Si el personal de la posada tenía alguna pregunta que hacerle, ella debería estar allí para responderla.
Entró en el dormitorio, ahora más alegre con un cubrecama de cretona que había encontrado en uno de los armarios de la ropa blanca, y dejó el bolsito en el tocador. Se sacudió las faldas, las alisó y miró su reflejo en el espejo.
– ¡Tonta! -Apartó los rizos que se le habían soltado del peinado con el que se había recogido el pelo. Suaves y ondulados, los mechones le enmarcaban la cara de una manera exquisita, pero ella sólo veía la desafortunada imagen de una mujer suave y delicada, por no decir frágil. Y ella no era así. Desde luego no era ésa la imagen que quería dar.
Le hizo una mueca al espejo.
– No tengo tiempo para esto. -Además, diez minutos después de que volviera a peinarse, los rizos se soltarían de nuevo.
Girando sobre sus talones, salió del dormitorio y bajó las escaleras.
Después de lanzar una mirada aprobatoria a la zona femenina del salón, ahora limpia como los chorros del oro con pañitos de encaje en las mesitas brillantes y cojines en casi todas las sillas, echó un vistazo al mostrador de la taberna, sabiendo que podía contar con que Edgar mantendría peí rectamente limpia aquella zona. Después se encaminó al comedor, fijándose en las mesas de caballete y en los bancos.
Pensó que habría que volver a pulirlos y encerarlos. Tendría que convencer a su patrón de que el coste bien merecía la pena, teniendo en cuenta que los clientes necesitarían un lugar agradable y cómodo donde degustar una buena comida.
Entró en la cocina, inspiró por la nariz y suspiró de placer. No hacía falta preguntar si todo iba bien, no con Hilda a cargo. Se detuvo para felicitar a la mujer por su buena labor antes de revisar la lista de suministros. Con dicha lista en la mano, se dirigió hacia su despacho.
– De verdad, señor, no tengo ni idea de dónde ha ido, pero la señorita Beauregard dijo que volvería pronto.
Em se detuvo antes de llegar al vestíbulo que conducía a su despacho. Lo que acababa de oír lo había dicho Edgar desde detrás de la barra de la taberna. Estaba claro que había un hombre preguntando por ella, pero Em no tenía ninguna duda de que se trataba de Jonas Tallent quien, como siempre, andaba pisándole los talones.
Entró en el oscuro vestíbulo y echó una ojeada a la barra, confirmando que era su némesis particular quien se encontraba apoyado contra el mostrador interrogando a Edgar, que estaba colocando sobre la barra los vasos limpios que se utilizarían a la hora del almuerzo.
Tallent tenía el ceño fruncido.
– ¿Cuánto tiempo hace que se marchó?
– No sabría decirle con exactitud.
Em debió de moverse… o quizás él percibió su exasperación, porque su mirada se volvió hacia ella. Entonces, se enderezó.
Em entrecerró los ojos con un brillo feroz, luego se dio la vuelta y entró en el despacho.
La joven rodeó el escritorio, considerando prudente poner un mueble entre ellos. Se sentó y fingió estudiar la lista de suministros mientras intentaba contener su temperamento, recordándose que él era su patrón y que ella necesitaba el trabajo. La búsqueda del tesoro sería mucho más complicada si tenía que buscar otro empleo, ¿y dónde alojaría a sus hermanos mientras tanto? Ser la posadera de Red Bells era el trabajo perfecto para ella, y el hecho de que Jonas Tallent fuera un pesado no era razón suficiente para arriesgar su puesto.
Por supuesto, no podía dejar de preguntarse por qué la atención que el hombre mostraba hacia ella, incluso desde la distancia, la irritaba y desconcertaba, pero ésa era otra cuestión totalmente diferente.
Jonas llenó literalmente el umbral. Ella le observó desde debajo de las pestañas, pero fingió no darse cuenta de que estaba allí.
El se apoyó en el marco de la puerta y la miró.
– He estado buscándola, ¿dónde se había metido?
