la puerta.
Girando la cabeza, Jonas la observó marcharse.
– Sin duda, Emily Beauregard, sin duda alguna -repitió quedamente para sí mismo.
Y la siguió de vuelta a la casa.
CAPÍTULO 05
Si Emily Beauregard pensaba que podía besarle así, que podía mirarle con estrellas en los ojos aunque estuviera a plena luz del día y esperar que la dejara en paz, estaba muy, pero que muy equivocada. Estaba…
– ¡Loca! -Andando a zancadas por el sendero del bosque que conducía a la mansión, Jonas dio un puntapié a una rama caída para apartarla de su camino-. Está absoluta e incomprensiblemente loca.
A pesar de todo, conociendo las extrañas ideas que se les metían a las mujeres en la cabeza, estaba seguro de que ella continuaría intentando rechazarle,
¡Pues que lo intentara!
Después de ese beso, el no era capaz de pensar en otra cosa salvo en volver a besarla.
Y mientras tanto, tenía intención de averiguar qué era lo que ¡es había llevado, a ella y a su familia, a Colyton. Estaba resuelto a saber qué estaban buscando. Estaba claro que lo que fuera que ella buscaba, pensaba que podría estar en Ballyclose, aunque Jonas no sabía exactamente dónde. El huerto parecía un lugar extraño para buscar algo. Si ella le decía qué era lo que buscaba, él podría preguntarle a Cedric, y así tendrían alguna idea de dónde podría estar.
Jonas no sabía por qué Emily necesitaba mantener aquella búsqueda y el objetivo de la misma en secreto, pero ya había considerado y descartado la idea de que pudiera ser algo ilegal.
La idea de que la señorita Emily Beauregard pudiera estar involucrada en algún asunto turbio o vil, era sencillamente inaceptable. Totalmente ridícula. No sabía por qué estaba tan seguro de eso, pero lo estaba. Ella era el tipo de persona que de encontrar un chelín en el camino, insistiría en revolver el pueblo entero, por no decir las granjas más remotas, hasta dar con el propietario de la moneda.
No. El motivo por el que Emily mantenía en secreto sus auténticos intereses en Colyton era una cuestión de confianza.
En cuanto confiara en él, se lo contaría todo.
Pero hasta que eso sucediera, Jonas tenía que vigilarla de cerca para asegurarse de que no se metía en serios problemas mientras se dedicaba a aquella búsqueda secreta.
Tampoco sabía por qué se sentía responsable de su seguridad y más teniendo en cuenta aquella declaración de la joven de "ni yo ni mis actividades somos asunto suyo», pero por el momento no pensaba perder el tiempo intentando buscar una explicación lógica. Por más irracional que fuera, se sentía impulsado a velar por ella, y eso era todo.
No había que darle más vueltas al asunto.
La mansión apareció delante de él, con su tejado de pizarra gris, brillando trémulamente entre los árboles. Hacía un rato que había pasado por el camino lateral que conducía a la parte trasera de la posada. Redujo la marcha, preguntándose si debía… No, mejor no. Apretó el paso y continuó adelante. Emily, Em, estaba a salvo por el momento. Y además había otra persona que quería ver.
Necesitaba reclutar a alguien para su causa.
El camino conducía a los establos de Colyton Manor y, desde allí, a la puerta trasera de la mansión. La ruta más corta entre Grange y Manor era el sendero que atravesaba el bosque; los habitantes de ambas casas lo usaban con frecuencia, sobre todo desde que Phyllida había abandonado el hogar familiar en Grange para vivir con Lucifer en el Manor. Por lo que a nadie le sorprendió que Jonas apareciera en la cocina de la mansión. Saludó a la señora Hemmings, el ama de llaves de Phyllida, y a la cocinera que, con las manos metidas en la masa, le devolvió el saludo alegremente mientras él se acercaba a la despensa donde estaba el mayordomo.
Lo encontró allí sacando brillo a la vajilla de plata.
– Buenos días, Bristleford. ¿Sabes por casualidad dónde se encuentra mi hermana?
– Buenos días, señor. Creo que encontrará a la señora en el salón.
Jonas frunció el ceño.
– ¿En el salón? -Phyllida rara vez utilizaba el salón, prefería la comodidad de la salita.
– En efecto, señor, está reunida con la dama de la posada. La señorita Beauregard.
– Ah. -Arqueó las cejas e inclinó la cabeza para agradecer la información, consciente de la manera en la que Bristleford había descrito a Emily. Al igual que Mortimer, Bristleford rara vez se equivocaba con el estatus social de alguien.
Jonas atravesó la casa en dirección a la puerta que comunicaba las dependencias traseras con el vestíbulo, luego se dirigió a paso vivo al salón que se encontraba a la derecha.
Se detuvo en el umbral, encontrándose con los dos pares de ojos que, alertados por el ruido de sus pasos, se volvieron hacia allí.
Unos ojos, del mismo color castaño oscuro que los suyos, mostraban un leve interés. Los otros, de brillante color avellana, estaban abiertos de par en par, aunque la sorpresa fue reemplazada rápidamente por cautela.
Jonas sonrió.
– Buenos días, señoras. -Se acercó a la chaise donde estaban sentadas una junto a otra, se inclinó y besó la mejilla que Phyllida le ofrecía, luego saludó a Emily con un gesto de cabeza-. Señorita Beauregard. -Miró los tres libros que ésta sostenía en el regazo-. ¿Me equivoco al suponer que es usted una ávida lectora?
Phyllida se recostó en el asiento, escudriñando su cara.
– La señorita Beauregard tiene interés en conocer la historia del pueblo. Como es natural, Edgar la envió aquí. -Miró a Emily-. Lucifer ha ido a Axminster, así que estoy ayudando a la señorita Beauregard en lo que puedo. -Phyllida volvió a mirar a su hermano-. Pero no estoy segura de que éstos sean los únicos libros que existen sobre la historia del pueblo. ¿Tú qué crees?
Jonas había estado observando la cara de Emily durante todo el rato, y vio con claridad la desazón que se ocultaba tras su expresión educada. Sonriendo con facilidad, le tendió una mano.