Выбрать главу

– Es posible que pueda localizar más libros sobre el pueblo.

Ella le rozó al pasar junto a él.

– Gracias, pero no. -Em se dirigió a paso vivo hacia la puerta-. Con éstos será suficiente por el momento.

El la siguió a través de la puerta y del vestíbulo principal. Em se detuvo ante la puerta principal. Jonas la siguió, agarró el picaporte antes que ella, lo giró y luego se detuvo. La miró a los ojos.

– Por el momento.

Los ojos de Em brillaron de furia y entendimiento, al comprender que él no estaba hablando de los libros.

Jonas abrió la puerta y ella se apresuró a pasar junto a él.

– Buenos días, señor Tallent.

Apoyando el hombro contra el marco de la puerta, Jonas la observó recorrer el camino que conducía al portón. Lo abrió y lo atravesó. Emily no le miró mientras se giraba para volver a poner el pasador, pero supo que él estaba allí, observando.

No la escuchó inhalar por la nariz, pero sospechó que eso fue lo que hizo antes de darse la vuelta y echar a andar por el sendero.

Cada instinto de Jonas le impulsaba a seguirla y continuar el debate que habían comenzado en el salón de su hermana.

Aquella conversación distaba mucho de haber terminado, pero se enderezó, dio un paso atrás y cerró la puerta.

Emily Beauregard iba a la posada, que era de su propiedad. Dejarla escapar, o permitir que pensara que lo estaba haciendo… no era una mala decisión. De esa manera podría sorprenderla más tarde.

Entretanto…, se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras. Aún no había cumplido el propósito que le había llevado a Grange. Subió al primer piso y se dispuso a buscar a Phyllida.

Por conseguir el apoyo de su gemela bien valía la pena dejar escapar a Emily Beauregard… durante media hora más o menos.

Em se dirigió a Red Bells presa de una agitación inusitada en ella que, por supuesto, no podía permitir que se notara. Se obligó a ir más despacio y a sonreír a los clientes que seguían el mismo camino, atraídos por los apetitosos olores que flotaban en el aire desde la posada.

Resultaba evidente que los pasteles eran todo un éxito. Una cosa menos por la que preocuparse.

De hecho, poco a poco, elemento a elemento, la posada se transformaba progresivamente bajo su guía. Ahora, Em confiaba por completo en que convertiría Red Bells en el establecimiento que había imaginado, en la institución que pensaba que debería ser.

El propietario era el único inconveniente.

Sentirse atraída por él ya era suficientemente malo y problemático, pero que él se sintiera atraído por ella era incluso peor. Podía controlar lo primero, pero lo último parecía estar fuera de su control.

Se acercó a su despacho, puso los tres libros sobre el escritorio y los observó fijamente, sin ver realmente sus lomos y cubiertas.

Ya no cabía ninguna duda de que su patrón estaba interesado en ella. Que sentía el mismo interés que ella por él. Lo que le preocupaba era adonde creía él que les conduciría aquello. Ella, perteneciera o no a una clase acomodada, era su posadera. Entre ellos sólo podía haber una relación ilícita…, y por lo poco que sabía de los caballeros de su dase, que era la de ella también, lo más probable es que aquella relación se limitara a una breve aventura.

Y ése era el quid de la cuestión. Las damas de su posición, fueran posaderas o no, no podían permitirse tener relaciones, ni mucho menos affaires. Al menos no antes de haberse casado y establecido y de haberle dado un heredero a su marido.

Puede que se estuviera haciendo pasar por posadera, pero no podía evitar ser ella misma.

Como Jonas -el señor Tallent-no podía tener otra cosa en mente más que un affaire, estaba fuera de toda duda que no debía mantener ninguna relación con él. Así que, mientras pudiera, debía evitar al señor Tallent a toda costa, y de no ser posible, hacerle entender de una vez por todas que su presencia no la afectaba.

Que no la hacía anhelar nada en absoluto.

