– Me ha sorprendido mucho el gran tamaño de los sótanos de la posada. -Lanzó una mirada a la puerta de madera que había al otro lado de la cocina-. ¿Saben si es normal en las casas de la zona? ¿Hay alguna razón en particular para que existan esos sótanos tan grandes?
Mortimer sonrió.
– No sé si hay alguna razón especial, pero los sótanos de esta mansión también son muy grandes. Hay varias estancias en ellos. Quizás, al ser una casa tan antigua donde en tiempos pasados vivía mucha más gente, se necesitase disponer de un lugar grande donde almacenar una gran cantidad de comida y cosas por el estilo. Incluso existen túneles subterráneos que conectan los sótanos de la mansión con los diversos edificios anexos, como los establos y la despensa.
A Em no le costó nada parecer interesada.
– ¿Cuántos años tiene esta casa?
– Pues respecto a eso, no sabría decirle, señorita. -Mortimer dejó la taza de té sobre la mesa-. Pero quizá lo sepa el señor Jonas.
Justo la última persona a la que Em quería preguntar. La joven sonrió y dejó pasar el tema, volviendo a retomar la búsqueda de recetas típicas.
Dos minutos después, sonó un ligero golpe en la puerta trasera que anunció la visita de la señorita Sweet y Phyllida Cynster.
– Buenos días, Gladys, querida. -La señorita Sweet entró como Pedro por su casa-. Oh, señorita Beauregard, qué alegría verla aquí… -La expresión de la señorita Sweet mostraba claramente lo confundida que estaba al encontrarse a Em sentada en la cocina.
Emily la saludó con una sonrisa y le explicó la razón que la había llevado allí. La señorita Sweet no tardó en mostrarse entusiasmada con la idea.
También Phyllida se mostró interesada.
– La señora Hemmings tiene un montón de recetas y estoy segura de que estará encantada de participar en la causa.
Al parecer, Phyllida había acompañado a la señorita Sweet a Grange sólo para asegurarse de que a la anciana no le ocurría ningún contratiempo en el camino del bosque.
– Debo regresar a casa, mis duendecillos no tardarán en meterse en algún lío.
– Perdón -dijo Em, recogiendo las notas que había tomado-, si no le importa, me gustaría acompañarla. Ya he terminado y, aunque sé que existe un camino que conduce a la parte trasera de la posada, no estoy segura de no perderme al intentar encontrarlo.
Phyllida sonrió.
– Yo se lo indicaré. De hecho, me encantará acompañarla.
Em les dio las gracias a Gladys, Cook y Mortimer, y a la recién llegada señorita Sweet, y se puso en camino con Phyllida.
Phyllida le señaló un camino estrecho, pero lo suficientemente ancho para que pudieran caminar una junto a la otra.
– Conduce desde la parte trasera de Grange al norte a través del bosque. Más adelante, hay un camino a la izquierda que la llevará directamente a la puerta trasera de la posada. Más allá, el camino rodea la parte de atrás de las casas que hay frente a la carretera, y finaliza justo en los establos de Colyton Manor.
– Es decir, que se trata de un atajo entre Grange, la posada y Colyton Manor.
Phyllida asintió con la cabeza.
– Jonas y yo somos los que más lo usamos desde hace tiempo. En ocasiones, mi hermano envía al jardinero de Grange para que lo despeje de maleza, pero existe desde antes de que yo naciera.
Ambas siguieron avanzando por el sendero en buena armonía.
– Hemos estado hablando de los sótanos de la posada -le dijo Em-. Y me han informado de que quizás usted o su hermano podrían saber algo más sobre su historia.
– Ah, sí. -Phyllida inclinó la cabeza sonriendo-. La razón por la que está comunicada con Grange se debe a que ésta ha sido de siempre la casa del magistrado local, que también es el dueño de la posada y quien, por consiguiente, mandó construir las celdas de la localidad en los sótanos de la posada en vez de en los de la mansión.
– ¿Los cuartos del sótano son celdas? La verdad es que me preguntaba qué serían.
