– Muy tranquilo y acogedor. -Em soltó la mano de Evan cuando él se movió para bajarse del asiento-. Todo el mundo se ha portado muy bien con nosotros, por lo que nos hemos adaptado muy pronto al lugar.
– Sí, bueno, después de lidiar con Juggs, sus hermanos y usted son un gran alivio. -Phyllida hizo un gesto que lo abarcó todo-. No puedo describirle lo horrible que se volvió la posada. Después de que se muriera su esposa, hace más de ocho años, Juggs perdió el interés por todo, pero ese lugar era todo lo que conocía y se quedó.
– Y nunca se marchó -dijo Lucifer, retomando la historia-. A pesar de sugerirle nuevas empresas y actividades que podrían despertar su interés, nunca tomó en consideración nuestras ideas por más que intentamos convencerle. Su muerte, aunque prematura, fue una liberación para él y una nueva oportunidad para hacer revivir la posada y el pueblo. -Su encantadora sonrisa enterneció a Em-. Todos estamos muy satisfechos por la manera en que usted está revitalizando el lugar.
– Poder volver a contratar a Hilda y a sus sobrinas ha sido un golpe de suerte -dijo Em-. Gracias a ellas, y a Edgar Hills y John Ostler, ha sido posible poner en marcha la posada. De otro modo, todo habría resultado mucho más difícil.
Phyllida sonrió.
– Pero también ayuda el hecho de que usted proceda del campo y comprenda sus costumbres.
Definitivamente, aquélla era una pregunta capciosa.
Por fortuna para Em, Evan apareció en ese momento ante ella, dándole la excusa perfecta para evitar responder. Le había llevado un juguete de madera, uno con ruedas para tirar de él. Em vio por el rabillo del ojo que Phyllida abría la boca, pero que vacilaba. Ella hizo un gesto con la mano, indicándole que no pasaba nada. Abrió mucho los ojos y cogió el juguete con cuidado.
– ¿Es tu juguete favorito?
Cuando Evan asintió enérgicamente con la cabeza, Em se puso a examinarlo.
– Es muy bonito. -Se lo tendió al niño-. ¿Por qué no me enseñas cómo funciona?
Encantado, Evan lo hizo, haciendo rodar el juguete de un lado para otro sobre el suelo de madera.
Entonces, Aidan se bajó también del asiento y fue a buscar su juguete favorito, dos soldaditos de madera, para enseñárselo. Después de que Emily también le dijera lo bonitos que eran, el niño se sentó en la alfombra a sus pies.
Em no pudo evitar sonreír. Al levantar la vista, se encontró con la mirada curiosa de Phyllida.
– Me recuerdan a Henry a esta edad.
Phyllida sonrió al instante con absoluta comprensión.
Los tres adultos permanecieron sentados sonriendo a los dos niños cariñosamente durante un rato más. Luego, Em suspiró.
– Me temo que debo irme -dijo, poniéndose en pie-. Cuando uno dirige una posada, no se sabe qué tipo de eventualidad puede surgir en cualquier momento.
Lucifer y Phyllida se pusieron también en pie.
– Solía haber bastantes viajeros en la posada. -Phyllida la acompañó a la puerta de la salita.
– Eso he oído -respondió Em-. Espero conseguir que regresen ahora que la posada vuelve a disponer de camas limpias y a ofrecer las estupendas comidas de Hilda. Ya he comenzado a elaborar una lista de las cosas que necesito para que las habitaciones reluzcan. Hablaré con su hermano al respecto dentro de poco. -En cuanto tuviera una lista lo suficientemente larga para asegurarse de que la reunión se desarrollaba en un ambiente estrictamente de negocios.
Salieron al vestíbulo con Lucifer detrás de ellas.
– Espere, iré a buscar algunos libros sobre el pueblo para usted. -Al salir al vestíbulo, él señaló hacia la izquierda y la derecha, invitándola a mirar.
Ella lo hizo con curiosidad y, a través de las puertas abiertas, observó que había librerías en todas las estancias, incluido el comedor.
