Выбрать главу

Así que siguió evitándole con más firmeza si cabe durante los cuatro días siguientes, esperando que, de esa manera, dejara de observarla como un halcón. Emily no podía evitar sentirse como una paloma cuando él estaba cerca.

Pero Jonas siguió observándola. Cada vez que ella se daba la vuelta, parecía que él estaba allí. El oscuro peso de su mirada comenzaba a resultarle muy familiar.

Por fortuna, Jonas no podía leerle el pensamiento.

Se pasó los cuatro primeros días de la semana siguiente buscando la manera de colarse en el sótano de Ballyclose Manor. Algo que, como descubrió muy pronto, no era tarea fácil. Durante el día la casa estaba llena de actividad y no tenía ninguna posibilidad de buscar mientras la familia y el personal doméstico estuvieran despiertos. Inventar alguna historia para entrar en la casa podría haber funcionado; si hubiera podido elaborar una excusa creíble que le permitiera buscar en el sótano, la habría empleado, pero no se le había ocurrido ninguna mentira que pudiera resultar convincente. Así que no tenía más remedio que buscar cuando todos los habitantes de la casa estuvieran dormidos, lo que quería decir que tendría que introducirse en el sótano a través de las puertas exteriores que había visto anteriormente, mientras rogaba para sus adentros que no la descubrieran.

Estaría hecha un manojo de nervios.

Y lo peor era que si de verdad quería buscar el tesoro en esas circunstancias, tendría que hacerlo sola. Siempre había pensado que Issy la acompañaría o, para ser más exactos, que le guardaría las espaldas, pero había observado que su hermana pasaba todo su tiempo libre con el señor Filing, y Em no pensaba interferir de ningún modo.

Si Issy tenía alguna posibilidad de alcanzar algún día la felicidad con el párroco -un futuro que la propia Em querría para sí-haría todo lo que estuviera en su mano para alentar aquel romance. No pondría ningún obstáculo en el camino de su hermana.

Mientras todas aquellas dificultades para iniciar la búsqueda en el sótano de Ballyclose se acumulaban, Em decidió que antes de embarcarse en ningún plan peligroso y descabellado, algo que haría feliz a su alma Colyton, tenía que estar total y absolutamente segura de que Ballyclose Manor era realmente «la casa más alta» a la que se refería la rima.

La mañana del viernes, en cuanto vio que todo discurría en la posada según lo previsto, reunió los tres libros que había pedido prestados y se dirigió a Colyton Manor. Había examinado minuciosamente los tres tomos, pero aparte de una breve alusión a Ballyclose, y una leve referencia a Grange, no había nada con respecto a las casas que existían en el pueblo a finales del siglo XVI y principios del XVII, que era la época de la que provenía la rima.

«La casa más alta» sería la casa del miembro más importante del pueblo por aquel entonces, no necesariamente ahora. Por lo tanto Emily tenía que asegurarse de que la rima se refería a Ballyclose Manor y no a otra casa.

Subió por la carretera, dejando atrás las casas del pueblo, y alcanzó el bajo muro de piedra que bordeaba el jardín delantero de la mansión. El jardín era muy exuberante y estaba lleno de flores de todas clases, sobre todo rosales aunque también lavanda, madreselva e infinidad de arbustos en floración y enredaderas que se unían para formar una gloriosa paleta de color y aroma.

La puerta del jardín estaba en el centro, justo delante de la puerta principal de la casa, y tenía un arco enrejado en el que había un rosal trepador con grandes rosas color albaricoque que se balanceaban mecidas por la suave brisa. Abrió el portón y entró. Lo cerró y se detuvo para aspirar el aroma de las flores antes de continuar con aire resuelto hacia la puerta principal.

Fue el mayordomo, Bristleford, quien respondió a su llamada. Em esperó en el vestíbulo mientras él averiguaba si su ama podía recibirla.

