Sabía que Jonas Tallent era una tentación para ella, sabía que él estaba seduciéndola, pero aun así, ¿dejaría pasar una oportunidad como aquélla -probablemente la única que tendría en su vida-para explorar las maravillas de hacer el amor, para descubrir esa parte de la vida en la que no se había aventurado nunca? Antes de conocer a Jonas, Em no había sentido un verdadero interés en el amor, salvo por un deseo intelectual de saber. Ahora… su necesidad de saber era cualquier cosa menos intelectual. Estaba alimentada por un poder que no alcanzaba a comprender, un poder que la impulsaba a querer besar a Jonas Tallent, y a desear que él la besara a su vez y le mostrara mucho más.
Mientras su yo más prosaico, sabio y sensato no fuera lo suficiente fuerte para no dejarse vencer por la tentación, Em no estaría a salvo de su temerario lado Colyton.
– ¿Señorita? -Em se volvió y vio a Hilda en la puerta-. ¿Podría venir a probar una torta cíe crema? -le pidió Hilda-. Creo que me ha salido demasiado dulce.
Em asintió con la cabeza y regresó a la posada.
CAPÍTULO 11
La mañana del lunes amaneció radiante y majestuosa. Em se levantó temprano para atender sus quehaceres de posadera. Jonas llegaría a media mañana para echar un vistazo a los libros de cuentas. Todo estaba listo, así que en realidad no necesitaba preparar nada de antemano.
Los clientes llegaron pronto para tomar un té matutino y degustar uno de los bollos de Hilda. Todo iba sobre ruedas. El salón público estaba casi abarrotado por los clientes de la mañana, lo que era una prueba fehaciente del éxito de la posada. En una de las idas y venidas a su despacho, Em escuchó crujir la grava del patio bajo el peso de las ruedas de un carruaje.
Dando por hecho que Jonas había llegado en el cabriolé, abandonó su santuario y se dirigió a la puerta abierta de la posada. Antes de que su parte más sabia le preguntara qué diablos estaba haciendo, asomó la cabeza por la puerta y…
Retrocedió de inmediato.
El caballero que bajaba del vehículo no era Jonas. Y la había visto.
A pesar de todo, ella giró en redondo y se apresuró, casi corrió, de vuelta a su despacho, pero no llegó a tiempo. Acababa de alcanzar el mostrador del bar, cuando una voz resonante bramó:
– ¡Detente, Em! ¿Dónde demonios crees que vas, chica?
Todos y cada uno de los clientes que había en el salón dejaron de hablar y volvieron la cabeza hacia él. Los deliciosos bollos quedaron olvidados mientras los presentes contemplaban al alto y regordete caballero que se había detenido en la puerta con una expresión de profundo resentimiento en la cara.
Em se quedó paralizada y se quedó mirando -como todo el mundo-a su tío, Harold Potheridge, el que tenía una residencia en Leicestershire con sirvientes a los que no les pagaba un sueldo.
El hombre frunció el ceño y levantó el bastón hacia ella.
– Te he buscado por todas partes. -Avanzó pesadamente por el salón. Iba elegante, a pesar de que su atuendo era un poco llamativo. Llevaba bastón, aunque no lo necesitaba, pues todavía se movía de manera vigorosa y con la cabeza bien erguida.
Por el rabillo del ojo, Em vio que Edgar salía desde detrás del mostrador del bar. Ella medio esperaba que él apareciera a su lado, pero no lo hizo. Harold siguió avanzando con aire beligerante hasta el centro de la estancia, sin prestar atención a los clientes que le rodeaban.
– No tienes nada que decir, ¿eh? -El hombre se detuvo en el espacio libre entre la barra del bar y los sillones, claramente satisfecho de tener público, y se apoyó en el bastón, lanzando una mirada furiosa a su sobrina-. ¿Cómo pudiste escaparte de mi casa después de que me hiciera cargo de tus hermanos y de ti, de que incluso acogiera a esas diabólicas hermanastras tuyas cuando debería haberlas puesto de patitas en la calle, como era mi derecho?
Se escuchó un murmullo ahogado en la parte femenina de la estancia, a espaldas de Harold. Al no ver las expresiones de creciente indignación de las mujeres, el hombre esbozó una astuta sonrisa, imaginando que era la actitud desconsiderada de su sobrina al abandonar la casa lo que había provocado tal reacción.
