– Déjeme ver qué le ha dejado mi hermana.
Ella le dio los libros. El revisó los lomos, ignorando la especulación que asomaba en los ojos de Phyllida.
Siendo su hermana -su gemela-era muy sensible a sus estados de ánimo, y muy menudo podía leerle el pensamiento, demasiado a menudo para su propio bien. A pesar de que ni él ni Emily habían hecho o dicho nada que indicara a Phyllida por dónde iban los tiros, ella ya había notado las corrientes subyacentes que había entre ellos, y ahora los observaba con gran interés.
– Hay más libros sobre el pueblo. -Le devolvió los volúmenes a Emily, mirándola directamente a los ojos-. ¿Está interesada en algún aspecto en especial?
Em negó con la cabeza.
– No… sólo en la historia general. -Miró a Phyllida-. Como le he mencionado a la señora Cynster, espero que la posada vuelva a ser el centro de la vida del pueblo, y he pensado que me vendría bien conocer algunas antiguas tradiciones locales. -Levantó la cabeza, sonriéndole a Jonas-. Además de que, por supuesto, estoy interesada en el pueblo que ahora es mi hogar.
Jonas sabía que no le estaba diciendo toda la verdad. Emily podía verlo en la expresión cínica de sus ojos. Percibió que él vacilaba, buscando la manera de presionarla un poco más, pero Em se forzó a no revelarle nada.
Oyeron que alguien bajaba ruidosamente la escalera, luego oyeron los mismos pasos estrepitosos en el vestíbulo delantero, y todos levantaron la mirada hacia la puerta abierta.
La señorita Sweet apareció bruscamente agitando las manos como loca.
– Oh, aquí estás, querida Phyllida. -La señorita Sweet parecía algo afligida-. Me temo que se han vuelto a escapar y andan sueltos por ahí.
A Phyllida se le pusieron los ojos como platos. Se levantó justo cuando se oyó un agudo chillido por encima de sus cabezas.
Todos levantaron la mirada al techo. Phyllida suspiró y negó con la cabeza, curvando los labios en una sonrisa.
– Si me disculpa, señorita Beauregard, me temo que tendré que ir a averiguar a qué se debe tanto alboroto. -Miró a Jonas-, Pero sin duda, mi hermano podrá ayudarla en todo lo que necesite.
Em se levantó con los tres libros en las manos.
– Sí, por supuesto. Gracias por su tiempo. -Levantó los volúmenes-, ¿Está segura de que quiere prestármelos?
– Claro que sí. -Phyllida ya se encaminaba a paso vivo a la puerta-. Los libros existen para ser leídos, y en especial los de historia. -Se detuvo en la puerta y miró a Jonas. Él le sonrió.
– Buscaré algunos libros más para la señorita Beauregard y luego subiré a rescatarte.
Phyllida se río, se despidió con una inclinación de cabeza y se marchó. La señorita Sweet ya revoloteaba delante de ella.
Cuando se desvaneció el sonido de pasos, Em miró a Jonas -al señor Tallent-sólo para descubrir que él la observaba fijamente. Inquisitivamente, en realidad. Era la primera vez que estaban juntos y a solas desde aquel imprudente beso de la tarde anterior. Ella esperaba sentirse torpe e incluso avergonzada -a fin de cuentas había sido ella quien le había besado, invitándole a que siguiera haciéndolo-, pero dado que él tenía intención de averiguar qué era lo que ella estaba buscando, no tenía tiempo para andarse con susceptibilidades. Levantó los tres libros.
– Lo más probable es que sean suficientes, al menos para empezar. -Se dirigió hacia la puerta.
El arqueó las cejas, y la siguió.
– Tenemos más libros aquí… Los que lleva consigo son demasiado generales. -Como ella se limitó a inclinar la cabeza y seguir caminando, Jonas añadió-: Pensé que estaba interesada en cosas más específicas…, como algunas casas. -Ella lo miró, y él le sostuvo la mirada-. Por ejemplo, Ballyclose Manor.
Ella se detuvo bruscamente.