Em echó un vistazo a su alrededor, buscando alguna prueba de una visita masculina, pero no encontró nada que indicara que su némesis estuviera allí. Su ropa provenía de Londres, y ella suponía que debía de estar acostumbrado a la moda londinense.

– Señorita Beauregard. -Phyllida Cynster apareció sonriendo en la puerta de la salita al fondo del vestíbulo-. Por favor, venga y únase a nosotros en la salita.

Em respondió con otra sonrisa y la siguió.

– He venido a devolverle los libros. -Le tendió los volúmenes a Phyllida.

– ¿Ha encontrado la información que buscaba? -Phyllida cogió los libros y dio un paso atrás, invitándola a entrar en la estancia.

– Pues he aprendido un poco -dijo Em, improvisando sobre la marcha-, pero todavía siento curiosidad por el pasado del pueblo y las casas de los alrededores, así como por las familias más importantes. -Se detuvo en seco al entrar en la salita, sorprendida al ver al marido de Phyllida, Lucifer Cynster, tumbado de manera desgarbada en el sofá con dos niños encima de él.

Al hombre no parecía importarle en lo más mínimo, pero apartó a sus hijos lo suficiente como para sonreír e inclinar la cabeza en un gesto cortés.

– Buenos días, señorita Beauregard. Espero que no le importe que estemos reunidos en familia.

Ella le devolvió la sonrisa.

– No, claro que no. -Uno de los niños se bajó del regazo de su padre, atravesó la alfombra y le cogió la mano.

Parecía tener cinco años. Le sacudió los dedos con fuerza.

– Soy Aidan.

– Y yo soy Evan -dijo el otro niño, que era más pequeño, desde encima de su padre.

La miraba con una amplia sonrisa y unos chispeantes ojos azul oscuro que rezumaban vitalidad y travesura.

– Estoy encantada de conocerte, Aidan. -Miró al otro lado de la estancia-. Y también a ti, Evan.

– Ahora que ya hemos hecho las presentaciones -dijo Phyllida-, quizá podríamos dejar que la señorita Beauregard se sentara. -Con un gesto de la mano, indicó a Em el enorme asiento acolchado que había junto a la ventana.

Em cruzó la estancia y se sentó. Aidan la siguió, esperó con gravedad a que ella se alisara las faldas y luego se subió al asiento para sentarse a su lado. A ella no le sorprendió que el hermano menor abandonara el regazo de su padre para unirse a ellos. Se sentó al otro lado, y luego deslizó una mano regordeta en una de las de ella.

Phyllida lo observó y abrió la boca para decir algo, pero Em adivinó sus intenciones y, capturando su atención, negó con la cabeza sonriendo.

– Está bien. Estoy acostumbrada a los niños.

No pudo ver a las gemelas a esa edad, algo que siempre lamentó.

Lucifer Cynster se incorporó en el sofá, adoptando una postura más convencional. Em calculó que debía de tener treinta y cinco años. Era un hombre alto y vigoroso, con el pelo negro y los ojos azul oscuro, que sus hijos habían heredado. Era, en su opinión, el segundo hombre más atractivo del pueblo y, como Jonas Tallent, un aura palpable de hombre no civilizado por completo envolvía sus hombros engañosamente elegantes.

– Phyllida mencionó -dijo él-que usted estaba interesada en la historia del pueblo.

Em asintió con la cabeza.

– Tengo por norma investigar la historia de las casas y familias de los pueblos en los que trabajo. En particular, me interesa la arquitectura del pasado. Es más que nada un pasatiempo, algo en lo que ocupar mi tiempo libre, pero a menudo descubro cosas útiles.

Phyllida había dejado los libros que Em les había devuelto en una mesita frente al sofá. Lucifer alargó la mano y los puso de lado para poder leer los títulos de los lomos.

– Tenemos libros más ilustrativos que éstos sobre el pueblo de Colyton. Echaré un vistazo antes de que se vaya. -Levantó la vista y le sostuvo la mirada mientas sonreía de una manera encantadora-. Pero antes cuénteme: ¿qué le parece Colyton en la actualidad?