– Señor, ¿tiene algún libro que trate de la posada y su historia?
– En efecto, señorita Beauregard -respondió Coombe adoptando una expresión de superioridad-. Pero creo que puedo ahorrarle mucho tiempo si le digo que ya he realizado una investigación sobre el tema.
– Qué fascinante. -Em se resignó a escuchar todo lo que él sabía sobre el establecimiento-. Le ruego que me informe al respecto, señor.
Coombe aceptó encantado. Em se esforzó por parecer interesada y soltó las exclamaciones de rigor cuando era conveniente. Aunque Coombe la sorprendió con algunos hechos que no conocía ni suponía.
Uno de esos hechos la dejó particularmente perpleja.
– ¿La posada siempre ha sido propiedad de los Tallent?
– Sí, en efecto… fue un proyecto suyo desde el principio. Un lugar de esparcimiento para los trabajadores de la hacienda y la gente del pueblo, aunque por supuesto, Colyton era un pueblo mucho más pequeño por aquel entonces.
Em frunció el ceño.
– Así que los Tallent llevan asentados en el pueblo desde… bueno, ¿sabe desde cuándo?
Coombe asintió con la cabeza.
– Lo más probable es que estén aquí desde la Conquista.
– ¿Hubo alguna época en que los Tallent fueran los líderes sociales del pueblo?
Coombe arqueó las cejas.
– Me figuro que sí, pero creo que los Fortemain llevan el mismo período de tiempo en la zona, y luego están los Smollet, aunque debo añadir que sus orígenes no son tan relevantes.
Em archivó la información para examinarla más tarde.
– ¿Y qué sabe sobre las mansiones más grandes como Ballyclose Manor y Grange? Estoy muy interesada en la arquitectura de épocas antiguas, qué tipo de casas, habitaciones y costumbres tenía la gente. -Clavó la mirada en la cara de Coombe-. En particular me preguntaba por Ballyclose Manor. ¿Tiene algún libro que trate sobre la historia de la propiedad?
Em leyó la expresión de Coombe con facilidad; hubiera querido decirle que sí, hubiera querido impresionarla con sus conocimientos, pero reconoció la verdad con pesar.
– Por desgracia, no. Horado Welham, el caballero que fue el anterior propietario de Colyton Manor, era un gran coleccionista y adquirió gran parte de la biblioteca de Ballyclose hace años; a su muerte, Cedric Fortemain volvió a comprar los libros. También me convenció para que le cediera algunos de los que yo poseía, así que todos los libros con datos sobre Ballyclose están en la biblioteca de la mansión.
– Entiendo.
Su decepción debió de resultar evidente. Coombe se acercó más a ella y le puso una mano en el brazo.
– Pero no se preocupe por Ballyclose, mi querida señorita Beauregard. Tengo aquí muchos libros sobre el tema que le pueden interesar. -Clavó los ojos en la cara de la joven; parecía como si intentara atraerla hacia él.
– Ah, puede ser. -Retiró el brazo de debajo de la mano de Coombe y se encogió contra la esquina del sofá-. Pero tengo por costumbre estudiar los temas uno por uno, y en este momento estoy interesada en aprender todo lo que pueda sobre Ballyclose Manor.
Coombe entrecerró los ojos y le dirigió una mirada sugerente y lasciva mientras se acercaba más a ella.
– Venga, querida…, no tiene por qué ser tímida. Los dos sabemos que está aquí para estudiar algo muy diferente. Y yo estaré encantado de enseñarle todo lo que sé sobre el arte del coqueteo, algo que sólo puede aprender de un caballero de mi experiencia y mi gran genio artístico.
Anonadada, Emily se lo quedó mirando fijamente, luego agarró el bolso y se levantó de un salto.
– ¡Señor Coombe! No estoy aquí para estudiar nada de eso. Si es eso lo que cree, no sólo está muy equivocado sino que además es un obtuso redomado. Y en vista de que no tiene más información que ofrecerme, ¡me voy ahora mismo!
– Oh, yo sólo quería… -A Coombe se le descompuso el rostro. Se puso en pie con dificultad-. Señorita Beauregard… De verdad, querida…, créame, es sólo un malentendido.