– Cualquiera que venga al pueblo se interesaría por la historia de una mansión como Ballyclose Manor. -Sosteniéndole la mirada, ella continuó-: Como posadera es esencial para mí saber todo lo que pueda sobre las casas de los alrededores, aquellas que disponen de personal y que consideren el pueblo como suyo.
– ¿Quiere decir que su interés por las propiedades circundantes se debe sólo a su deber como posadera?
Ella vaciló antes de asentir con la cabeza de manera enérgica. Convincente.
– Ni más ni menos.
El suspiró. Y dio un paso hacia ella.
Con los ojos llameantes, Emily dio un paso atrás.
El repitió el movimiento tres veces más hasta que la arrinconó en la esquina de una pared entre dos estanterías de libros sin que pudiera escapar. Ella se dio cuenta y se detuvo. Entonces, se puso rígida, alzó la barbilla y le miró enfadada.
– Señor Tallent.
El se acercó un poco más y alzó una mano para retirarle un rizo suelto en la mejilla. La miró a los ojos.
– Jonas -dijo él.
Emily intentó respirar hondo, pero reñía los pulmones comprimidos. Un simple toque, la caricia más suave, y la había distraído. Aquella certeza provocó una oleada de inesperada lujuria en él, distrayéndole de la misma manera eficaz.
Ella había bajado los párpados, pero entre las largas pestañas había clavado los ojos en sus labios.
Él dejó de pensar y actuó.
Levantó lentamente la mano y le cogió la delicada barbilla, alzándole la cara al tiempo que bajaba los labios hacia los de ella.
Se los cubrió con suave lentitud, dándole tiempo de sobra para que opusiera resistencia.
Ella no lo hizo, sólo emitió un suave suspiro cuando le cubrió la boca con la suya.
Él se acercó todavía más y le dio a Em lo que deseaba…, tomando lo que él quería. Otro beso.
Muy diferente del primero.
Fue como si sus labios, sus bocas, se conocieran de siempre y reconocieran el roce, el sabor, la textura. Y desearan mucho más.
Ella sostenía los tres libros contra el pecho, una sólida barrera que mantenía separados sus cuerpos, dejando que ambos se centraran sólo en el beso, en la unión de sus bocas, en la creciente calidez de sus labios y lenguas, en la comunicación táctil.
Él se sintió ávido, hambriento, apremiado.
Em parecía sentir igual o incluso más que él. Se dejaba guiar en vez de tomar el mando, pero cuando el beso se volvió más caliente y profundo, lo acompañó en cada paso del camino.
Se movió contra él y Jonas sintió que perdía el control.
Aquel suceso sin precedentes fue suficiente para que recuperara un poco de cordura.
A ciegas, él apoyó las manos en las estanterías a ambos lados de ella, aprisionándola una vez más. Era mucho más seguro que tomarla entre sus brazos, que era lo que le exigía su yo más primitivo.
Él interrumpió el beso lo justo para preguntarle:
– ¿Qué está buscando?
Em alzó una mano a su mejilla para volver a guiar sus labios a los de ella.
– Nada. -Sus labios se volvieron a encontrar, y ella suspiró-. Nada.
La besó otra vez y Em le devolvió el beso y, por un momento, no importó nada más.
Pero él sabía que no podía seguir besándola sin saber antes la verdad.
Jonas se echó hacia atrás, rompiendo el contacto, aunque sin dejar de aprisionarla entre sus brazos. Esperó a que Emily cogiera aire y lo mirara a los ojos antes de hablar.
– Dígame qué está buscando.
Ella le sostuvo la mirada durante un momento eterno.
– No. Como ya le dije antes, no es asunto suyo.
– Se equivoca. Sí que lo es.
Em alzó la barbilla y apretó los labios.
– Señor Tallent.
– Jonas. -La miró a la boca, instándola a decir su nombre. Pero los tentadores labios siguieron apretados en una línea sombría. Usando los libros como escudo, Emily le empujó el pecho.
– ¿Me permite…?
Él volvió a mirarla a los ojos. Luego, lentamente, apartó las manos de las estanterías, se enderezó y dio un paso atrás.