– Como puede ver -continuó él-, poseemos una amplia colección de volúmenes. Están organizados por temas. Hay libros de historia, de arquitectura y de jardinería. Cada tema está en estancias diferentes y algunos de ellos contienen secciones referentes a Colyton. Así que, para recabar toda la información que tenemos, hay que buscar en todas las ubicaciones posibles. Por ejemplo, los libros que ha leído son de la salita, y por lo tanto incluyen aspectos sociales más que de historia.
Em esbozó una pequeña sonrisa.
– Como mi investigación es sólo un pasatiempo, no tengo prisa.
Pero quería encontrar el tesoro cuanto antes mejor.
Lucifer asintió con la cabeza.
– En ese caso, veamos lo que encontramos entre los libros de historia y arquitectura. Están aquí dentro.
Le señaló lo que era, a todas luces, la biblioteca, justo a la izquierda de la puerta principal. Tras esperar un rato, observándole buscar en las abarrotadas estanterías, Phyllida se excusó con Em y regresó con sus hijos.
Cinco minutos después, Lucifer amontonó cuatro libros en los brazos de Em.
– En todos hay referencias sobre Colyton.
– Gracias. -Ordenó los libros y los colocó debajo del brazo.
Con elegancia felina, Lucifer la acompañó a la puerta principal. Em volvió a darle las gracias y luego, feliz pero impaciente, anduvo a paso vivo por el camino de entrada, atravesó el portón hasta la carretera y se encaminó de regreso a la posada.
Lucifer se quedó en la entrada, observándola partir. Cuando las casas le bloquearon la vista, cerró la puerta y regresó a la salita. Sus hijos le gritaron que se uniera a sus juegos. El asintió con la cabeza.
– Ahora voy.
Phyllida se había sentado en el sofá con una cesta llena de ropa de los niños que había que remendar. Se detuvo al lado de su mujer y le sostuvo la mirada cuando ella levantó la vista y arqueó las cejas.
– ¿Qué opina Jonas acerca del interés de su posadera por la historia del pueblo?
A Phyllida no le sorprendió la pregunta.
– Cree que está buscando algo. La última vez que hablé con él sobre el tema, pensaba que está buscando algo…, posiblemente en Ballyclose. -Le estudió la cara-. ¿Qué opinas tú?
Lucifer tenía una expresión seria.
– Creo que tiene razón y que la señorita Beauregard está buscando algo en una de las casas más importantes. Noté que dijo «casas» antes que «familias», cuando lo lógico sería que lo hubiera dicho al revés, y luego mencionó la arquitectura.
Phyllida frunció el ceño sin apartar la mirada de su cara.
– ¿Crees que ella es… bueno… una ladrona o algo por el estilo? ¿Deberíamos advertir a Cedric?
La expresión de Lucifer se relajó. Curvó los labios en una sonrisa y meneó la cabeza.
– No es necesario. Estoy absolutamente seguro de que la señorita Emily Beauregard no es una ladrona.
– Jonas piensa igual que tú.
– Qué sagaz -respondió Lucifer secamente-. Un ladrón no realiza su trabajo con una familia tan visible a cuestas. Ni se encarga de que el párroco local dé lecciones a su hermano.
Phyllida lo observó encaminarse a donde jugaban sus hijos antes de sentarse en el suelo y doblar las largas piernas para unirse a ellos.
– Me alegro… -dijo ella después de un momento-. Lo cierto es que me cae bien.
Lucifer asintió con la cabeza, ya distraído por las exigencias de sus hijos.
– Hay algo misterioso en todo esto, y Jonas tiene razón: la señorita Beauregard está buscando algo. Pero no hay duda de que descubriremos la verdad con el tiempo.
Em se apresuró a volver a la posada, entró con rapidez y subió corriendo a sus aposentos. Por suerte, no se encontró en el camino con ningún caballero curioso. Dejó los libros en una mesa y rezó para encontrar en alguno de ellos una referencia concreta que confirmara que Ballyclose era realmente la casa que buscaba.
Mantuvo los dedos sobre la cubierta del primer libro durante un buen rato, tentada a sentarse y ponerse a leerlo, pero ahora era la posadera e, incluso aunque sus deberes fueran casi todos administrativos, todavía consideraba prioritario estar en su despacho, en el salón o en la cocina, por si su presencia fuera necesaria.