Em ignoró sus palabras inconexas. Atravesó la salita hacia la puerta principal y salió de la casa. En el porche, recordó que alguien podría pasar por la calle, que cualquiera podría verla. Respiró hondo y se volvió para mirar al señor Coombe. Estaba parado en el umbral de la puerta retorciéndose las manos, con una cómica mirada de consternación en los ojos. Ella apretó los labios y le lanzó una mirada fulminante, luego se despidió con un brusco gesto de cabeza.
– Buenos días, señor Coombe.
Girando sobre sus talones, Em se dirigió al portón, lo abrió y salió a la calle. Volvió a poner el pasador con tranquilidad y luego, sin volver la vista atrás, echó a andar a paso vivo. Recordó lo sucedido y sintió que le ardían las mejillas. ¿Cómo se atrevía el señor Coombe a pensar que…? Pero claro, ella era la posadera y él debió de asumir que debía de estar desesperada si había aceptado ese trabajo.
Las emociones burbujearon en su interior: agitación, horrorizada certeza, rabia e irritación por que la hubiera interpretado mal. ¡Cómo podía haber pensado eso de ella, Santo Dios! Decir que estaba furiosa era quedarse corta; una definición muy pobre para describir lo que estaba sintiendo. Se le había insinuado como si ella fuera una…
– ¿Ha encontrado lo que estaba buscando?
Las palabras hicieron que trastabillara, pero tomó aire, alzó la cabeza y siguió adelante.
– No.
Escuchó un susurro de hojas cuando él abandonó la sombra de un arbusto cercano, y luego el suave sonido de sus pasos cuando la alcanzó con un par de zancadas.
Jonas caminó a su lado.
– Si me dijera lo que anda buscando, podría ayudarla.
Durante esa semana, Em no había avanzado nada en su búsqueda. Issy estaba distraída, y ella estaba buscando sola. No le vendría mal un poco de ayuda inteligente de alguien de la localidad, pero negó tajantemente con la cabeza.
– No estoy buscando nada… sólo quiero saber.
– Bien, dígame lo que quiere saber. Quizá yo conozca la respuesta o al menos sepa cómo obtenerla.
Sonaba tan razonable que ella se detuvo y se giró para mirarle.
Jonas también se detuvo y bajó la vista hacia ella, observándola mientras ella le estudiaba la cara y le miraba directamente a los ojos. Por primera vez, Em consideró realmente confiar en él, dejar que se acercara, aceptar su ayuda… aceptarle. El pudo ver la vacilación en sus ojos y sospechó que la joven había llegado a una conclusión muy poco halagüeña porque frunció los labios y meneó la cabeza.
Em volvió a mirar al frente y siguió caminando.
Decepcionado, pero no sorprendido, Jonas volvió a ajustar su paso al de ella. Observó el perfil de Em, preguntándose qué hacía falta para atravesar sus defensas, para conseguir que lo aceptara y dejar que la ayudara en lo que fuera que estuviera buscando, y sólo entonces notó el rubor que le cubría las mejillas.
Sintió que se quedaba literalmente frío, pero no por pérdida de calor, sino por una repentina oleada de creciente furia helada. Respiró hondo y mantuvo el tono de voz tranquilo mientras escogía las palabras cuidadosamente.
– Emily, Coombe es de sobra conocido por mal interpretar a las damas, por leer en las palabras de las mujeres lo que él quiere escuchar. Le sucedió a Phyllida en el pasado. -Manteniendo el mismo paso que ella, inclinó la cabeza para mirarla a la cara-. No la habrá interpretado mal a usted también, ¿verdad?
Un nuevo sonrojo fue la respuesta que él necesitaba. Se detuvo bruscamente.
– ¿Que le ha hecho? -Alargó la mano y la cogió del brazo, obligándola a mirarle.
Em parpadeó, aturdida -o más bien horrorizada-por su tono. Había algo mucho más primitivo que un caballeroso sentido de protección debajo de ese gruñido y del fuego brillante que ardía en sus ojos. Jonas endureció los rasgos. Em se tragó la sorpresa y negó con la cabeza.