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Jonas alzó la cabeza y respiró hondo. Apoyó la cabeza contra la dura pared, y miró a los ojos de Em, oscuros e ilegibles, al tiempo que, con un gran esfuerzo, enderezaba los brazos y la apartaba de él.

Ella respiraba rápida y entrecortadamente. Durante un largo momento se dirigieron una firme mirada.

Jonas tragó saliva.

– Entra. -Las palabras sonaron oscuras y profundas-. Ahora.

Pero en lugar de darse la vuelta y escapar de la amenaza que cualquier persona con dos dedos de frente sabría que él suponía, ella se quedó allí estudiándole mientras pasaban los segundos.

Por fin, Em inclinó la cabeza.

– De acuerdo.

La joven se dio la vuelta, pero cuando tenía la mano en la puerta, se giró para mirarle. Jonas no podía asegurarlo, pero creyó ver que sus labios se habían curvado en una sonrisa.

– Buenas noches. Y… gracias.

Con los ojos clavados en los de él, ella sonrió -definitivamente había sonreído-, entonces se dio la vuelta de nuevo y entró.

El volvió a reclinar la cabeza contra la pared, y permaneció allí apoyado mientras pasaban los minutos, mirando sin ver la oscuridad, esperando a recobrar el aliento, dejando que el frío de la noche apagara su ardor, mientras se hacía preguntas. Reflexionando.

No estaba del todo seguro de si le gustaba aquella sonrisa.

– Más a la izquierda. -Em estaba en medio del patio trasero de la posada y dirigía a su pequeño ejército de ayudantes. Ahora que habían comenzado a preparar las habitaciones de los huéspedes, había sido necesario reacondicionar el lavadero, por lo cual también necesitaban un tendedero.

Y nadie recordaba si había habido uno antes.

Em mencionó su proyecto en el salón la noche anterior; tanto Jonas como Filing se habían ofrecido voluntarios para ayudar. Thompson, el herrero, dijo que sabía dónde encontrar los postes adecuados. Phyllida íes donó unas cuerdas de repuesto que no había usado nunca. Antes de darse cuenta, Em tenía todo lo necesario para construir el tendedero de la posada, y mucha gente dispuesta a ayudar.

Todos se habían reunido esa tarde. Sólo Edgar, que atendía la taberna, no estaba presente. El personal de cocina y John Ostler tenían la tarde libre, pero las tres chicas de las granjas vecinas que Em había contratado como lavanderas esperaban a la sombra junto a la puerta del lavadero, con los ojos muy abiertos y sus primeros cestos de ropa para tender.

Issy se había apartado a un lado después de transportar un cesto con diversas herramientas. Las gemelas se movían con inquietud e impaciencia ante la puerta de la cocina, con los brazos llenos de cuerdas, poleas y apoyos que serían colocados en las vigas transversales.

– Sólo un poco más. -Em les hizo gestos con las manos a Jonas y a Filing. Los dos hombres se habían quitado las chaquetas y bebido las cervezas que les había traído. Previamente habían ensamblado los montantes a ambos extremos de los postes, que habían clavado al suelo, equilibrándolos con unas piedras. Ya habían colocado una de las vigas transversales a su entera satisfacción, y ahora iban a poner la otra.

Henry andaba por allí cerca, sujetando la viga transversal que tenían que alzar para encajarla en la muesca de la parte superior del poste.

– ¿Y ahora? -Jonas se enderezó para mirar al otro poste.

– Está muy cerca. -Em se colocó en medio de los dos postes para examinar la línea entre ellos, midiendo mentalmente la distancia según el ancho de las sábanas. Asintió con la cabeza-. Sí, ahora sí.

Filing, que había estado casi en cuclillas, se incorporó con un audible gemido. Issy se acercó a él. El párroco la miró a los ojos y sonrió, negando con la cabeza para disipar la preocupación de la joven.

Jonas hizo señas a Henry para que se acercara. Cada uno de ellos cogió un extremo de la viga transversal y la levantaron hasta la muesca del poste derecho, des tizándola en el hueco. Filing cogió la pesada llave inglesa que le tendió Issy. Jonas metió la mano en el bolsillo y sacó dos tuercas que le dio a Filing. Este aseguró un perno con rapidez y luego el otro.