Em levantó la vista y arqueó las cejas con arrogancia.
– No sabía que teníamos una cita. En lo que se refiere a dónde he estado, como ya le he dicho repetidas veces, mis asuntos no son de su incumbencia.
Él suspiró.
– Debería decírmelo, así me evitaría tener que preguntar en el pueblo.
Las palabras «¡no se atreverá!» murieron en sus labios cuando lo miró fijamente a los ojos. Sabía sin duda alguna que aquel, demonio se atrevería a preguntar lo que fuera.
Exasperada, irritada y extrañamente nerviosa, Em se puso en pie.
– Para que lo sepa, he ido a devolverle a su hermana los libros que me prestó.
– Ya veo.
– En efecto, y ahora, si ya está satisfecho… -Em se interrumpió, recordando el debate anterior que había suscitado esa palabra.
Él esbozó una sonrisa lobuna.
– Todavía no.
Ella le fulminó con la mirada antes de rodear el escritorio con resolución.
– Si no le importa, tengo trabajo que hacer. -Blandió la lista ante él.
Aquello divirtió a Jonas, pero sabía que era mejor no demostrarlo. Ella era como un gorrión indignado. Dio un paso atrás para que la joven pudiera salir del despacho y la siguió cuando se dirigió furiosa hacia la cocina.
– ¿Ha aprendido algo de los libros?
– No. -Los pasos de Em vacilaron. Se detuvo, luego alzó la cabeza y rectificó mientras seguía su camino-. Quiero decir que los libros eran sobre historia local, y aprendí bastante sobre eso.
– ¿Pero no sobre lo que quería aprender?
Ella giró hacia un estrecho corredor de servicio, apenas del tamaño de una alcoba, y se detuvo ante la puerta de madera que había a la derecha. Agarró el picaporte y, girando la cabeza, le lanzó una mirada abrasadora.
– Señor Tallent…
– Jonas.
Em no podía entrecerrar los ojos más de lo que ya lo hacía; sus pechos subieron y bajaron bajo el corpiño del vestido color aceituna cuando respiró profundamente.
– Lo que pueda estar buscando… o no, no es asunto suyo.
Giró el picaporte y, tras abrir la puerta, desapareció en el interior de la habitación.
Alargando el brazo. Jonas sujetó la puerta que ella intentó cerrar de golpe. La rodeó con curiosidad y la abrió del todo, casi bloqueando el corredor, y observó el diminuto almacén que había ante él.
Era la bodega. Su enojado gorrión estaba revisando minuciosamente las botellas y pequeños toneles mientras fingía que él no estaba allí.
¿De verdad creía que adoptando esa actitud él desistiría y se iría de allí?
No obstante, había dejado pasar pacientemente una semana para que ella se acostumbrara a la idea de que no la perdería de vista con la esperanza vana de que la joven aprendería a confiar lo suficiente en él como para decirle lo que quería saber.
Para que le dijera lo que estaba buscando.
Resultaba evidente que había llegado el momento de poner en práctica una estrategia diferente.
El entró en la bodega, dejando la puerta abierta. Necesitaban luz y era poco probable que apareciera alguien por allí, y más teniendo en cuenta la gente que abarrotaba el salón para comprar los pasteles para el almuerzo.
La estancia apenas tenía tres metros de ancho, Jonas permaneció junto a la puerta y observó cómo ella comparaba la lista con el contenido de los estantes.
En silencio, ella se adentró más en el cuarto. Cuando llegó a los estantes del fondo, él dio un paso adelante.
– Se equivoca.
Ella continuó catalogando las botellas y no respondió de inmediato. Pero luego, le miró de reojo con el ceño fruncido.
– ¿En qué me equivoco?
El se detuvo a su lado, bloqueándole la salida.
– Se equivoca al pensar que me iré de aquí si sigue ignorándome.
Ella emitió un sonido de frustración y se giró para enfrentarse a él.
– El que sea su posadera no quiere decir que usted sea… -Em agitó las manos-responsable de mí.