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Pommeroy pareció notarlo. Abrió mucho los ojos y se revolvió en el suelo, intentando incorporarse.

Jonas le miró fijamente.

– Tienes un horrible dolor de cabeza, Pommeroy, y vas a retirarte a tu habitación. Ahora mismo.

Pommeroy logró sentarse derecho y le miró con los ojos como platos.

– ¿Queé?

Con gesto sombrío, Jonas inclinó la cabeza.

– Y si tienes algún problema para fingir que te encuentras mal, estaré encantado de ponértelo más fácil -le dijo entre dientes-. ¿Me has comprendido, Pommeroy?

Pommeroy palideció. Lo miró a él y luego a Em, que se alisó el vestido antes de levantar la vista para lanzarle una mirada feroz. Pommeroy agachó la cabeza.

– De acuerdo. No estoy bien. Creo que me iré a mi habitación -masculló.

– Perfecto. -Mirando a Em, Jonas alargó el brazo-. Entretanto, nosotros terminaremos nuestro paseo en la terraza.

Ella permitió que la cogiera del codo y la condujera a la puertaventana. Luego le miró a la cara y frunció el ceño.

– ¿Qué paseo?

– El paseo del que nos van a ver regresar todos los invitados que se encuentran en el salón de baile en este momento. -Jonas abrió la puertaventana y le lanzó una mirada de advertencia-. Ese paseo.

– Ah. -Ella vaciló y luego salió a la terraza.

Él la siguió y cerró la puerta sin volver a mirar a Pommeroy, que se esforzaba por ponerse en pie en la esquina.

Em se detuvo y recorrió con la vista la terraza que ocupaba toda la longitud de la casa. En el otro extremo, había entreabierta una puertaventana doble por la que salían luz y sonido, y alegres carcajadas que flotaban en la noche, aunque al ser octubre y hacer frío, ninguna pareja más se había aventurado a salir a dar un paseo.

Él le ofreció el brazo con algo de rigidez.

Ella vaciló un momento, pero colocó la mano sobre su manga.

Jonas reprimió el impulso de poner la otra mano encima de la de ella para no dejarla marchar. Apenas podía contener su temperamento, pero estaba resuelto a no hacer más comentarios. Cualquier tipo de discurso sería demasiado peligroso y arriesgado, en su estado actual. Furia, indignación, un proteccionismo feroz y algo más primitivo, recorría sus venas. Sentía el roce de la mano de Em en la manga, la pequeñez y fragilidad de sus delicados dedos, algo que sólo servía para aumentar y exacerbar esa respuesta primitiva.

No habían dado más de cinco pasos sobre la terraza cuando, a pesar de su buen juicio, se dejó llevar por su impulso.

– No puedo creer -gruñó-, que planearas reunirte a solas con ese bobalicón de Pommeroy. Por la manera en la que había ayudado a la señora Crockforth a incitar a su hija a bailar con él, había sabido que planeaba algo…, que estaba a punto de hacer algún movimiento.

La había visto salir del salón de baile, pero no tuvo más remedio que esperar a que finalizara el baile para separarse de la señorita Crockforth y poder seguirla. Conociendo el tipo de información que Em buscaba, la biblioteca fue el primer lugar al que se dirigió. No le sorprendió encontrar a la joven allí, pero sí que estuviera en los brazos de Pommeroy.

Entonces la vio forcejear contra él, la escuchó gritar, y su instinto afloró.

Intentó decirse a sí mismo que habría reaccionado de la misma manera si fuera otra señorita la que hubiera estado atrapada contra su voluntad entre los brazos de Pommeroy.

Deseó poder creérselo, pero aunque era cierto que hubiera ayudado a cualquier mujer en tal situación, sabía que no habría reaccionado con la misma cruda y violenta furia que le embargó al rescatar a Em.