Todos dieron un paso atrás para examinar el resultado. Luego Jonas se dio la vuelta y le hizo señas a las gemelas.

– Las cuerdas.

Las niñas se acercaron corriendo con las cuerdas, las poleas y los anclajes oscilando de arriba abajo.

Jonas y Filing clasificaron las cuerdas. Luego, Henry agarró un extremo y las cuatro hermanas extendieron las cuerdas, sosteniéndolas en alto. Trabajaron juntos para colocar los anclajes en los lugares correctos, primero en una de las vigas transversales y luego en la otra.

Entonces, tensaron las cuerdas con las poleas y concluyeron el trabajo.

Todos dieron un paso atrás hasta la sombra de la posada para ver su creación.

Em asintió con la cabeza.

– Excelente.

Les hizo señas a las lavanderas para que se acercaran.

– Podéis colgar las sábanas. Sé que es tarde… -Lanzó una mirada al cielo al sudoeste-, pero dudo que llueva esta noche. Las recogeréis por la mañana.

Las chicas cogieron sus cestas y corrieron hacia el tendal, ansiosas por probarlo. Jonas les enseñó cómo subir y bajar las cuerdas. Las gemelas también se acercaron a mirar. Em las observó especulativamente, preguntándose qué nueva diablura estarían ideando sus cabecitas. Estaba a punto de acercarse y advertirles cuando Jonas se apartó de las lavanderas y se dio la vuelta, dirigiendo una mirada y unas palabras a las gemelas.

Las niñas le observaron con los ojos abiertos de par en par. Cuando él terminó de hablar, sonrieron y asintieron con la cabeza con sus habituales expresiones angelicales.

Em bufó para sus adentros con cínica incredulidad, pero entonces las gemelas intercambiaron una mirada, sopesando claramente sus opciones, y después, de mutuo acuerdo, regresaron a la posada.

Todavía con la mosca detrás de la oreja, Em las observó marcharse.

La grava del terreno crujió bajo los pies de Jonas cuando se unió a ella, poniéndose la chaqueta.

Em seguía mirando a sus hermanas.

– ¿Qué les ha dicho?

– Les he recordado un trato que hicimos hace unas semanas: si eran buenas, lo suficientemente buenas para que no tuviera que mirarlas con el ceño fruncido, las llevaría a dar un paseo en mi cabriole.

Ella giró la cabeza y le miró.

– Es usted muy valiente.

Él le sostuvo la mirada y se encogió de hombros.

Él se volvió y se unió a ella para echar un último vistazo a su reciente trabajo. Las lavanderas estaban riéndose entre sí mientras tendían rápidamente las sábanas blancas. El pálido algodón comenzó a ondear bajo la brisa ligera.

Em era -para su congoja- muy consciente de la cercanía de Jonas, del calor que emanaba su cuerpo. De la tentación que suponía para sus caprichosos sentidos, del efecto debilitador que tenía sobre su voluntad, sobre su decisión. Se aclaró la garganta.

– Ha sido usted tan servicial, que no puedo más que darle las gracias. -Aunque, definitivamente, no podía recompensarle allí mismo. Jonas la recorrió con la mirada, pero antes de que él pudiera hacer ninguna sugerencia, Em se apresuró a añadir-: Issy y yo nos preguntábamos si el señor Filing y usted querrían almorzar con nuestra familia el domingo, después del servicio religioso. -Le miró a la cara, buscando su mirada-. Si está libre, claro.

La miró directamente a los ojos; los de él eran tan oscuros que ella no podía leerle el pensamiento mientras Jonas le estudiaba la cara. Entonces, él sonrió.

– Gracias. -Le cogió una mano, se la llevó a los labios y le besó el dorso de los dedos.

Ella notó que se estremecía de los pies a la cabeza.

– Me encantaría almorzar con su familia. -Sus palabras fueron las roncas palabras de un hombre que sabía demasiado.