Tocó el brazo de Issy y se despidió de Filing con un gesto de cabeza.
– Les dejaré para que puedan hablar a solas.
Mientras se abría paso entre la gente, Em se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que Filing pidiera la mano de Issy. Aunque la alegría que sentía por su hermana se veía empañada por el pesar -con veinticinco años y las gemelas y Henry a su cargo, se había visto forzada a dejar de lado cualquier pensamiento de casarse ella misma-, su deleite por la inmensa felicidad de Issy era genuino y lo suficientemente profundo como para hacerle sentir deseos de bailar.
Por consiguiente, fue como un regalo caído del cielo el hecho de que los músicos, situados en la galería en el otro extremo del salón, comenzaran a tocar los primeros acordes de un vals en ese momento. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Em bailó un vals.
Jonas observó cómo Em miraba a su alrededor cuando comenzó la música, como si estuviera buscando a su pareja. La había visto llegar unos minutos antes y no había hablado con ningún caballero salvo con Filing, así que no debía de haber comprometido ese baile. Sus pies ya lo llevaban hacia ella antes de concluir siquiera aquel pensamiento.
Em tenía un aspecto… delicioso. Parecía fresca y radiante con aquel vestido de seda verde y el pelo castaño brillando bajo la luz que arrojaban las lámparas de araña. Por una vez, se había recogido el cabello en un moño alto, dejando que los cortos rizos que luchaba por contener le enmarcaran la cara, oscilando de arriba abajo de una manera deliciosa.
El vestido de seda se le ceñía suavemente al cuerpo, revelando las curvas redondeadas de su figura, los hombros delicados y femeninos, los brazos gráciles, los pechos plenos y redondos, la cintura diminuta que un hombre podría abarcar fácilmente con las manos y las voluptuosas caderas que se balanceaban sobre unas piernas sorprendentemente largas a pesar de la relativa corta estatura de la joven. La descripción que le vino a la mente fue que era como «una Venus de bolsillo».
Le llevó sólo un momento alcanzarla, alargar el brazo y capturar su mano.
Con un «¡oh!» en los labios, Em se dio la vuelta bruscamente para mirarle.
Jonas levantó la mano y le rozó el dorso de los dedos con los labios, observando cómo se le encendían las mejillas. Sonrió.
– Me alegro de verla, señorita Beauregard.
Ella contuvo el aliento y asintió con la cabeza mientras intentaba componer una expresión severa.
– Señor Tallent.
– Jonas, ¿recuerda?
Em apartó la mirada y miró hacia la pista de baile. A través de sus dedos, él podía sentir la impaciencia de la joven por unirse a las parejas que se movían sobre la pista, girando sin cesar. Ella parecía una potrilla bien entrenada que se estremecía al intentar contener las ganas de participar.
– ¿Me concede este vals, señorita Beauregard?
Ella volvió la mirada a su cara.
Al ver la vacilación que llenaba los brillantes ojos de Em, él sonrió.
– Prometo no morder.
Emily titubeó un instante más, luego asintió con la cabeza.
– Gracias, me encantaría bailar este vals.
Jonas supo que aquélla era una declaración muy comedida. Poniéndose la mano de Em sobre la manga, la guió entre la multitud de invitados, pero Pommeroy Fortemain se interpuso de repente en su camino.
– ¡Señorita Beauregard! -Pommeroy parecía algo horrorizado-. Debe de haberse olvidado… Me prometió bailar conmigo el primer vals.
– Buenas noches, señor Fortemain. -Em recordaba muy bien sus palabras-. Con respecto a este baile, recuerdo muy bien que no acepté su proposición de que le reservara el primer vals. No me parecía que fuera una decisión que debiera tomar en ese momento. -Sonrió educadamente-. ¿Nos disculpa?
Em esperaba que Tallent se diera por aludido y la guiara a la pista. Pero en vez de eso, se quedó clavado en el sitio, mirándola con curiosidad, dándole tiempo a Pommeroy para protestar.