– Se han usado muy pocas veces -le aseguró Phyllida-. De hecho, creo que la última persona que estuvo allí presa fue Lucifer. -Se rio al ver la cara de sorpresa que puso Em-. Fue un error, pero estaba inconsciente en ese momento. Tuve que rescatarle. Le cuidamos en Grange hasta que se recuperó.
Em se sintió tentada de preguntar más, pero decidió preguntar sobre lo que más le interesaba.
– Todavía estoy tratando de familiarizarme con la historia del pueblo y el papel que jugaron en ella las mansiones de Colyton. ¿Podría contarme algo sobre Grange? -Lanzó una mirada a Phyllida-. Tengo entendido que pertenece a su familia desde hace generaciones.
– Oh, en efecto… Casi desde la Conquista. Por supuesto, el edificio actual no es tan antiguo, las partes más antiguas datan de principios del siglo XV, aunque han sido ampliadas a lo largo de los años.
– ¿Y los magistrados locales han sido miembros de su familia durante todo ese tiempo?
– Más o menos. -Phyllida miró a Em y sonrió-. Hay algo que rae gustaría preguntarle. ¿De dónde procede su familia, señorita Beauregard?
Em le sonrió.
– Por favor, llámeme Emily, o Em, como todo el mundo. -Si vamos a dejar a un lado las formalidades, me gustaría que me llamaras Phyllida.
Em asintió con la cabeza.
– Con respecto a tu pregunta, mi abuelo estuvo trasladándose de un lado a otro del país antes de establecerse en York. Mi padre nació allí, como decía a menudo, bajo el sonido de las campanas de la catedral, y vivió allí toda su vida. Mi madre también procedía de una familia de la localidad, así como mi madrastra, la madre de las gemelas. -Así que las niñas son tus hermanastras.
– Sí, pero siempre hemos estado muy unidas. Cuando la madre de las gemelas murió, ellas se vinieron a vivir con nosotros.
– ¿Ah, sí? ¿Así que vivisteis separados algún tiempo?
Em no había tenido intención de contarle eso.
– Después de la muerte de mi padre, nosotros, Henry, Issy y yo, nos fuimos a vivir con un tío materno durante un tiempo. Pero luego tuvimos que abrirnos camino y fue entonces cuando comencé a regentar posadas. -Em sabía que se estaba moviendo en arenas movedizas y trató de cambiar de tema-. ¿Puedo suponer entonces que Grange es tan antigua como Colyton Manor?
Al mirar hacia delante, Em observó que había un camino lateral a la izquierda.
– Por lo que yo sé, sí. Pero empecé a vivir en Colyton Manor después de casarme, y no conozco su historia tan bien como la de Grange. Debería preguntarle a Lucifer.
Em se felicitó por haber sorteado con éxito el espinoso tema de su pasado reciente.
– Intentaré acordarme la próxima vez que lo vea. -Se detuvo en el cruce de caminos-. Aquí es donde debo desviarme, ¿no?
– En efecto. -Sonriente, Phyllida le tendió la mano-. Sin duda nos veremos en la posada. Su revitalización se está llevando a cabo muy deprisa… Me alegro de que ahora las damas tengamos un lugar agradable donde poder reunimos.
– La verdad es que se está haciendo muy popular. -Em le estrechó la mano y se giró hacia la posada-. Sólo espero que estemos a la altura de las expectativas.
– Estoy segura de que así será. -Phyllida se despidió de Em con la mano y luego continuó su camino.
Sin dejar de hacerse preguntas.
No le cabía la menor duda de que Emily Beauregard procedía de una buena familia. De la misma esfera social que ella misma. Cuando estaban juntas, existía entre las dos una gran camaradería, a falta de una descripción mejor, que Phyllida reconocía. Era la misma sensación de compartir experiencias y estilos de vida, que tenía cuando estaba con otras mujeres Cynster, las esposas del hermano y los primos de Lucifer.
No eran iguales, por supuesto, pero compartían las mismas metas, los mismos problemas, las mismas ambiciones. Había reconocido todos esos aspectos en Emily Beauregard. La joven era un espíritu afín.