A Em le resultó fácil no dejarse halagar por el piropo. Lo aceptó con una pequeña y tensa sonrisa y frunció el ceño. Las dos columnas que estaba sumando no coincidían.
– ¿Puedo ayudarle en algo, señor Fortemain?
Pommeroy entró en la estancia mientras hacía un gesto con la mano.
– No hay razón para tantas formalidades, mi querida señorita Beauregard. Me llamo Pommeroy y me gustaría que se dirigiera a mí por mi nombre de pila.
Ella sólo inclinó la cabeza. Después de lo ocurrido con Silas Coombe, no pensaba sonreír a quien no quería sonreír; no pensaba consentir que se produjeran más malentendidos.
– ¿Deseaba algo, señor?
– Pues en realidad -dijo Pommeroy- he venido a traerle una invitación de mi madre. -Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una tarjeta que le tendió con un gesto cortés-. Es la invitación para una fiesta con baile en Ballyclose Manor el próximo sábado por la noche. Esperamos que usted y su hermana puedan asistir.
Em clavó la mirada en la tarjeta de papel color marfil, luego alargó la mano y la cogió. Asistir a fiestas no era, definitivamente, lo que había esperado hacer mientras se dedicaba a la búsqueda del tesoro. Sin embargo, como Issy y ella habían traído consigo todos sus bienes materiales, tenían vestidos de fiesta, aunque un tanto desfasados.
Aunque su tío Harold las había utilizado como criadas sin sueldo, se había asegurado de mantener las apariencias, lo que significaba que primero sola y luego acompañada de Issy, Em había asistido a las actividades ofrecidas por las damas locales. Harold había tenido que acceder a eso o arriesgarse a sufrir todo tipo de preguntas e indagaciones por parte de las damas que querían saber cómo estaban sus sobrinas. Sus vestidos estaban pasados de moda, pero servirían. Sin embargo… era la posadera. Invitaciones como ésa hacían que se sintiera incómoda y que se debatiera entre si debía aceptarla o no, pues parecía que los habitantes de Colyton estaban dispuestos a tratarlas como a las damas que realmente eran.
Pommeroy estudiaba la expresión de su cara, claramente desconcertado por su falta de entusiasmo.
– Toda la clase acomodada estará allí, por supuesto. Todos asisten a las fiestas que organiza mi madre, o a cualquier evento por el estilo, usted ya me entiende.
Em asintió con la cabeza distraídamente, sin apartar la mirada de la tarjeta. No podía enfrentarse a la determinación de los vecinos para otorgar a su familia el estatus social que en realidad poseían. Y en cuanto encontraran el tesoro, volverían a ser los Colyton de Colyton, y recuperarían la posición social que les correspondía.
Llegados a ese punto, le parecía un poco tonto aferrarse a. su charada de no ser nada más que «la posadera del pueblo» cuando todos estaban dispuestos a tratarla de otra manera.
Y… aunque intentaba con todas sus fuerzas no dejarse llevar por su amor al peligro, aquel lado temerario de los Colyton, estaba el hecho innegable de que si quería buscar entre los libros de Ballyclose Manor, esos que ahora sabía que estaban en la biblioteca de la mansión, una fiesta -con baile, nada menos- era la oportunidad perfecta.
Una oportunidad demasiado buena como para pasarla por alto.
Levantó la vista y, mirando a Pommeroy a los ojos, sonrió.
– Gracias, señor… Por favor, comuníquele a lady Fortemain que a mi hermana y a mí nos encantará asistir a la fiesta.
– ¡Oh, bien! -Pommeroy la miró con ojos brillantes-. El primer vals es mío, ¿de acuerdo?
Em dejó de sonreír.
– Es posible, ya veremos. -Con una expresión tranquila, ladeó la cabeza-. Si me disculpa, debo regresar a mis cuentas.
Todavía sonriente, Pommeroy hizo un gesto con la mano y se fue.
Ella se quedó mirando fijamente el lugar donde él había estado. Suspiró, y luego regresó a sus recalcitrantes columnas de números.
