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Como si los dos formaran un todo, moviéndose al unísono.

Emily había bailado el vals a menudo en el pasado, pero nunca había sentido nada parecido a aquello con ningún otro hombre.

Nada tan placentero.

Todavía notaba los ojos de Jonas clavados en ella, pero no se atrevía a alzar la cabeza y mirarle. Se sentía tan viva, tan consciente de él -del pecho que estaba a sólo unos centímetros de sus senos, de los muslos largos y firmes que se apretaban contra los de ella en cada vuelta, de la fuerza de sus brazos mientras danzaban por la estancia- que estaba segura de que, si le miraba, él podría percibir todo eso en su mirada.

Y Jonas no necesitaba que le animara. Todavía la perseguía. Aunque no hubiera hecho ningún intento de acercarse a ella en los últimos días, Em sabía que no tardaría en volver a presionarla. Lo más probable era que hubiera estado meditando después de la última discusión, en la que ella le había señalado que no perseguía un objetivo honorable, y le estuviera dando tiempo y espacio, pensando que de esa manera estaría más receptiva a su siguiente avance.

Sin duda, tenía que ser eso.

Y si ella hubiera tenido algo de sentido común, jamás habría aceptado bailar el vals con él ni, mucho menos, rechazado la invitación de Pommeroy.

Pero había querido bailar el vals y, a pesar de todo, lo había querido bailar con él, con Jonas.

Em frunció el ceño para sus adentros. Le habría gustado decirse a sí misma que quiso bailar con él sólo porque dio por sentado que sería una pareja excelente, pero no podía engañarse. No lo hizo por eso.

También le hubiera gustado decirse a sí misma que algo, algún impulso idiota que no había logrado dominar, derribó sus defensas impulsándola a aceptar, pero sabía que la culpa de todo la tenía su naturaleza Colyton.

Tenía que ponerse en guardia contra ella, y si Jonas Tallent despertaba su lado aventurero, también tendría que ponerse en guardia contra él.

Con auténtica pena, escuchó los acordes finales del baile. Jonas la hizo girar una última vez y se detuvo. Em dio un paso atrás, alejándose de sus brazos, e hizo una reverencia.

Se incorporó e inclinó la cabeza.

– Gracias. Ha sido… agradable. -Había sido mucho más que eso, y ahora que no estaba cerca de él, dentro del cálido refugio de sus brazos, notaba una sensación de pérdida.

Jonas sonrió como si lo supiera.

Se le ocurrió que, salvo las primeras frases, él no había hablado mucho. Mejor dicho, no había hablado nada. Sólo se había dejado llevar por el baile, permitiendo que los sentidos demasiado conscientes de ella hablaran por él. Em lo miró con los ojos entrecerrados.

– Ah… señorita Beauregard. ¿Preparada para el siguiente baile?

Ella se volvió para encontrarse con Pommeroy -que la observaba con una mirada alegre y esperanzada- y escuchó los primeros acordes de un cotillón.

Aquí estaba su penitencia. Forzando una sonrisa, le tendió la mano. -Señor Fortemain.

Él le tomó la mano y le dio una palmadita mientras la conducía devuelta a la pista.

– Pommeroy, querida, Pommeroy.

Resignada a llamar al caballero por su nombre de pila, Em se rindió a su destino y se concentró en el siguiente baile.

Jonas la observó marcharse antes de ponerse a buscar a Phyllida, a la que había visto bailar entre los brazos de Lucifer.

Su gorrión estaba atrapado por el momento, y todo iba bien. No había ningún peligro acechando en el salón de baile de lady Fortemain. Tenía tiempo de sobra para buscar a su gemela y preguntarle cuáles eran los libros que su marido le había prestado a Em, y ver si podía averiguar algo más sobre el objetivo de la joven.

Y después, le reclamaría otro vals.

Ella había sido como diente de león entre sus brazos e increíblemente ligera de pies. Tenía una figura menuda, su cabeza no le sobrepasaba el hombro, pero sus ojos vibrantes brillaban con aquella pura vitalidad que encerraba en su interior. Sabía que Em había disfrutado bailando el vals con él, aunque el baile había sido, definitivamente, un placer compartido. Se sintió muy agradecido de que ella no fuera una de esas mujeres que necesitaban llenar cada silencio con cháchara; así que él pudo disfrutar por completo del vals y del inmenso placer de tenerla entre sus brazos.