Ella no respondió de inmediato a su comentario. Alzó la nariz y dio tres pasos más antes de decir:

– No creo que sea asunto suyo, pero no conspiré, planeé, ni acepté de ningún modo reunirme en privado con Pommeroy Fortemain. Y me resulta incomprensible que usted piense que es así. -Su tono se volvió más airado. Aparró la mano de su manga, se detuvo y se giró para mirarle-. ¿Por qué demonios iba a querer reunirme con él? -Cerró los puños con fuerza y le lanzó una mirada furiosa cuando él también se detuvo-. ¡Lo próximo que hará será acusarme de tener las miras puestas en él!

Él le respondió con otra mirada furiosa.

– Esperaba que tuviera mejor gusto. Pero ¿de qué otra manera podía…? -se interrumpió-. ¿La siguió?

– ¡Pues claro que me siguió! Me encontró sola e intentó aprovecharse de mí.

– No la hubiera encontrado sola si usted no se hubiera escabullido en busca de esa condenada cosa que está buscando.

Em entrecerró los ojos.

– Estaba a punto de darle las gracias por su oportuna intervención, pero a pesar de cualquier gratitud que pudiera sentir, ¡nada, repito, nada, le da derecho a decirme dónde puedo ir, cuándo o con quién!

– La furia que sentía la hizo ponerse de puntillas y señalarle la nariz con un dedo-. ¡No es mi guardián! Nadie le ha elegido a usted para ese papel. No puedo entender por qué cree que tiene derecho a interferir en mi vida. ¿Por qué imagina que puede hacerlo?

La expresión de Jonas no se había suavizado, pero parecía extrañamente neutra. Clavó los ojos en ella durante unos segundos.

Ella estaba a punto de gruñir y apoyar los talones, creyendo que su mensaje había dado en el blanco, cuando él alargó las manos hacia ella.

La tomó entre sus brazos, la apretó contra su pecho, inclinó la cabeza y aplastó los labios contra los suyos.

CAPÍTULO 09

Salvaje, apasionado, intenso… Desde el primer roce de sus labios, el beso envolvió a Em, haciéndole olvidar cualquier pensamiento racional.

Sus sentidos se vieron inundados por una vorágine de deleite, de calor y sensaciones; de pura tentación.

Era algo nuevo, maravilloso y fascinante. Un nuevo mundo que investigar, un nuevo y brillante horizonte que atraía a su alma Colyton, a esa parte de ella que se sentía fascinada por lo desconocido y lo novedoso, que deseaba aventuras y emociones que explorar.

Lejos de tambalearse por la impresión, Em aprovechó el momento y se sumergió en el.

En el calor, en el fuego, en las ardientes y maravillosas sensaciones que le provocaba el beso.

Tenía las manos atrapadas contra el pecho de Jonas. Pero en vez de apartarle de un empujón, se aferró a él. Cerró los dedos sobre la tela de la chaqueta y lo atrajo con firmeza hacia ella, apresándolo con la misma eficacia que los brazos de acero de él la apresaban a ella. Que la aplastaban contra su cuerpo.

Em podía sentir los fuertes músculos de su pecho y el duro y firme abdomen contra ella.

Jonas movía la lengua con audacia, seducción y ardor. Apretó los brazos en torno a ella mientras inclinaba la cabeza a un lado, devorándole los labios y reclamándola con pasión.

Em le devolvió el beso con la misma ansia y avidez, y una parte dormida de su cuerpo revivió por la pasión manifiesta y el deseo recién descubierto.

Puede que ambas cosas fueran nuevas para ella, pero una parte de su ser las reconocía, sabía lo que eran y se regocijaba por ello.

Incitándola codiciosamente. Provocándola y excitándola.

Mientras el beso continuaba y el calor se desbordaba en su interior, Em notó que sus pechos se volvían pesados, se hinchaban dolorosamente, y que los pezones se convertían en brotes apretados.

Quiso acercarse más a él, intensificar y apurar los besos, aliviar aquella dolorosa y extraña inquietud que la envolvía, apretándose más contra la figura masculina. Intentó frotarse contra él, pero al sentir la necesidad de Em, Jonas se movió con ella, haciéndola retroceder paso a paso hasta que la joven sintió la fría fachada contra la espalda; un agudo contraste con el calor que emitía Jonas y del que ella no parecía tener bastante.