– ¡Nada!
Fue evidente que él no se relajó; en todo caso, sus rasgos se ensombrecieron aún más.
– No me hizo nada -repitió ella con voz firme.
No podría hacer pedazos a Coombe si la seguía en dirección opuesta, así que Em se dio media vuelta y comenzó a andar de nuevo. Después de una breve vacilación, Jonas la siguió. Ella giró la cabeza hacia él.
– Sí que me mal interpretó, pero si usted cree que no soy capaz de poner a un caballero en su lugar, se equivoca totalmente.
– ¿Seguro?
Seguía gruñendo. Emily sintió que le ardían las mejillas al recordar que había sido incapaz de ponerlo a él en su lugar. Así que le respondió indignada.
– Usted simplemente es un estúpido cabezota. La mayoría de los hombres habría aceptado mi rechazo y mi decisión con rapidez.
El soltó un bufido, pero volvió a ajustar su paso al de ella en dos largas zancadas. Em estaba a punto de felicitarse por haber ganado esa batalla, cuando él le aseguró con rotundidad:
– Aun así, iré a ver a Coombe.
– ¡No, no lo hará! -estalló ella con un frustrado siseo, volviéndose hacia él. Cerró los puños y le lanzó una mirada airada-. No soy asunto suyo. No tiene que protegerme de ninguna manera. Lo que ha sucedido entre Coombe y yo no le incumbe. Que usted me haya besado y yo se lo haya permitido, devolviéndole el beso de manera insensata, no quiere decir nada. Y lo sabe de sobra.
Jonas puso una cara inexpresiva. Bajó la mirada hacia ella sólo por un momento.
– ¿No quiere decir nada? -dijo.
Exasperada, ella alzó las manos.
– ¿Qué quiere que signifique? ¿Algo?
Volviendo a bajar la vista a los brillantes ojos de ella, Jonas descubrió que no conocía la respuesta a esa pregunta. No había pensado en ello, no se había preguntado al respecto.
Emily le sostuvo la mirada. La joven pareció percibir su confusión, luego emitió un bufido.
– Allí lo tiene. -Se dio la vuelta y comenzó a andar de nuevo. Le habló sin volver la vista atrás-. Ya se lo he dicho antes, Jonas Tallent, en numerosas ocasiones. No soy asunto suyo.
Y él le había dicho que estaba equivocada.
Jonas puso los brazos en jarras y se detuvo, observándola caminar por la carretera, dejando que sus palabras de rechazo retumbaran en su mente una y otra vez.
No se asentaron, no encajaron… porque no eran ciertas.
No se correspondían con lo que él sentía… y, desde luego, tampoco se correspondían con lo que ella sentía.
Em le había hecho una pregunta y él desconocía la respuesta. Así que, ¿qué quería él en realidad? ¿Qué significaba todo aquello?
Bajó las manos y la siguió.
Diez minutos después, Jonas se dejó caer en un banco en el extremo más oscuro del salón y tomó un largo trago de la jarra de cerveza que Edgar le había servido.
Había seguido a Em de regreso a Red Bells. Ella se había apresurado a entrar con la cabeza bien alta y, tras echar un vistazo a su alrededor, había buscado refugio en su despacho.
En vez de seguirla, Jonas buscó refugio en las sombras.
Ya hubiera sido a propósito o no, ella le había arrojado otro guante en el camino. Le había lanzado otro desafío al hacerle una pregunta para la que no tenía respuesta. Y si quería seguir persiguiéndola, tenía que superar aquel escollo.
Emily le había pedido específicamente que definiera dicha persecución, que explicara exactamente qué quería de ella.
Y él tenía que admitir que era una petición justa y razonable.
Lo más probable es que ella creyera que su falta de respuesta inmediata a la pregunta quisiera decir que él no iba en serio, pero iba muy en serio. Completamente en serio. Lo que pasaba es que no había seguido sus intenciones hasta un final lógico ni definido su objetivo final. Pero esa omisión no quería decir que no tuviera intención de conseguir dicho objetivo final, sino que aún no sabía cómo expresarlo con palabras.