– ¡Eso es! -Apretando los labios, apiló los libros con resolución-. Decisión tomada. -Rodeó el escritorio y dejó caer el bolsito en el cajón inferior, lo cerró, se enderezó y se alisó las faldas.

Tomó aire, levantó la cabeza y, componiendo una sonrisa, se dirigió a la cocina.

Se pasó la media hora siguiente con Hilda, apuntando los ingredientes necesarios para los distintos tipos de pasteles que harían esa semana. Luego llegó Issy con las gemelas a remolque. Al ver a Em, las dos niñas comenzaron a quejarse de inmediato por tener que practicar rodas las mañanas en el viejo piano del salón.

– Y además -indicó Bea-, Issy nos ha obligado a salir y subir e enorme colina.

Issy puso los ojos en blanco.

– Si es sólo la colina de la iglesia.

– ¡Hacía viento! -Gert se sentó a la mesa-. Pero Issy nos dijo que teníamos que subir para insprarnos.

– Inspirarnos -la corrigió Issy pacientemente. Buscó la mirada de Em-. Para dibujar por la tarde.

Em asintió con la cabeza y miró a las gemelas.

– Espero que ambas tengáis un paisaje en mente. Subiré y echaré un vistazo a vuestros dibujos cuando terminéis.

Se habrían quejado, pero Hilda eligió ese momento para poner los pasteles recién sacados del horno ante ellas, y saciar el apetito tenía prioridad sobre codo lo demás.

Em intercambió una cariñosa mirada con Issy.

Hilda le ofreció a Issy un pastel, pero ésta lo rechazó con un gesto de la mano.

– Ya me comeré uno más tarde. Ahora quiero ver cómo se hacen.

Como había sido Issy la que había ayudado a Hilda a diseñar los diversos rellenos, Em accedió. Mientras las contribuciones culinarias de Issy se limitaran a crear recetas, Em estaba contenta.

También ella fue al salón cuando llevaron los pasteles a la barra y los colocaron ante los ansiosos clientes. Em observó las caras y las miradas de la gente que masticaba con evidente placer, preocupándose sólo de devorar los dulces.

Su mirada se cruzó con la de Issy al otro lado de la estancia, y las dos sonrieron. Los pasteles se acabaron en menos de una hora.

Em cruzó la estancia hasta la puerta de la cocina y se detuvo al lado de Issy e Hilda, que habían salido a mirar.

– Creo que mañana tendremos que duplicar la cantidad.

– Eso parece. -Hilda asintió con la cabeza mientras una amplia y radiante sonrisa le iluminaba la cara-. Mañana haré el doble y ya veremos qué pasa.

Em volvió a dar otra vuelta por el salón con la idea de dirigirse luego a su despacho. La vieja señora Smollet, que estaba sentada cerca de la puerta, le hizo señas para que se acercara, felicitándola por el pastel de carne de cordero.

– Gracias… le comunicaré a la cocinera sus amables palabras. -Em se dio la vuelta y se detuvo un momento bajo el rayo de luz que entraba por la puerta abierta de la posada. Luego dio un paso atrás para examinar mejor sus dominios, y se sintió más que satisfecha. La cantidad de gente que había en pleno día, ya superaba la que solía haber por las noches antes de su llegada.

Estaba pensando que su patrón debería sentirse complacido cuando el rayo de luz se desvaneció.

Incluso sin darse la vuelta, supo que él había llegado, como si hubiera sido conjurado por sus pensamientos, bloqueando la luz de la puerta.

Su primer impulso fue echar a correr al santuario de su despacho, pero no creía que allí pudiera estar a salvo de él. De hecho, parecía que el lugar más seguro era donde se encontraba ahora, a la vista de una buena parte del pueblo.

Así que afianzó las piernas, plena y dolorosamente consciente de que él estaba a su espalda, a menos de treinta centímetros de ella.

– Debería felicitarla, señorita Beauregard. El negocio prospera bajo su guía.

Las palabras fueron pronunciadas con tono ronco en su oído, pollo que aquella voz profunda convirtió la frase educada en algo parecido a una caricia.