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La cena, toda la tarde en realidad, estaba camino de ser un rotundo, total y absoluto éxito. Em debería haber saboreado el triunfo, pero después de sonreír y charlar, recibir cumplidos y transmitirlos encantada a Hilda e Issy, cuando se retiró a las sombras se dejó llevar por el desaliento y su sonrisa se desvaneció.

No estaba de buen humor. Se sentía inusualmente derrotada, algo totalmente ajeno a su naturaleza Colyton.

Se había pasado la mayor parte de la noche anterior, y cada minuto que podía arrebatar a su atareado día, hojeando los libros que le habían prestado en Colyton Manor. Como Lucifer le aseguró, los cuatro libros contenían secciones específicas del pueblo de Colyton, de sus casas y sus estilos arquitectónicos. Por desgracia, ninguno de ellos hacía referencia a fechas concretas, ni siquiera a anécdotas o acontecimientos acaecidos antaño por los que poder deducir la auténtica edad de Ballyclose Manor.

Sir Cedric Fortemain y su esposa, Jocasta, junto con lady Fortemain, estaban entre los comensales degustando los mentís de la posada. Se habían mostrado gentiles y halagadores al llegar. Envuelta entre las sombras al pie de las escaleras, Em se preguntó si podía acercarse a Sir Cedric y preguntarle directamente la antigüedad de su casa.

Se figuraba que de esa manera obtendría la respuesta correcta sin más tardanza. El problema era que su interés suscitaría de inmediato un montón de preguntas. Preguntas que ella no quería responder y que le resultaría muy difícil evitar. Los Fortemain estaban muy bien considerados socialmente y eran un ejemplo a imitar, el tipo de gente que la posadera debería procurar tener a favor de ella y su familia. Lo último que querría sería que la malinterpretaran y la miraran con recelo.

Así que no podía preguntarles directamente y no se le ocurría otra manera de obtener la información que necesitaba.

La pesada carga de la derrota crecía cada vez más y arrastraba su ánimo al fondo del abismo.

Cruzó los brazos y lanzó una mirada malhumorada al otro lado del salón, encontrándose con los ojos oscuros de Jonas Tallent. Estaba sentado en el extremo más alejado de la barra. Había llegado hacía poco y lo más probable era que hubiera cenado en su casa antes de salir.

Desde el encuentro del día anterior en la bodega no habían coincidido, ni mucho menos hablado, pero supuso que él seguiría sin darse por vencido. No era sólo que estuviera vigilan do la -algo que, como había descubierto, la mayoría de la gente asumía que era debido a su trabajo en la posada-, sino que Em sospechaba que después del interludio del día anterior, él ya estaba haciendo nuevos planes. La observaba y la estudiaba de una manera algo diferente, como si estuviera evaluándola tanto a ella como a sus posibles reacciones.

Por extraño que pareciera, al ver que la observaba con la misma firmeza de siempre, sintió que la envolvía una oleada de renovado entusiasmo, que se le levantaba el ánimo y se revitalizaba su acostumbrado optimismo.

Tenía que existir algún modo de conocer la antigüedad, de Ballyclose Manor sin revelar las razones por las que quería saberlo. Sólo que no lo había descubierto todavía.

Y descubrir cosas era una de las materias en las que los Colyton destacaban.

Con las fuerzas renovadas, miró de nuevo a los clientes, prestando especial atención a los que estaban cenando. Decidiendo que todo estaba bien, se dio la vuelta y empujó la puerta de la cocina.

Hilda estaba sirviendo el último trozo de rosbif. Levantó la mirada hacia Em y sonrió ampliamente.

– No ha quedado ni una miga. Ni una gota en la cazuela de sopa de calabaza.

Em se detuvo a su lacio.

– También se ha acabado el cordero, por lo que veo. -Le dio a la mujer una palmadita en el brazo-. A todos les gusta tu manera de cocinar. -Vaciló y luego dijo-: Deberíamos hablar el lunes sobre el sueldo.