No es que estuviera del todo satisfecho, todavía no, pero lo estaría. Ahora conocía su objetivo, finalmente podía expresarlo con palabras y aceptar que la verdad era que la quería como esposa, y que no descansaría hasta hacerla suya. Como ya le había advertido a ella, era un hombre decidido y paciente.

Em jamás habría imaginado que estaría tan solicitada. Después de bailar con Pommeroy, éste dio señales de querer acapararla. Aquella creciente atención por su parte le puso los nervios de punta. Estaba buscando la mejor manera de librarse de él, cuando para su alivio el hermano mayor de Pommeroy, Cedric, se acercó para comunicarle que lady Fortemain quería hablar con él. Claramente disgustado por verse privado de la compañía de la joven, Pommeroy aceptó de mala gana reunirse con su madre y se alejó. Cedric se quedó charlando con ella. Emily barajó la posibilidad de preguntarle abiertamente sobre la antigüedad de la casa, pero decidió investigar primero en la biblioteca. Entonces Cedric la sorprendió pidiéndole el siguiente baile.

Después, bailó con Filing. El párroco, separado de Issy, que bailaba con Basil Smollet, comenzó a preguntarle sobre las cosas que gustaban o no a su hermana. Em se rio y respondió de buena gana. Además de aprobar a Filing como pretendiente de su hermana, éste le caía muy bien.

Y, por lo que podía ver, él también parecía sentir aprecio por ella. Pasaron un buen rato hablando sobre Henry y las gemelas; después, Issy regresó al lado de Filing y Em los dejó solos, para sucumbir a los encantos del segundo hombre más guapo de Colyton. También él le pidió el siguiente baile, que resultó ser una pieza campestre que les permitió conversar.

– ¿Por qué le llaman Lucifer? -le preguntó ella-. No pueden haberle bautizado con ese nombre.

El se rio.

– No, claro que no. Es un apodo de mi juventud.

– ¿Por comportarse como un demonio?

La sonrisa de Lucifer se hizo más amplia.

– No. Más bien por ser un oscuro arcángel caído.

A ella le llevó un momento asimilar eso. Luego le dirigió una burlona mirada de reproche.

– Supongo que no fueron los caballeros los que le pusieron ese mote.

– Ya que quiere saberlo, fueron las damas de la sociedad.

Ella alzó la mano.

– Creo que ya sé suficiente. No es necesario que entre en detalles.

– Menos mal… Dudo seriamente que Phyllida aprobara que le revelara más cosas.

– Me figuro que no. Así que… -Em se interrumpió mientras giraban en redondo uno alrededor del otro y se volvían a juntar-. ¿Cómo están sus hijos?

– Tan saludables como siempre. Dígame, ¿ha encontrado algo de interés en los libros que le presté?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

– Sí. Estoy enfrascada en ellos. -Había observado a Jonas hablar con su hermana y Lucifer. Ahora ya sabía cuál había sido el tema de conversación.

Dado que estaba muy cerca de saber si Ballyclose Manor era realmente la «casa más alta», con suerte no tendría por qué seguir pidiendo prestados los libros de Colyton Manor.

Ella sonrió.

– Quizá podría decirme una cosa.

Lucifer arqueó sus cejas negras y la taladró con su mirada azul oscuro.

– ¿Si?

– La señorita Sweet es un encanto… ¿Hace mucho tiempo que está con Phyllida?

El apretó los labios. Em no pudo asegurar si él se creyó su expresión inocente, pero un momento después le observó relajar los rasgos.

– No nació en el pueblo. Llegó aquí como institutriz de Phyllida y Jonas cuando éstos tenían tres años, y pasó a ser parte de la familia.

A partir de ahí, a Em le resultó muy fácil indagar sobre las personas de más edad del pueblo. Sus preguntas no tenían nada que ver con la búsqueda, pero tenía curiosidad.