Porque no resultaba fácil, y porque en lo que a él y a ella concernía, lo que estaba surgiendo entre ellos no parecía tener nada que ver con la lógica. Ni con la razón. Podría analizar la situación todo lo que quisiera, pero aquella relación, en cada uno de sus niveles, estaba siendo impulsada por sentimientos y emociones, y, aún más, por sus reacciones a ella… y tales inquietantes manifestaciones desafiaban la lógica a cada paso.
Apoyó la espalda contra la pared y estiró las piernas ante sí. Se tomó el resto de la cerveza y mientras transcurría la tarde se pasó el rato observando cómo Emily Beauregard revoloteaba por la posada, haciendo su trabajo eficientemente y lanzándole de vez en cuando miradas con los ojos entornados.
¿Qué quería de ella? ¿De ella o con ella?
Sabía que había varias respuestas. La quería en su cama y también que confiara en él, pues por alguna razón que no lograba comprender, ella se sentía obligada a cargar sobre sus delgados hombros con las penas de todo el mundo. Y lo que eso conllevaba brillaba con claridad en la mente de Jonas: quería protegerla, compartir su vida y que ella compartiera la de él.
Teniendo en cuenta todo eso, ¿qué era lo que quería de ella? ¿Cuál era exactamente la posición que él quería que ella ocupara en su vida?
¿V podía asegurar, sin duda alguna, que era eso lo que él necesitaba?
Cuando se levantó, dejando la jarra vacía sobre la mesa, y se dirigió a la puerta, tenía la respuesta a todas sus preguntas y también a la de ella.
Había definido su objetivo final.
Ahora lo único que tenía que hacer era conducir a Emily hacia dicho objetivo. Y convencerla de que estuviera de acuerdo con él.
CAPÍTULO 08
A la mañana siguiente, Em estaba sentada en su despacho, tamborileando los dedos sobre el papel secante y con la mirada perdida intentando decidir cuál era la mejor manera de continuar con su búsqueda del tesoro. Averiguar la antigüedad de Ballyclose Manor antes de planear cualquier incursión al sótano de la mansión era el mejor camino a seguir, incluso aunque dicho camino estuviera lleno de obstáculos.
Todavía seguía irritada por lo ocurrido con Silas Coombe, pero por debajo subyacía un sentimiento de inquietud, una sensación de descontento que la acosaba sin cesar.
Ignoró ambos sentimientos y se pasó un buen rato buscando una nueva vía de acción, pero no se le ocurrió nada.
La mañana transcurría rápidamente y había cosas que hacer. Con un suspiro, dejó de pensar en la búsqueda -apartándola de su mente con más vehemencia si cabe que a Jonas Tallent-y volvió a concentrarse en las responsabilidades que acarreaban las expectativas que la reanimación de Red Bells había suscitado entre los ahora leales clientes.
Poco a poco vecinos de todas las edades, géneros y condiciones habían comenzado a reunirse en la posada. Desayuno, té mañanero y aperitivos, almuerzo y merienda contaban con más clientes cada día, y a ese ritmo tendrían que establecer un sistema de reserva para las mesas en las que servían las cenas.
Después de consultar con Hilda el pedido semanal a Finch e Hijos, y comprobar las reservas de cerveza con Edgar, Em volvió a retirarse a su despacho para actualizar los libros de cuentas.
Estaba enfrascada en eso cuando un carraspeo y un ligero golpe en la puerta abierta le hicieron levantar la vista.
Pommeroy Fortemain estaba parado en el umbral y escudriñaba con la mirada la diminuta estancia.
– Diría -dijo él, mirándola a la cara- que este lugar no es más grande que un armario para los útiles de limpieza, ¿me equivoco? Cuando Edgar me dijo que estaba en su despacho me imaginé un lugar como el que tiene Cedric en casa. -Pommeroy volvió a echar otro vistazo alrededor-. Yo que usted, le exigiría a Tallent una habitación más grande que ésta, señorita Beauregard. Apenas cabe nada. -Pommeroy bajó la mirada hacia ella y le brindó una radiante sonrisa-. De ningún modo es el marco apropiado para una florecilla tan preciosa como usted.