Al principio, habían convenido que les pagara el mismo salario que les pagaba Juggs, antes de que él ofendiera a Hilda exigiéndole que cocinara con productos poco frescos.

– La posada va mejor ahora -continuó Em-, y es gracias a ti y a tus ayudantes. Me parece justo que os suba el sueldo en consecuencia.

Hilda le lanzó una mirada sagaz.

– Creo que antes debería hablarlo con el señor Tallent, puesto que mi sueldo sale del bolsillo de él y no del suyo.

Em asintió con la cabeza.

– Por supuesto que hablaré con él, pero estoy segura de que se mostrará de acuerdo.

Lo que era otro punto a favor de Jonas Tallent, y ella no tenía ningún deseo de que le recordasen sus virtudes. Sería mucho más fácil ignorarle si tuviera pocas cualidades buenas.

Por el momento, sin embargo, la única mala cualidad que había detectado en él era su terquedad en seguir persiguiéndola a pesar de haberle dejado claro su desinterés. Reconocía que todo lo que le había, dicho era falso, por mucho que quisiera que fuera cierto, pero lo mínimo que él podía hacer era creerse sus mentiras.

Sólo Dios sabía lo difícil que le había resultado decirlas.

La sobrina de Hilda entró en la cocina para llevar al comedor el último pedido. Hilo a comenzó a recoger los platos.

Em la dejó con sus quehaceres y dio una vuelta por la amplia cocina. Lanzó una mirada al fregadero y sonrió al ver a tres jovencitas ocupadas fregando la primera tanda de platos. Parloteaban sin cesar mientras lavaban, secaban y apilaban los platos. Em no dijo nada, no vio ninguna necesidad, de interrumpir aquella animada charla.

Había dado ya un paso hacia su despacho, cuando, tras un estallido de risitas tontas, una de las chicas dijo:

– Asegura ser el historiador del pueblo, pero es algo difícil de creer viendo cómo viste.

Em se detuvo y dio un paso atrás.

Las chicas no se dieron cuenta y siguieron charlando ajenas a su presencia

– Sin embargo, tiene todos esos libros. -Hetta frotó un plato con un paño-. Maura, mi prima, conoce a la señora Keighley, que trabaja para él, y dice que tiene montones y montones de libros por todos lados, y que cogen más polvo del que ella puede limpiar.

– Tal vez -dijo Lily, la primera en hablar, con las manos sumergidas en el agua del fregadero-. Pero tener muchos libros no le convierte necesariamente en el historiador del pueblo. He oído decir que ese título correspondía al viejo señor Welham, que vivía en Colyton Manor antes de que muriese y viniera el señor Cynster.

– Bueno, yo he oído lo mismo -intervino Mar y, que no había hablado hasta ese momento-. Pero también recuerdo haber oído decir que el señor Coombe era una dura competencia para el señor Welham. Escuché sin querer que alguien se lo decía al señor Filing un domingo después del servicio, así que es posible que sea cierto.

Lily gruñó. Se había salpicado con espuma y se detuvo para secarse la punta de la nariz.

Em aprovechó ese momento para intervenir en la conversación.

– Hola, chicas. Tengo mucha curiosidad por saber más cosas del pueblo, y acabo de oíros mencionar a un tal señor Coombe que podría saber mucho de la historia de Colyton.

Las tres chicas se pusieron coloradas, pero cuando vieron que Em las miraba con más curiosidad que reproche, Mary asintió.

– Es el señor Silas Coombe, señorita. Vive en la casa que hay frente a la entrada del cementerio, justo donde el camino se desvía hacia la herrería.

Em sonrió.

– Gracias, hablaré con él. -Se volvió y, recordando lo que las jovencitas habían dicho, les preguntó-: ¿Cómo viste?

Las tres chicas se miraron entre sí; obviamente buscaban las palabras adecuadas.

– Es difícil de describir, señorita -dijo Mary.

– Brillante -dijo Hetta.

– Creo -dijo Lily frunciendo el ceño-que la palabra correcta es chillón. -Miró a las demás y éstas asintieron con la cabeza.