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Jonas levantó la cabeza y la miró a la cara. La observó parpadear, y leyó en sus ojos su absoluto y completo embeleso.

Apenas pudo contener una sonrisa triunfal.

Ignorando el impulso de sus más bajos instintos, se obligó a separarse de ella. Cuando estuvo seguro de que Em mantendría el equilibrio, la soltó y dio un paso atrás.

Se despidió de ella. No pudo evitar una sonrisa cuando murmuró:

– Hasta la próxima vez.

La próxima vez que hiciera una buena obra por ella, o la próxima vez que ella le recompensara…, o, lo más probable aún, la próxima vez que se encontraran a solas.

Por la mirada en sus ojos, Em no pudo decidir qué había querido decir él.

Como si no lo supiera tampoco, Jonas tiró de las riendas de Júpiter, guió al castrado hasta la salida, se subió a la silla de montar y cabalgó rumbo a su casa.

Dejándola allí, observando con aire perplejo cómo él se alejaba.

CAPÍTULO 10

Esa misma tarde, Jonas llevó a Henry de vuelta a la posada después de dar otro paseo en cabriolé por los caminos colindantes. Con las riendas en las manos, Henry condujo el vehículo al patio de los establos de la posada, sorprendiendo a Em, que cruzaba el patio hacia el huerto.

Ella se detuvo alarmada en medio del suelo de grava.

– Rodéala -le sugirió Jonas.

Henry guió con cuidado a los caballos grises alrededor de su hermana, que al principio pareció asombrada y que luego, girando sobre sí misma para no perderles de vista, se rio y aplaudió.

Henry se detuvo delante del establo y miró a Jonas con la cara radiante.

– ¡Gracias! Jamás podré agradecérselo lo bastante.

– Tonterías -dijo Jonas, sonriendo-. Ya se me ocurrirá algo.

Henry se rio y con la cara todavía radiante de alegría, le entregó _as riendas y saltó del cabriolé frente a su hermana.

– ¡Ha sido maravilloso! He conducido el vehículo casi todo el rato. Jonas dice que tengo buenas manos.

– En efecto. -Jonas ató las riendas y bajó del pescante. John Ostler asomó la cabeza por la puerta de la cocina para ver si hacía falta su ayuda, pero Jonas le indicó con un gesto que se fuera y rodeó el cabriolé sonriendo a Em-. Aprenderá a ser un buen conductor sin tener que esforzarse demasiado. Es fácil enseñar a alguien que comprende la diferencia entre guiar y tirar.

Henry enrojeció de placer.

Jonas le miró con una expresión tranquila.

– Volveré dentro de unos días para ver qué tal llevas las clases. Supongo que podremos dar otro paseo en cabriolé.

– ¡Gracias de nuevo! -Henry se despidió con una alegre inclinación de cabeza, se dio la vuelta y corrió hacia la posada.

Jonas y Em le observaron alejarse.

La joven frunció el ceño.

– Supongo que tiene hambre. -Su tono sugería que eso explicaba aquel extraño comportamiento, usual en jóvenes de la edad de Henry.

Jonas sospechaba que la brusca partida del muchacho se debía más a la conversación que había mantenido con él en el campo. Una charla que inició Henry y que versaba sobre las intenciones de Jonas hacia Em. En cuanto le aseguró que éstas eran honorables, que sólo deseaba casarse con su hermana y que el único obstáculo era encontrar la mejor manera de conseguir que ella aceptara, el humor de Henry había mejorado de manera considerable. Su rápida marcha era una prueba palpable.

– Estos no son sus caballos.

El la miró y la descubrió observando a los grises con el ceño fruncido.

– No… Son de mi padre. Necesitaban desfogarse, aunque son mucho más tranquilos que mis bayos. Por muy buenas que considere las manos de su hermano, no le confiaría los míos todavía.

Em le lanzó una mirada perspicaz.

– ¿Por él o por ellos?

Jonas sonrió.

– Por ambos. Los caballos percibirían su inexperiencia y le pondrían las cosas difíciles. Lo más probable es que Henry no intentara conducir otra vez.

Em le estudió durante un momento, luego negó con la cabeza.