– Pero yo esperaba… Pensaba que…
Em miró a Jonas deseando que la rescatara, pero él se limitó a mirarla con aquellos ojos oscuros Henos de diversión mientras arqueaba una ceja de manera inquisitiva.
Dejando que fuera ella la que escogiera qué hacer con Pommeroy.
Em debería cambiar de idea, pero lo cierto es que no quería hacerlo. Elegir a Pommeroy en lugar de a Jonas era como tirar piedras contra su propio tejado. No sabía a ciencia cierta si Jonas bailaba bien el vals, pero había vivido en Londres, así que daba por supuesto que sabría bailarlo. Por otro lado, Pommeroy…
Volvió a mirar al hijo de la anfitriona.
– Lo siento, Pommeroy, pero no le prometí nada.
Él comenzó a hacer un puchero.
Si Jonas y ella no se largaban pronto de allí, comenzaría a protestar de nuevo. Em respiró hondo.
– Quizás el próximo baile.
– Que, casi seguramente, no sería un vals.
Pommeroy parecía apesadumbrado.
– Oh, muy bien entonces. Será el siguiente baile.
Em forzó una sonrisa.
Después de oír la aprobación de Pommeroy, Tallent la escoltó a la pista de baile donde otras parejas giraban sin cesar al ritmo del vals.
Jonas se volvió hacia ella y la cogió entre sus brazos.
Distraída por la interrupción de Pommeroy, ella se dejó llevar hacia él sin pensar, sin prepararse para la repentina oleada de sensaciones que la asaltó. Cayó en los brazos de Jonas y casi se quedó sin aliento, notando que sus ojos se agrandaban cuando comenzaron a girar por la pista. Se puso rígida, como si aquello pudiera contener la marea de sensaciones que la embargaba y detener sus sentidos a pesar de que la cabeza no hacía más que darle vueltas.
Él parecía no darse cuenta mientras la guiaba magistralmente en el vals.
Dando vueltas perezosas.
Em se sintió eufórica. Casi podía flotar. Sus pies apenas tocaban el suelo mientras él, sin esfuerzo alguno, giraba rápidamente con ella entre sus brazos.
– Baila muy bien, señor Tallent. -El cumplido sincero salió de sus labios antes de que pudiera pensárselo mejor.
El bajó la mirada y sonrió.
– Gracias. Resulta más fácil cuando se tiene una pareja que no trata de dirigirme.
Que era lo que solía hacer Em.
Por lo general, ella bailaba mucho mejor que sus parejas, por lo que rara vez podía evitar guiar el baile. Pero con él… Emily no había pensado conscientemente en eso, pero tampoco había necesidad. Jonas sabía lo que hacía.
Se lo demostró al dar otra vuelta vertiginosa, y luego otra más, en perfecta sintonía con la música, ajustándose en los giros imprecisos mientras se desplazaban por la enorme estancia.
– Sin embargo, tengo una queja. -Jonas atrapó la mirada de Em y arqueó una ceja-. ¿Él es Pommeroy pero yo sigo siendo el señor Tallent?
Había un peso -una intensidad a la que, Dios la ayudara, ella comenzaba a acostumbrarse-detrás de la oscura mirada. Em lo miró fijamente, intentando mantenerse firme en su postura, pero luego cedió con una mueca.
– Oh, de acuerdo, Jonas, entonces.
El esbozó una brillante sonrisa, y a ella se le cortó la respiración. El primer pensamiento que se coló en su de repente mente en blanco, fue que debía estar agradecida de que no le hubiera sonreído antes.
Con los ojos todavía fijos en los de él, Em notó que la mirada de Jonas era demasiado penetrante y perceptiva para su tranquilidad de espíritu. Apartó la vista y miró por encima del hombro izquierdo de su patrón, intentando pensar en algo, en cualquier cosa, que no fuera él.
Pero eso era imposible cuando estaba confinada entre sus brazos y giraban vertiginosamente por la pista, aunque Em tenía que reconocer que no se sentía constreñida, ni siquiera guiada y empujada, sino receptiva y armoniosa.