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Sin darse la vuelta, ella asintió con la cabeza rígidamente.

– Gracias. Le comunicaré su satisfacción al personal.

– Hágalo.

Ella oyó la diversión en su voz y supo que Jonas acabaría por provocarla de alguna manera si no se apartaba pronto de él.

Y mientras buscaba algo que decirle, la salvación apareció justo a su lado. Le señaló con la mano los platos que una de las sobrinas de Hilda llevaba a una mesa.

– ¿Ha almorzado? Se han acabado los pasteles de cordero, pero le recomiendo que pruebe el pastel de carne.

Ella esperó una respuesta, percibiendo una pausa a su espalda, pero luego él habló con el mismo tono que antes,

– Ojalá pudiera satisfacer mi apetito con eso.

Ella no pudo evitar darse la vuelta con tas mejillas encendidas.

La imagen de Jonas parado en la puerta, con el hombro apoyado despreocupadamente contra el marco -toda aquella deliciosa masculinidad tan cerca de ella-, no ayudó. Em tuvo que obligarse a levantar los ojos a su cara.

Él le sostuvo la mirada y arqueó una ceja.

Ella lo observó con los ojos entrecerrados.

– Si no podemos tentarle con eso, entonces lamento decirle que no tenemos nada más que ofrecerle.

El curvó los labios.

– Quizá por ahora no, pero ¿quién sabe el delicioso menú que podría ofrecerme algún día?

Ella entendió perfectamente lo que insinuaba, y se le enrojecieron aún más las mejillas, pero estaba resuelta a fingir inocencia.

– Pues precisamente hace una hora discutía con la cocinera si añadir pasteles de pollo y de puerro al menú.

– ¿De veras? -Su mirada oscura sostuvo la de ella-. Aun así, creo que esperaré a algo un poco más satisfactorio.

Hubo un destello en aquellos profundos ojos marrones, pecaminosamente picaros. Los labios de Jonas se curvaron en una sugestiva sonrisa. En ese momento, Emily recordó con claridad el beso que le había dado.

La joven se aclaró la garganta.

– Me cuesta imaginar que exista algo que pueda considerarse más satisfactorio que un pastel de carne.

La sonrisa de Jonas se hizo más profunda. -Lo hay, pero es un secreto. El secreto de Em.

– Dudo que aparezca ningún secreto en el menú.

– Ya veremos. Y luego, por supuesto… -Bajó la mirada a los ojos de Em-, hay algo muy dulce que me apetece probar muchísimo más.

Ella contuvo el aliento, intentando con todas sus fuerzas lanzarle una mirada airada, algo muy difícil cuando uno notaba que la cabeza le daba vueltas.

– Definitivamente, no hay cosas tan dulces en nuestro menú.

– Todavía no, pero ya veremos.

El se movió y, enderezándose, alargó la mano y la tomó del codo, apartándola a un lado, para que los hermanos Thompson pudieran pasar.

Los dos hermanos, tan gigantescos como imponentes, intercambiaron educadas inclinaciones de cabeza con el señor Jonas Tallent, que él respondió con elegante facilidad.

Luego volvió a centrar su atención en ella, pero Em ya había recuperado la capacidad de pensar. Se irguió y se despidió con un gesto de cabeza.

– Si me disculpa, debo ocuparme de la posada.

Él lo consideró por un momento y luego asintió con la cabeza.

– Como usted quiera. Pero regresaré, señorita Beauregard, regresaré todas las veces que haga falta hasta que me quede satisfecho.

Ella no podía soportar dejarle decir la última palabra, en especial cuando lo último que él había dicho estaba tan cargado de insinuaciones.

– Creo que muy pronto descubrirá, señor, que se esforzará en vano.

Em había tenido ¡atención de irse en ese momento, pero los dedos de Jonas se tensaron a modo de advertencia en su codo. En ese momento, él inclinó la cabeza.

Ella se quedó paralizada mientras el pánico la invadía. Sin duda alguna no sería capaz de besarla en el salón ante una docena de clientes interesados, ¿verdad?

La respuesta fue no. Para su inmenso alivio, él sólo se inclinó más cerca para que nadie más pudiera oírlo, salvo ella.