– Así que vuelvo a estar en deuda con usted. -Un destello ce sospecha iluminó los ojos de la joven-. Por casualidad no estará siendo amable con mis hermanos para obtener mi favor, ¿verdad?

Jonas apoyó el hombro contra el lateral del cabriolé y bajó la mirada sonriente hacia ella.

– Admito que ese pensamiento se me pasó por la cabeza, pero en contra de mis expectativas me lo paso bien con sus hermanos. Son mucho más divertidos que los niños de su edad. -Le sostuvo la mirada un momento y luego añadió-: Los está educando muy bien.

Un leve sonrojo cubrió las mejillas de Em,

– Son bastante buenos, aunque a veces resultan un poco inquietos.

El asintió con la cabeza.

– Por desgracia no todos perciben la diferencia. Es verdaderamente encomiable que no haya reprimido el entusiasmo de los chicos. No debe de ser fácil educarlos, sobre todo sin contar con la presencia de sus padres.

Em no supo qué responder a eso. Escrutó la expresión de su patrón durante un momento, confirmando que había sido sincero. Antes de que pudiera darle las gracias de nuevo y entrar en la posada, Jonas alargó los brazos y la atrajo hacia sí.

– ¿Qué…? -Ella le asió los antebrazos con firmeza, pero no intentó zafarse de él. Dirigió una mirada furtiva hacia la posada.

– Nadie puede vernos -susurró el antes de cubrirle los labios con los suyos.

La besó, empapándose de su dulzura por segunda vez en el día. Deseando poder saborearla más a menudo. Protegidos por la sombra del carruaje, él se enderezó y la estrechó firmemente contra su cuerpo, resuelto a disfrutar también de eso…, de la inexplicable y excitante sensación de sentir el delgado y menudo cuerpo de Em presionado contra el suyo.

Ella intentó mantenerse firme, puede que con la intención de resistirse; se estremeció y luego se relajó entre sus brazos, disfrutando del beso. Em era todo suavidad y curvas, todo misterio y encanto femenino. Su cuerpo reclamaba el de Jonas a un nivel primitivo. La joven no era lo que él había considerado su mujer ideal…, era más, muchísimo más atractiva.

Le hormiguearon las manos por el deseo de esculpir sus curvas. Deseó alzarla en brazos, levantarla del suelo y llevarla donde pudiera acariciarla a placer. Sólo la instintiva certeza de que ella se lo permitiría, de que no se alarmaría y retrocedería, impidió que hiciera justo eso. Que la cogiera en brazos y la llevara al establo vacío que tenían a sus espaldas.

Tenía que cortejaría paso a paso, beso a beso. Tenía que excitarla poco a poco, avivar su deseo, hasta que ella le deseara. Hasta que Em le necesitara tanto como él la necesitaba a ella.

Y cuánto la necesitaba… No había manera de calmar su lado más primitivo.

Apartó a un lado la burlona e impetuosa verdad y se concentró en mantener las manos quietas mientras saboreaba los deliciosos labios de Em, la dulce miel de su boca que le empapaba los sentidos. Jonas bebió y paladeó hasta no poder más…, al menos por ahora.

Tenía que poner fin al beso, tenía que levantar la cabeza, tenía que soltar a Em y dejarla marchar. Se obligó a hacerlo, luego clavó la mirada en los aturdidos ojos de la joven y sonrió… con la adecuada pizca de picardía. No podía dejar de mirarla, de ver cuánto la quería, cuánto la deseaba… Pero todavía no. Más tarde, sí, pero no ahora.

Ahora no quería que ella se asustara, que se retirara.

Por el momento quería despertar su curiosidad.

Tentarla, atraerla, seducirla.

Hacer que deseara más.

Volviendo a enfocar su brillante mirada, Em lo miró a los ojos y comenzó a fruncir el ceño. Abrió la boca.

Antes de que ella pudiera decir una sola palabra, él le dio un golpecito en la punta de la nariz.

– Buenas tardes, gorrión. Nos vemos luego.

Con una inclinación de cabeza, tan garbosa como la que había hecho antes Henry, él rodeó el cabriolé, subió al pescante, desató las riendas y, con un último saludo, azuzó a los grises y salió del patio.