El sábado por la noche, Em estaba impaciente por seguir adelante con la búsqueda del tesoro. Puede que siempre estuviera sermoneando a las gemelas para que no hicieran las cosas de manera precipitada e imprudente, pero proceder ella misma con la misma cautela -sobre todo después de haberse pasado seis días sin avanzar en sus pesquisas- ponía a prueba su autocontrol.
Dejó que John Ostler las llevara en uno de los carruajes que se conservaban en los establos de la posada y después, acompañada de Issy, se puso a la cola de los invitados que subían la escalinata de Ballyclose Manor para dirigirse al salón de baile. Pero en lugar de soñar con bailar el vals, Em apenas podía esperar para ver la biblioteca.
Dado que la fuerza de su impulso crecía por momentos, se esforzó por contener aquella temeraria naturaleza Colyton, aunque escabullirse a la biblioteca durante el baile era mucho menos peligroso que buscar el sótano y colarse en el.
Ataviada con un vestido de muselina azul con ribetes bordados en el escote y en el dobladillo y el cabello rubio enmarcándole la cara, Issy se inclinó hacia ella para susurrarle al oído.
– ¿No has encontrado ninguna pista en esos libros?
– No -le respondió con voz queda para que nadie más pudiera oírla-. Había capítulos dedicados a todas las casas importantes, Ballyclose Manor incluida, pero ninguno de ellos menciona que hubiera sucedido nada relevante antes del siglo XVIII. -Miró la fachada por encima de la puerta principal-. Necesito saber cuándo se construyó este lugar.
Issy frunció el ceño.
– Lo has estado haciendo tú todo. No puedo dejar que vuelvas a escabullirte para buscar sola. Iré contigo y haré guardia.
Em cerró los dedos en torno a la muñeca de Issy y se la agitó con suavidad.
– Bobadas. Ya te lo he dicho, esperaré hasta la mitad del baile, cuando todo el mundo esté entretenido. Filing te dijo que vendría, no hay razón para que no pases con él tanto tiempo como sea posible. Ninguna de nosotras es una jovencita que no pueda conversar cortésmente con un caballero sin dama de compañía. Aprovecha la ocasión.
Se interrumpieron para asentir con la cabeza y sonreírle a los Courtney, una familia que habían conocido en la merienda en Ballyclose.
– Y además -continuó ella, bajando la voz-, Filing no te quitará la vista de encima, tanto si estás con él como si no, así que no es prudente que vengas conmigo. Si lo haces, probablemente te seguirá y entonces ¿qué haremos?
Issy respondió con una mueca. Después de un momento, mientras avanzaban por la cola de recepción, preguntó:
– ¿Estás segura?
Sonriéndole a otro desconocido, Em asintió con la cabeza.
– Estoy segura. No te preocupes. ¿Qué peligro podría acecharme en la biblioteca de un caballero?
Por fin alcanzaron la cabeza de la cola, hicieron una reverencia a la anfitriona y a Jocasta Fortemain, la esposa de Cedric, y accedieron al enorme salón de baile, que ya estaba muy concurrido.
– ¿Ves? -dijo Em, paseándose entre la multitud-. Será fácil desaparecer en medio de tanta gente. Nadie me echará de menos.
Issy murmuró algo con aire distraído. Em siguió la dirección de su mirada y vio la rubia cabeza del señor Filing, que avanzaba resueltamente entre el gentío hacia ellas. Conteniendo una sonrisa encantada, Em se detuvo cortés mente.
– Señorita Beauregard. -AI llegar junto a ellas, Filing le hizo una educada reverencia.
Em le tendió la mano y le brindó una alentadora sonrisa.
– Señor. Es un placer verle aquí.
Filing sonrió.
– El placer es mío. -Al final el párroco permitió que su mirada se desplazara, como atraída por un imán, hacia la otra joven. Su sonrisa se suavizó mientras hacía otra reverencia-. Señorita Isobel.
Issy enrojeció, casi se podría decir que resplandecía de una manera que Em no había visto nunca, y le tendió la mano al hombre.
– Señor.
Em apenas pudo contener una sonrisa. Ni Issy ni Filing sabían ocultar sus sentimientos. Se comían literalmente con los ojos; dudaba mucho que nada, salvo clavarles una aguja afilada, les hiciera darse cuenta del mundo que les rodeaba.