Ignorando el impulso de apartar la vista de él, Em continuó mirándole a los ojos. No podía besarle, pero se conocía a sí misma lo suficientemente bien como para saber que le devolvería el beso si él la besaba. Así que tenía que impedir que lo hiciera, tenía que evitar darle una oportunidad y una razón para hacerlo. Se obligó a asentir enérgicamente con la cabeza.
– Muy bien. Entonces, le veremos después de la misa.
Em se habría dado la vuelta y escapado en ese momento, pero la mirada de Jonas la retenía. Y además, todavía le sostenía la mano.
Él movió el pulgar, acariciándole leve, suave y lentamente la piel de la palma.
Em estaba perdida en sus ojos, sintiendo que su mundo, sus sentidos, ardían y se estremecían.
Con una sonrisa de satisfacción, él le soltó la mano. Asintió con la cabeza y dio un paso atrás.
– Lo esperaré con ansiedad.
Ella se quedó inmóvil, viendo cómo él se alejaba a grandes zancadas hacia el bosque hasta que desapareció por el camino que le llevaría de vuelta a Grange.
Issy se acercó y enlazó el brazo con el de ella.
– Joshua ha aceptado.
– Jonas también.
– ¡Muy bien, entonces! -Issy se volvió hacia la posada y Em se volvió con ella sin ofrecer resistencia-. Será mejor que pensemos qué vamos a preparar para el almuerzo.
No encontraba a las gemelas.
A la tarde siguiente, sabiendo que Issy había ido a ayudar a la señorita Sweet con las flores de la iglesia y que Henry estaría con Filing en la rectoría, Em había dejado aparcadas las cuentas de la posada a media tarde para ir a echar un vistazo a sus hermanas menores, que se suponía que debían de estar leyendo en la sala de arriba. Pero la estancia estaba vacía y las gemelas habían desaparecido.
No se preocupó. Supuso que habían bajado en busca de unos panecillos ya que el fragante aroma de los dulces de Hilda inundaba la posada, así que siguió el tentador olor hasta la cocina, pero las gemelas tampoco estaban allí. Y ni Hilda ni sus ayudantes las habían visto desde la hora del almuerzo.
Entonces sí había comenzado a inquietarse. Si el aroma de los panecillos de grosella no había atraído a las gemelas a la cocina, es que no estaban lo suficientemente cerca para olerlo.
Por lo tanto no estaban en la posada.
Cogió el chal del despacho y se dirigió a los establos. John Ostler tampoco las había visto, pero eso no significaba nada. Buscó en los cuartos de los arreos, miró debajo de los bancos y en cada una de las cuadras, luego subió al altillo y se abrió paso entre las balas de heno, pero las niñas no estaban escondidas en ningún lado.
Bajó al suelo y se sacudió la paja del chal y las faldas antes de abandonar los establos. No había nadie en el patio. Las sábanas habían sido recogidas y dobladas, y las lavanderas ya se habían marchado a sus casas. Se detuvo al llegar al cruce del camino que conducía al bosque. Cruzó los brazos y escrutó las profundas sombras.
¿Se habrían internado las gemelas en el bosque? Por lo general, la respuesta habría sido afirmativa, pero Jonas les había advertido del peligro que suponía ir allí solas y además les había prometido llevarlas a dar un paseo en su cabriolé si se portaban bien. Dado el incentivo, Em no creía que las niñas hubieran hecho algo que hiciera peligrar el trato.
Frunciendo el ceño, se dio la vuelta y clavó los ojos en la posada y en sus alrededores. ¿Dónde se habrían metido sus diabólicos angelitos? Desde donde estaba, sólo podía ver el tejado y el campanario de la iglesia en lo alto de la loma. Estaba preguntándose si subir hasta allí y pedirle ayuda a Issy cuando la suave brisa llevó un agudo chillido hasta sus oídos.
Se sintió aliviada. Supo al instante que el grito procedía de Bea y, dondequiera que estuviera su hermana, se lo estaba pasando muy bien.
Con un bufido, se ajustó el chal sobre los hombros y rodeó la posada. En cuanto dejó atrás el edificio, oyó con más claridad los sonidos de las niñas jugando -risas, chillidos, gritos-procedentes del campo.