Em se obligó a quedarse quieta y a enfrentarse a él. Era demasiado tarde para reparar el daño que su tío ya había hecho. Issy estaba arriba con las gemelas, por lo que no oirían la conmoción, y Henry estaba a salvo en la rectoría con Joshua. Podía encargarse ella misma de Harold.
Inclinó la cabeza con frialdad.
– Buenos días, tío Harold. Le dejé una nota… habías ido a cazar, por si no lo recuerdas.
– ¡Lo recuerdo muy bien, chica! -respondió Harold con voz furiosa-. ¡Lo que no logro comprender es por qué te has escapado de casa! ¿Cómo te atreviste a marcharte? -Golpeó el suelo con el bastón para dar más énfasis a sus palabras-. Me hice cargo de ti. Y te recuerdo que tu lugar y el de tus hermanos está conmigo. -Agitó el bastón ante ella y luego señaló la puerta con él-. Ve a recoger tus cosas… Regresáis conmigo a Runcorn inmediatamente.
Em alzó la barbilla.
– Creo que no, tío. -La cara de Harold comenzó a ponerse roja. Ella se apresuró a continuar-: Si consultas con el señor Cunningham, nuestro abogado, ¿recuerdas?, te confirmará que a partir de la fecha de mi vigésimo quinto cumpleaños, hace justo un mes, me convertí en una persona independiente y asumí la tutela de mis hermanos, sustituyéndote a ti corno tutor. En consecuencia, donde decidamos vivir ya no es asunto tuyo.
Em sintió una presencia familiar a su espalda. Jonas había llegado. Estaba muy cerca, pero no tanto como para empeorar las cosas.
– Así que… -Ella centró la atención en la verdadera amenaza de la estancia-, lo que hagamos o no con nuestras vidas no te incumbe en absoluto.
Los pequeños y brillantes ojos azules de Harold parecieron salirse de sus órbitas sin apartarse en ningún momento de la cara de Em.
– Me importa un bledo lo que diga ese abogado de pacotilla. Soy tu tío, carne de tu carne, y sé lo que es más conveniente para vosotros. -Volvió a golpear el suelo con el bastón.
Em sintió que Jonas se removía inquieto.
– Me temo, tío, que no. -Alzó la barbilla-. Nos encontramos muy bien aquí.
La expresión de Harold se volvió furiosa.
– ¡Maldición! ¡Haréis lo que yo diga! Recoge tus cosas ahora y vete a buscar a esas condenadas hermanas tuyas y al inútil de tu hermano.
– No. -Em se mantuvo firme. Lo mejor que podía hacer era decir la verdad, era la única defensa sólida-. No volveremos a Runcorn, no pensamos continuar trabajando para ti como criados sin remuneración. Nos has utilizado durante ocho años. A nosotros, carne de tu carne, pero eso se ha acabado. Te sugiero que regreses a Runcorn y contrates personal, ya que imagino que debe de ser muy incómodo para ti ocuparte de una casa tan grande, sobre todo estando el invierno tan cerca.
Por la expresión que puso su tío, parecía que no daba crédito a sus oídos.
– Esto -dijo a voz en grito-no es correcto… No me importa lo que diga ese abogaducho tuyo.
Por primera vez miró al público en busca de apoyo. Paseó la mirada con rapidez por las expresiones fascinadas e indignadas de las mujeres, y luego más lentamente por los hombres que se encontraban en la barra, hasta detenerla en el hombre que había detrás de Em. Jonas.
– ¿Quién es el magistrado de este lugar?
El tono que empicó para «este lugar» encerraba una advertencia, pero Jonas sonrió. Em lo vio por el rabillo del ojo, y pensó que si esa sonrisa hubiera estado dirigida a ella, no dudaría en echar a correr.
– Pues da la casualidad de que el magistrado es mi padre -respondió Jonas-. Pero no se encuentra aquí en este momento y no esperamos que vuelva pronto. -Omitió añadir que durante la larga ausencia de su padre, él se encargaba de sustituirle.
Harold lanzó una mirada airada en dirección a Em, que no se inmutó en lo más mínimo.