Pero bajó la voz de tal modo que resonó y reverberó a través de Em. Los ojos de Jonas atraparon los suyos; tan cerca, tenían un efecto hipnotizador en ella.

– Hay algo que debe saber, Emily Beauregard -susurró él con calma, pero remarcando cada una de las palabras-. Tengo intención de conocer todos sus secretos, y tengo intención de tenerla, y soy un hombre muy paciente y muy decidido.

Sin poder evitarlo, los ojos de Em buscaron los de él, como si quisiera confirmar que él decía en serio cada una de esas palabras. La cabeza le dio vueltas. La joven intentó coger aliento. ¿Qué podía responder a una declaración tan descarada?

Cuando finalmente logró respirar hondo, Em decidió que la discreción era su mejor arma en ese momento. Liberó el codo de su agarre, se dio la vuelta y se encaminó a su despacho.

Pero cuando había dado unos pasos, se detuvo, irguió la cabeza y se giró hacia él. Buscó la mirada masculina con los ojos llameantes.

– ¡Eso está por ver!

Nadie salvo él podía interpretar la frase.

Con una leve inclinación de cabeza, Em se dio la vuelta y retomó el camino que conducía a la seguridad de la cocina.

Tres días después, mientras permanecía sentada en la iglesia, escuchando el sermón del señor Filing, Em todavía se felicitaba por haber logrado dar esquinazo a Jonas Tallent.

Desde aquella tensa conversación en la puerta de la posada, le había visto sólo a distancia, desde el otro lado de la barra o en la calle. Él no había intentado llamar su atención ni hablar con ella, pero Em había sentido su oscura y firme mirada sobre ella cada vez que estaba cerca de él.

Lo que había ocurrido muy a menudo. Emily había esperado que dada su actitud desdeñosa y desalentadora, Jonas se aburriría y acabaría por perder el interés, pero no había dado muestras de ello. De hecho, parecía que cada vez que Em se daba la vuelta, él estaba allí, con los ojos clavados en ella.

La intensidad de la mirada de Jonas era inquietante, pero si se limitaba a mirarla fijamente, se daría por satisfecha.

Él también estaba en la iglesia, pero la familia Tallent tenía un banco reservado para ella en la parte delantera, así que Em no había tenido que soportar el peso de su mirada durante todo el servicio. Jonas no se había girado ni la había mirado por encima del hombro ni una sola vez, razón por la cual, desde luego, Em estaba muy agradecida.

Cuando concluyó el sermón, todos se levantaron para entonar un himno. Con reconfortante inexorabilidad, fueron transcurriendo todas las acostumbradas etapas del servicio hasta que el señor Filing dio la bendición final y salió de la iglesia. Levantándose del banco que había ocupado, Em y su familia se unieron al éxodo que avanzaba lentamente por la nave central, situándose justo detrás de las familias que ocupaban los primeros bancos, quienes, siguiendo la costumbre, salían en primer lugar.

Al organizar a las gemelas, instándolas a caminar delante de ella y de Issy, Em perdió de vista la oscura cabeza de Tallent. Como no sintió el peso de su mirada a su espalda, supuso que estaba delante de ella. Con suerte, habría salido acompañado de su hermana y su cuñado, y no perdería demasiado tiempo charlando en el cementerio de la iglesia.

Al pasar junto al señor Filing, Em le estrechó la mano y le felicitó por el excelente sermón -lo que significaba que para ella había sido corto y acertado-, y luego siguió avanzando para que Issy y él pudieran hablar.

Em se detuvo en el último escalón y miró a su alrededor, descubriendo que era el objeto de multitud de miradas curiosas. Al principio, se quedó un poco perpleja pues los habitantes de Colyton habían tenido toda la semana para acostumbrarse a ella, pero cuando bajó al camino y llamó á las gemelas, se dio cuenta de que eran ellas, al igual que Henry, que iba detrás de Issy, quienes eran el verdadero centro de atención.

Cuando la señora Weatherspoon, sustentándose en la prerrogativa que da la experiencia, pues tenía más hijos de los que se podían contar, la llamó con señas, Em les dijo a las gemelas que no se movieran de su lado y se portaran bien, y se acercó para que la mujer las conociera.