Cruzó el camino y atravesó un extenso prado, subiendo la ladera que bordeaba el estanque de los patos. Al llegar a la cima, sobre el estanque, se detuvo y miró la bucólica escena que se desarrollaba ante ella.
Al otro lado del estanque, donde se extendía un campo verde entre el camino y la ladera de la colina, doce niños, incluidas las gemelas, jugaban un animado partido de bate y pelota.
No había adultos a la vista, salvo uno.
Jonas estaba sentado en un banco cercano, sobre un terreno más elevado, vigilando a los jugadores.
Em le observó durante varios minutos, preguntándose si el bate y la pelota serían de él. Decidió que no le sorprendería mucho saber que era así.
Volvió a mirar a los niños que jugaban sobre la hierba. Estudió a sus hermanas, que tenían una expresión risueña en sus caras mientras interactuaban con los demás niños abiertamente, sin reservas.
Sus hermanas no hacían amistades con facilidad. Siendo gemelas, siempre se tenían la una a la otra y tendían a encerrarse en ellas mismas. Con una unión tan fuerte entre ellas, los demás niños no solían inmiscuirse. Aunque las niñas sólo vivían con ella desde hacía un año, Em ya se había dado cuenta de su falta de habilidad social con los desconocidos. Pero era difícil conseguir que las gemelas ampliaran sus horizontes, pues todo lo que necesitaban lo encontraban la una en la otra y en Henry, Issy y ella misma. Por lo tanto, no veían ninguna necesidad de hacer amistades.
Pero allí estaban, relacionándose con otros niños y, por lo que ella podía ver desde la distancia, jugando, disfrutando, haciendo esfuerzos para integrarse en el grupo.
Después de observarlas un rato más, Em siguió andando. Se detuvo al lado del banco donde estaba sentado Jonas, sin apartar la mirada del juego que se desarrollaba un poco más abajo.
Él se giró hacia ella y Em sintió que clavaba los ojos en su cara. Ella no le miró, pero notó que la recorría con la mirada de la cabeza a los pies, pero aun así, se negó a mirarle y siguió prestando atención a sus hermanas.
No sabía si él había provocado esa situación por casualidad o si, a sabiendas, había preparado el terreno para las gemelas…, a abrirles una puerta para que comenzaran a jugar con otros niños. Entonces recordó que el también tenía una gemela.
– Gracias. -Em bajó la mirada a sus ojos-. Siempre ha sido difícil conseguir que se relacionen con otros… -Hizo un gesto señalando a los jugadores- niños.
Él sonrió y también observó a los críos.
– Sé que es así. Pero hay muy pocos juegos infantiles que no se jueguen en grupo. -Después de un momento, volvió a mirarla a ella-. Las vi mirando por la ventana de la sala de arriba. Me dijeron que no estaban haciendo nada y que tenían permiso para salir si querían.
Em se encogió de hombros.
– Es cierto. No tienen que decirme dónde van si no se alejan demasiado.
Jonas asintió con la cabeza.
– Tienen que aprender a ser responsables. -Volvió a mirar a los niños.
Dando libertad a Em para que le estudiara. Se preguntara. Por fin, ella murmuró:
– No necesita hacerlo. Lo sabe, ¿verdad? Ya me ha impresionado.
Él se rio entre dientes y levantó brevemente la mirada hacia ella con una pizca de diversión en sus ojos oscuros.
– Lo sé. -Volvió a mirar al prado, hizo una pausa y respiró hondo-. Pero…
Transcurrió un largo momento. Ella pensó que él no terminaría la frase, pero continuó:
– Es posible que sea yo quien deba agradecérselo a usted, y a su familia, en especial a sus diabólicos angelitos. -volvió a hacer una pausa. Cuando retornó la conversación un momento después, su tono era más suave e íntimo-. Comienzo a pensar que esto es lo que echaba de menos. Que esto, velar por el pueblo, en especial por la siguiente generación, es una gran parte de mi verdadera vocación. Una gran parte de lo que se supone que tengo que hacer. -Su voz apenas era un susurro-. Lo que tengo que hacer en el mundo.